El jefe de la Policía, Roberto Giacomino, recibe el pésame de Aníbal Ibarra durante el sepelio del oficial Adrián Falduto en el Cementerio de la Chacarita.
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En ese orden, tenía un lugar la libertad de los individuos, el de los derechos políticos, la propiedad privada y las obligaciones de los gobernantes y gobernados.
Pero, ¿qué llevó a los hombres a hablar del contrato social? El inglés Tomás Hobbes partió de la apreciación de caracterizar al hombre como antisocial, irracional y egoísta para luego afirmar que su conducta social era anárquica y que sólo podía ser controlada por un Estado (absolutista) y que ese orden se lograba a través de un contrato (social) en donde el hombre renunciaba a su derecho en función de su seguridad y el orden que imponía el Estado.
Esta concepción logró un desarrollo superior con el padre del liberalismo, John Locke y posteriormente con Montesquieu y Jean Jacques Rousseau, pensamientos que aún persisten en nuestro días.
Rousseau expuso una idea en la que rebatía el estado de naturaleza anárquico del hombre que planteaba Hobbes y el liberalismo de Locke y Montesquieu para profundizar en la teoría de la voluntad general como fundadora del pacto social. Esto es, que los intereses particulares se subordinaran a la voluntad general como reguladora de la conducta de los ciudadanos y fuente de leyes.
Precisamente, ese contrato social (que inspiró la Revolución Francesa de 1789) es lo que no está funcionando en la Argentina.
El temor del gobierno para imponer autoridad. La desidia y la impericia de la Justicia han permitido que el pacto social esté en su punto más frágil y el país esté perdiendo ese orden necesario para regular la conducta de la sociedad.
El sólo hecho de que en un solo día y en menos de seis horas se asesine a cuatro Policías (16 hijos quedaron sin padres) es una señal que debería alarmar a los responsables del Estado. Evidentemente, la Policía representa el símbolo de autoridad y el asesinato de los que hombres que encarnan esa figura, significa un desafío al orden y el ingreso a un estado, a la anarquía a la que Hobbes le dedicó varios párrafos en sus análisis varios siglos antes.
La salvaje ejecución del jefe de la custodia del canciller Carlos Ruckauf, el oficial principal Adrián Falduto (asesinado de dos balazos, uno en la espalda y otro en la nuca) generó la tardía reacción de los hombres del gobierno ansiosos ahora de propiciar penas más duras contra los delincuentes que maten a Policías. Tardía, porque ese proyecto de ley que contempla la pena de prisión perpetua para este tipo de delito duerme desde noviembre del año pasado en algún cajón de la Cámara de Diputados, pese a que fue aprobado en la Cámara de Senadores. Todo, aún las dramáticas estadísticas oficiales indicaban que en el año 2000 unos 36 Policías Federales habían sido asesinados, una cifra que en 2001 trepó a 49 muertos y en los tres meses de lo que va en el año ya suman 37: de ese número 21 son de la Federal y 16 de la Bonaerense.
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