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20 de octubre 2006 - 00:00

Díaz Bancalari y Solá: duros reproches junto a Kirchner

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Felipe Solá
«¿Cómo le echás la culpa a Duhalde si el que decidió que no entre la Policía fuiste vos?» Levantó el tono, enardecido, José María Díaz Bancalari ayer delante de Felipe Solá. Estaban en José C. Paz; era inminente el comienzo del acto preparado por el intendente Mario Ishii. Néstor Kirchner miraba, en silencio, nervioso. En ese encuentro se produjo el cruce de reproches más descarnado entre los máximos gobernantes del área metropolitana por los sucesos de San Vicente. Díaz Bancalari se enfadó cuando Solá intentó sentar la tesis, muy cómoda para todo el oficialismo, de que el culpable del desastre había sido Eduardo Duhalde.

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Pero en ese corrillo esa interpretación no tenía el mismo valor que ante los medios de comunicación. Kirchner y Díaz Bancalari no estaban dispuestos a comprar el buzón que, en alguna medida, vienen vendiendo: la idea de que los desmanes habían sido prolijamente organizados por el duhaldismo, como sostuvo con cara de póker por la TV Carlos Kunkel. Al contrario, el presidente del PJ bonaerense tenía una versión muy directa de cómo habían ocurrido los hechos. Malicioso, «el Mono» citó la fuente: Graciela Giannettasio, la vicegobernadora, a quien él mismo se encargó de reconciliar con Kirchner.

«Graciela me dijo que ella misma, dentro de la quinta, había pedido la Policía cuando vio las primeras trompadas. Y que los canas le dijeron que vos habías dado la orden de no entrar. ¿Quién fue entonces el irresponsable? ¿ Duhalde o vos?», se explayó Díaz Bancalari, desahogándose por un entripado que venía desde los tiempos en que Solá quiso desplazarlo del partido y, además, a sabiendas de que quien le enrostrara al gobernador lo ocurrido en San Vicente tendría premio de Kirchner.

El vínculo entre Giannettasio y Solá se deteriorará todavía más después de las infidencias de José C. Paz. Sobre todo, porque el gobernador está enterado de que su segunda convocó a una fiscal a la quinta de Juan Perón mientras sucedían los hechos. En rigor, ella estaba aterrorizada como los demás funcionarios que habían concurrido a homenajear al General con sus custodias, mínimas. Ahora, la doctora Leila Aguilar insinúa: «Por el momento, investigo los incidentes, todavía no examiné las responsabilidades políticas en estos hechos». El caso es complicado: la casa de los Perón es un museo de la provincia, es decir, un lugar público por cuyo deterioro deben dar la cara los funcionarios.

  • Cuatro conspiraciones

  • Con la tesis de Díaz Bancalari, según la cual la responsabilidad por los hechos de San Vicente le cabe a Solá, las conspiraciones ya son por lo menos cuatro. La segunda es la del propio gobernador, que imputa los hechos a Duhalde. La tercera pone la mira en Kirchner o en el empresariado: la expuso Moyano al decir, con cara de piedra: «Lo que sucedió se debió a que yo iba a pedir un fuerte aumento de salarios». Finalmente, quedan las conjeturas de Julio Piumato, quien en un viaje intergaláctico de su imaginación dijo que lo que ocurrió junto a la nueva tumba de Perón está ligado a lo que pasó en Brasil para afectar a Lula (¿?) y a lo que también sucede en Bolivia para voltear a Evo Morales. Piumato, igual que Moyano, están aterrorizados: saben que en adelante Kirchner se cuidará mucho antes de sacarse de nuevo una foto con ellos. Esto es también un problema para el Presidente: de la alianza con este núcleo sindical, al que se alimenta política y económicamente desde el gobierno, depende en gran parte la estrategia antiinflacionaria de la actual administración.

    Explicar los hechos de San Vicente como el producto de una conspiración es igual a explicar las pirámides como creación de seres extraterrestres: la causa es más oscura que los hechos que se quieren iluminar con ella. Más fácil es pensar que el martes se puso en escena una obra maestra de la chapucería. Sólo a gente muy poco profesional se le ocurre reunir a varios miles de personas, muchas de ellas borrachas o drogadas, sin aparato de seguridad alguno, peleando por la proximidad a un palco con palos y pistolas. El desbande es allí un objetivo, no un accidente. Resulta inquietante si se recuerda que la misma cabeza que pensó ese absurdo está ahora dedicada, en el gobierno o en la CGT, a resolver otros problemas más sofisticados de los que depende el bienestar de los ciudadanos.

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