28 de noviembre 2003 - 00:00

Datos novedosos sobre últimos días de Perón

En "La Nación" se publicó una interesante nota de Ernesto Castrillón y Luis Casabal sobre el médico Carlos Seara, uno de los cardiólogos que cuidaron permanentemente al ex presidente Juan Perón hasta su fallecimiento, en 1974. Agregan datos desconocidos sobre el final de Perón, un hombre que gravitó 30 años seguidos en la vida política argentina, aun cuando haya permanecido 17 exiliado por persecución política, y sigue gravitando con el partido que fundó. Veamos párrafos de la nota.

Muchas veces Perón lo tomaba del brazo y lo invitaba a caminar por el jardín. «Me hablaba de Evita con cariño --re-memora-y empezaba a largar sus definiciones. En una ocasión me dijo: 'Mire, doctor, mire lo que es la vida. Yo no vine aquí a ser presidente, vine a residir en la Argentina, ser figura de consulta, vivir tranquilo, ser referente y ocuparme de la macropolítica, y que Cámpora gobernara. Ahí seguí el consejo de Evita, que siempre me decía que Cámpora era la persona más leal que teníamos. Pero fíjese lo que pasó, Cámpora se dejó copar por los zurdos. Así que yo, que no vine a ser presidente, ahora tengo que hacerme cargo de este quilombo'.»

Seara señala que Perón era generalmente despectivo cuando hablaba de otros líderes políticos del momento. Sólo mantenía un respetuoso silencio hacia la figura del general Alejandro Agustín Lanusse, lo que para él casi constituía un elogio.

Su entorno tenía una actitud contradictoria ante su salud. Por un lado sentía que debía cumplir con sus funciones protocolares (algo muy peligroso para su bienestar), mientras que, al mismo tiempo, había un sentimiento de inmortalidad de Perón, y nadie a su alrededor quería pensar seriamente en la posibilidad de su muerte. «Así -aclara el médico-, yo tenía casi la orden, que violé cuando debí hacerlo, de no canalizar a Perón, ni efectuarle procedimientos invasivos.»

• Combinaciones funestas

Seara aclara que Perón, como paciente, «era obediente, miedoso. Se cuidaba cuando le prohibíamos alguna comida. Pero ya había llegado a la Argentina (junio de 1973) muy jugado. Yo tuve acceso a su historia clínica, que era casi un libro. Tenía de todo: un incipiente cáncer de próstata, pólipos y estaba enfisematoso. Básicamente había una serie de combinaciones funestas: enfisema, insuficiencia cardíaca, cardio-esclerosis, insuficiencia renal leve. Aun si no le hubiera tocado gobernar, seguramente sólo hubiese vivido uno o dos años más».

Lo sabe muy bien Seara, al que le tocó sacarlo de un grave percance clínico precisamente el sábado previo a su muerte (que fue el lunes 1 de julio de 1974). En esa ocasión, Perón padeció un edema agudo de pulmón cuando Seara, que estaba de guardia --acom-pañado por el doctor Jorge A. Taiana-, se vio obligado a practicarle una canalización, única vía segura para darle la medicación y sortear la crisis, mientras que un Perón muy inquieto y angustiado «literalmente se desarmaba», queján-dose de que no podía respirar.

«Después del episodio del edema de pulmón -agrega el médico-Perón no tenía una cama ortopédica. Dormía en una cama francesa con un cabezal de lecho matrimonial, que no era lo más apropiado para la ocasión. Cuando usted tiene un enfermo cardíaco debe colocarlo en una posición semisentada.»

El médico recuerda la constante presencia de un persona-je crucial, José López Rega. En el final, recuerda Seara, el día del paro cardíaco que acabó con la vida de Perón, López Rega quemaba incienso alrededor de los médicos que realizaban frenéticos esfuerzos por salvar a su líder, al que llamaba con unción «mi faraón, mi faraón». «Yo le puse a Perón un catéter-marcapaso y dio la impresión de que el paciente retomaba un poco el ritmo cardíaco, un falso atisbo de esperanza, yo diría una hora de resucitación. Entonces, López Rega me llamó a un cuarto aparte, me tomó del brazo y me dijo: 'Si lo sacás, te hago conde'.»

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