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• La visión más inmediata que tiene Duhalde de su relación con la Corte es «marquetinera», es decir, está modelada sobre la imagen de la política que le ofrece su principal asesor, el brasileño Joao Santana. El Presidente se convirtió ayer en el divulgador de un par de encuestas que lo muestran ganador en la pelea contra el tribunal. «Tengo un enemigo que me beneficia, porque en esta pelea me apoya 86% de la gente contra 14% que está a favor de la Corte», le explicó Duhalde a un legislador bonaerense que lo visitó. Es innecesario observar lo peligroso que sería que los tribunales sean evaluados según el aprecio momentáneo de la población, pero para el gobierno el principal partido hoy es sacar popularidad de la pelea. Sobre todo porque la mayor ofensa con la Corte proviene de que los jueces le arrebataron la mejor noticia: que se levantaría el «corralito».
• Duhalde es consciente de que un enfrentamiento abierto y agresivo lo perjudicaría. Confiesa ante un amigo: «Dicen que yo iba a anunciar el juicio político en el discurso del viernes pasado. Es un disparate. Yo sé la imagen que tengo afuera y la sensibilidad que existe sobre eventuales avances en otros poderes: por eso no me entra en la cabeza que hayan creído en eso. Pienso que hubo alguna mano menemista detrás del tema, que les hizo suponer en algo que no existía». La cercanía con Menem es uno de los principales reproches que Duhalde lanza sobre la mayoría de la Corte. Con el otro ojo mira los movimientos de Elisa Carrió. Ayer estaba entusiasmado con el aval que la diputada le había dado a la embestida. Pero son motivaciones que ahora busca esconder: «Puede haber sido un error la reunión con los radicales, el sábado, para hablar de la Corte...» admitió ayer, mientras preparaba un encuentro con un importante e influyente editor, para mañana.
• En efecto, desde el Congreso y el Ministerio de Justicia le llegan límites. «Nos están observando por la Ley de Quiebras, también por el decreto que impide reclamar por derechos frente a los bancos, hemos cambiado todas las reglas de juego de la economía: en un marco así no podemos sacar a los jueces con un cacerolazo de los diputados» le explicó ayer un calificado funcionario del gabinete. Después le dio la peor noticia: «No hay motivos para condenar a los jueces, salvo que los sancionemos por el contenido de sus sentencias. Hay que negociar». Duhalde admitió el dictamen y confesó: «Yo no pretendo que se vayan todos. Inclusive hay algunos jueces que deben ser protegidos. Alfonsín ya me pidió por el poeta (se refería a Gustavo Bossert, novelista santafesino apadrinado por el ex presidente durante el pacto de Olivos) y a mí no me parece bien que se vayan (Enrique) Petracchi o (Eduardo) Moliné O'Connor...». Con Petracchi la comunicación siempre fue fluida. A tal punto que Vanossi comentó, en la reunión con dirigentes políticos que se realizó el sábado, que ese juez «me dijo que no nos confiemos por la actitud de la mayoría que votó ayer (viernes); ellos van a fondo, a voltear al Presidente». El caso de Moliné es similar: es el cuñado de Hugo Anzorreguy, quien desde ayer recorre despachos oficiales en Washington recabando opiniones sobre esta operación institucional. Informará a Duhalde a la vuelta, en una reunión como la que mantuvieron hace dos sábados.
• Desde el viernes en Olivos se examinan los antecedentes de los magistrados de la Corte. Julio Nazareno tiene todas las de perder: es amigo de Menem, riojano, y además le reprochan que, después de hablar con el Presidente durante 40 minutos el viernes por la mañana, no hubiera avisado del fallo que se firmaría un rato después. Sólo una inquietud opaca el blanco y es la actitud que adoptará Eduardo Menem, amigo de Nazareno y figura gravitante del Senado para cuestiones de carácter institucional.
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