Mauricio Macri, anoche en la inauguración de la Feria
del Libro en Palermo, que lo reunió con los ex rivales de
la contienda electoral pasada por el sillón porteño Daniel
Filmus y Jorge Telerman. Con mirada perdida, el ministro
de Cultura porteño, Hernán Lombardi.
Con pobre e improvisado acto se inauguró anoche la 34ª Feria del Libro en la Rural. Para los editores que concurrieron (muchos menos que en años anteriores), el discurso más irritativo fue el del secretario de Cultura de la Nación, José Nun, quien en lugar de alentar la siempre penosa y poco lucrativa actividad, se dedicó en cambio a vanagloriarse de la función del Estado editor, es decir, de la utilización de los fondos públicos para competir, en condiciones desiguales, con quienes sostienen la existencia de la industria en el país.
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Nun, quien habló luego de que Horacio García, presidente de la Fundación El Libro, lamentara un aumento de 400% en el costo del papel contra sólo 120% en el de los libros, e hiciera referencia a los valores cada vez más prohibitivos que representan los alquileres de local para muchos libreros, no hizo más que arrojar cifras, ante quienes realizan esa Feria, acerca de la cantidad de libros que imprime el gobierno, los planes de «libros y casas», y los operativos de regalo de libros cuyos manejos siempre siembran un aire de sospecha en el sector (como cuando se compraron 15 millones de ejemplares de «Tinta fresca» al monopolio «Clarín» para obsequiar).
Aludió luego el secretario de Cultura a que la Argentina (gracias a los libros que editan los privados) fuera invitada de honor este año a las Ferias del Libro de Cuba (hecha bajo censura y listas negras del castrismo que vetaban a escritores argentinos), Venezuela y de un pequeño museo de arqueología en México, pero olvidó mencionar la Feria del Libro Infantil de Bologna, acaso la segunda más importante en Europa después de Francfort, a la cual también el país concurrió como invitado de honor este año.
Mauricio Macri se valió a su turno del lema de la Feria de este año («El espacio del lector») para hablar del espacio público y las plazas. Se puede disculpar, claro, esta obsesión municipal, aunque no parecía del todo adecuado que continuara extendiéndose allí en temas como las calefacciones en las plazas o la necesidad de terminar con el maltrato y la violencia cotidiana. Sobre el final, alguien le sopló que convenía hablar de dos invitados ilustres que tuvo Buenos Aires, los escritores Julian Barnes y Mario Vargas Llosa, cuyo paso por Buenos Aires, allí se emocionó el jefe de Gobierno, le dejó recuerdos buenos, sobre todo cuando concurrieron a la Biblioteca Miguel Cané, donde trabajó Borges, y en especial la frase, también con resabios municipales, que dejó el autor de «Pantaleón y las visitadoras»: «Buenos Aires tiene olor a libro».
El vicepresidente Julio Cobos (a quien la locutora oficial del acto llamó «presidente», obligándolo a corregirle que él sólo lo era del Senado) no pudo con su raíz mendocina: empezó comparando la Feria del Libro con la Fiesta de la Vendimia (una lástima que faltaran las «reinas»). Sus palabras bonachonas fueron las de mayor improvisación, casi como si lo hubiesen invitado a concurrir diez minutos antes. Elogió en dos oportunidades frases de Macri, y pidió una escuela pública y privada incluyente, pero «exigente».
Sobre el final, Ricardo Piglia, poco acostumbrado a la tribuna pública, lucía algo molesto por los reflectores, y mientras hablaba, reveló que su pluma nada tiene que ver con su comportamiento escénico: no dejó de rascarse nunca la nuca, las orejas y la pelambre, distrayendo así a un auditorio que estaba realmente atento a sus palabras ( partió de un elogio a los pequeños editores y concluyó con Juan Gelman). Terminó muy aplaudido aunque, con tales rivales, no era demasiado difícil.
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