Ansioso, presa de una especie de síndrome de abstinencia porque las cámaras de TV le rehuían, «Rucucu» creyó escuchar, con la aparición de Juan Carlos Blumberg y la movilización del 1 de abril una especie de «levántate y anda». Los primeros en notarlo fueron sus colegas de bancada, sobre todo, el kirchnerista tucumano Ricardo Falú. Tenaz, insistente, Ruckauf no dejó de acosarlo durante toda la sesión de la Comisión de Legislación Penal donde se trataron, con Blumberg monitoreandoa todos, los proyectosde endurecimientos de penas. De paso, cuando le habilitaban el micrófono, el ex vicepresidente de Menem aludía a Falú como «mi amigo» para después aclarar que él presentaría un proyecto propio para castigar la tenencia irregular de cualquierarma de fuego, no sólo las de guerra. Después de esa reunión de comisión, frente al resto de los diputados de su bloque, volvió a ocupar el centro de la escena con intervenciones sólo superadas por el dúo Irma Roy/Daniel «Chicho» Basile. Es que, cuando uno de los legisladores estaba enumerando delitos graves que merecían penas más severas,la diputada-actriz comenzóa gritar desde el fondo del salón, apuntando imaginariamente a la figura de Eugenio Zaffaroni: «¿Y el sexo oral?, ¿Y el sexo oral?...». Basile no pudo con su genio y le respondió desde la otra punta: «Es hermoso, Irma, es hermoso...».
El presidente del bloque José María Díaz Bancalari comenzó a advertir que la sesión del día siguiente sería demasiado complicada. Por eso, un par de duhaldistas se aproximaron a Ruckauf para decirle que el bloque haría suyo su proyecto a cambio de que no hablara en el recinto. «El Mono» y sus colaboradores sospechaban que la sobreactuación de «Rucucu» impediría al peronismo capturar más voluntades para la aprobación de las normas.
El ex gobernador y profeta del «meta bala» se allanó al pedido, después de exponer razones no del todo elevadas: «La verdad es que para mí esto no pasa por el recinto; mi negocio está en las cámaras de TV, allí tengo que volver», le dijo a un compañero de bancada. Esa noche, sin embargo, Ruckauf cambió de idea.
Dicen que fue cuando, frente al espejo, en su departamento del parque Las Heras, comenzó a ensayar su discurso, manipulando las tres balas que había hecho conseguir, con fines didácticos, a un custodio amigo. «No podemos solamente condenar a quien tiene una pistola 45 no declarada», gesticulaba el diputado con el proyectil de esa arma en la mano derecha, «porque el 22 también mata», levantaba ahora un ejemplar de ese calibre con la izquierda. No le faltaba razón, aunque su exposición práctica superaba las formas legislativas.
Al día siguiente, sigiloso, Ruckauf se sentó en la banca.
Antes, se hizo anotar en la lista de oradores. Consiguió lo que quería: con tres municiones a modo de «Power Point», regresaría a la vida. Hubo algo que lo decidió a romper el pacto de silencio del día anterior: calculó el tiempo que usaría cada diputado y descubrió que su intervención tendría lugar en horario noble, entre las 20 y las 22, hora de máxima audiencia en los programas de TV que cubrían la sesión. Como en otras oportunidades de su carrera política, Ruckauf no prestó atención al perjuicio que ocasionaría a sus pares (por esa tradición ganó apodos como «71 de Octubre» por ser lo contrario del «Día de la Lealtad» o «murciélago», porque «no pone el hombro ni para dormir»). «Por culpa de 'el Rucu', a lo mejor nos quedamos sin los votos necesarios», vociferaba Díaz Bancalari, como si la conducción del bloque no fuera una obligación suya.
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