Eduardo Amadeo entonó anoche el plan BONEX delante de micrófonos y cámaras de TV
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La anécdota interesa por la significación que ha adquirido esta ley para las relaciones del país con el resto de la comunidad internacional, sobre todo en materia de negocios. Pero también porque revela el carácter binario que tienen las conductas de Duhalde, quien puede alentar y desalentar al mismo tiempo una acción o una política, acaso por suponer que el resto del universo no lo descubrirá. Falta que se hagan chistes con su apellido, que ya anticipa esa condición «dual».
Algo similar de la charla con aquellos editores debe inferirse de la comida que organizó el Presidente el sábado a la noche en Olivos para discutir sobre Economía. Allí estuvieron, para disfrutar de la carne y las papas al horno, Daniel Carbonetto, Eduardo Setti y Carlos Leiva, quien a pesar de no ser un ortodoxo, parecía un muchacho de Chicago al lado de los otros dos expertos. En efecto, Carbonetto sigue presentándose como ex asesor económico de Alan García, como si fuera una carta de triunfo (equivale a que alguien se exhiba como «ex constitucionalista de Idi Amín»). Ahora es diputado, como integrante del bloque «Polo Social» que formó el cura Luis Farinello. Setti pertenece a una glaciación anterior: su actuación más moderna la protagonizó en las «62 Organizaciones» de Lorenzo Miguel a comienzos de los '80. Allí lo reemplazaron por «populista» ya en aquella época.
Cuando los funcionarios -a los que después se agregó José Pampuro-se sentaron a la mesa, la charla recién comenzaba. Duhalde había comentado el proyecto del nuevo bono que se colocará entre los tenedores de depósitos a plazo fijo. «Tengo miedo de otro cacerolazo, de que la gente no los acepte» se confesó el dueño de casa. Para que eso no suceda, le aconsejaron, «hay que multiplicar las opciones que tenga la gente para usar los bonos».
En ese momento la mesa se amplió: entraban los integrantes del equipo económico, Jorge Todesca, Lisandro Barry y Aldo Pignanelli, el vicepresidente del Banco Central. «Es elemental -siguió con el argumento Carbonetto-que se debería poder usar estos papeles para pagar deudas a los bancos». Barry frunció el ceño y acotó, respetuoso: «De ese modo no evitaríamos lo que queremos evitar que es una caída masiva de bancos, porque se achicaría enormemente el patrimonio de todos ellos».
Duhalde miró hacia sus invitados, casi desafiante y ellos contraatacaron: «No es así porque cuantas más aplicaciones tengan, más valor tendrán los bonos, y los bancos mejorarán la cobrabilidad de sus deudas» dijo Setti. Leiva trató de desviarse de esta línea argumental y propuso: «Algo en lo que podría pensarse es en permitir que con estos bonos se puedan abrir cuentas corrientes, de tal manera que se puedan girar cheques no endosables». «¿Por qué no estudian esto, muchachos?» se interesó el Presidente, posando ahora la mirada sobre Todesca.
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