Sindicalistas tradicionales fueron puestos a hacer gimnasia con el método de la familia Di Tella. En el oficialismo los quieren lejos. Los preferidos, en cambio, hablan de libros y escuelas.
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La coartada que encontró el sociólogo es perfecta: captó desde temprano el entusiasmo de Vicente Mastrocola (plásticos) y Daniel Amoroso (juegos de azar) por renovar la vida interna de la CGT a partir de proyectos culturales, sean éstos institutos de capacitación o un periódico con temas propios del sindicalismo. Mastrocola y Amoroso, responsables de Cultura y Capacitación de la central que conduce Rodolfo Daer, comenzaron a tener reuniones periódicas con Di Tella. No hubo que presionar demasiado al funcionario para que aparecieran intereses comunes. Después de todo, viene de escribir un libro sobre «Perón y el sindicalismo». El intercambio permitió a Di Tella visitar la CGT, en especial el archivo, donde se conserva un tesoro de fuentes para cualquiera que estudie la historia de la clase obrera y sus organizaciones. Allí hay libros artesanales, confeccionados a mano, con las actas de las asambleas de los viejos sindicatos anarquistas de principios del siglo pasado, junto con publicaciones mutiladas por la «Revolución Libertadora», cuyas autoridades mandaron suprimir, cortando o tachando páginas, los sellos que recordaran a Juan o Eva Perón. Fotos, afiches, todo ese acervo entusiasmó a Di Tella para hacer en el tercer piso de Azopardo 802 una especie de museo del trabajo. Una especialidad de la familia, que creó aquél célebre instituto que llevó su nombre con sede para artes plásticas en la calle Florida. Sólo falta ahora que Oscar Mangone, otro gremialista de este sector (Sindicato del Gas), comience a organizar «happenings» como los que hicieron famosa a Marta Minujin.
Después le tocó el turno a Amoroso quien, con Mastrocola, parece haber quemado las naves en su relación con los «gordos» tradicionales de la CGT. «Hemos perdido la calle, hemos entrado en un contrapunto torpe con los piqueteros, por falta de iniciativa.» Este joven dirigente anunció que está pensando en una escuela de capacitación obrera, un semanario con tirada de 100.000 ejemplares para el que contratará a periodistas desempleados y un programa sobre trabajo y adolescencia. Después acusó: «Haremos todo esto por más que Daer, (Carlos) West Ocampo, (Oscar) Lescano o (Armando) Cavalieri nos boico-teen, como hicieron con este congreso que estamos realizando».
La referencia a estos gremialistas no es casual. Amoroso y Mastrocola, igual que quienes participaron de la reunión en Córdoba, los acusan de haber dejado en hibernación a la CGT durante la peor crisis de la historia del país. Igual, antes de hablar, aseguraron la relación política con Di Tella y el gobierno. «A ustedes los voy a apoyar. Y estoy seguro de que si a Cristina (Kirchner) le explicamos el proyecto, también les va a crear un espacio. Eso sí, a los que mencionaste, ni de lejos en la Casa Rosada, yo sé lo que piensan Néstor y Cristina del sindicalismo tradicional», les dijo el secretario de Cultura.
En efecto, parece estar bien informado: el Presidente no quiere recibir a los sindicalistas tradicionales, que apenas llegan a la puerta de Alberto Fernández, considerado siempre el ala derecha del Gabinete (el jefe de Gabinete ya se reunió varias veces con la cúpula sindical, en secreto).
Comenzaron las bromas, basadas todas en otra actividad de la familia Di Tella, la instalación de spa con máquinas de gimnasia llamadas «pilates», negocio administrado por Tamara, la esposa del funcionario y también socióloga. «A los 'gordos' como Cavalieri o West los tendremos que poner en esas morsas que mane-ja tu mujer. Que transpiren un poco y después hablamos», se burló un delegado del Norte, hablando con Di Tella sobre la interna que se abrió en la central obrera.
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