8 de agosto 2006 - 00:00

Dos kirchneristas de privilegio en insólita contradicción teatral

En el mismo día se conocieron dos voces oficialistas, una más importante que otra. Pero, tan contradictorias que merecerían algún tipo de tratamiento, no sólo periodístico. Por un lado, trascendieron las expresiones de Carlos Zannini, secretario Legal y Técnico de la Presidencia, cuyo hobby es organizar jóvenes K para encolumnarlos detrás de Néstor Kirchner, a quien le revisa los decretos (en Santa Cruz, como se sabe, disponía de una actividad semejante, pero con la Justicia). Y, por el otro, habló el ultrakirchnerista diputado Edgardo Depetri, para reafirmar una teoría conspirativa digna de la Cheka o del más depurado macartismo.

Zannini, quien no es afecto a las declaraciones, en los mitines se exalta y se desnuda con cierto humor y rencores varios. En Chapadmalal, durante 40 minutos -hombre expansivo, por lo visto-, el funcionario arengó a jóvenes y no tanto, casi todos enrolados en la Administración Pública en planta transitoria o vía contratos. Lo que corresponde a la militancia. Y allí, como si no lo estuvieran grabando, criticó a los opositores y también a los medios de comunicación, a los cuales considera en la misma ubicación geográfica. No estaba solo: además de la muchachada, lo aplaudían para el recuerdo los dóciles ministros Jorge Taiana y Carlos Tomada, también algún diputado amigo y un intendente que sueña con reemplazar a Felipe Solá, Julio Alak.

Zannini se burló de los opositores al gobierno y los consideró «histéricos», imputación femenina que nadie sabe si corresponde. Más se extendió, en cambio, al referirse a los medios de comunicación en general, a los que considera -de acuerdo con su versión cinematográfica almodovariana- «al borde del ataque de nervios». Los dos cargos, ciertamente, no se compadecen con la realidad, más bien parecen transferirles a los otros lo que él mismo padece. Agregando: «No entiendo por qué el periodismo está tan crispado». ¿Se referirá al periodismo de otro país?, pues el local parece bastante sosegado.

Sin embargo, al margen de los comentarios, interesó otra veta de su discurso. Cuando, luego de bromear con gracia sobre los meniscos de Alberto Fernández, y en clara oposición a lo que afirmó antes, planteó con razonabilidad: «Es necesario que se desdramatice la política». Vale la pena el consejo, al menos para un legislador de su capilla oficialista, Depetri, quien en un reportaje en «La Nación» -y repitiendo lo que había formulado unos días antes- se asumió como un Hamlet atormentado porque habían volcado veneno en el oído de su padre.

Al menos, es lo que se figura, porque Depetri -en un intento por dramatizar la política y todo lo que la rodea- aseguró que puede «haber asesinatos por encargo» como culminación de un proceso desestabilizador contra el presidente Kirchner. Casi nada para las tablas. Y para justificarse, implicó a empresarios, militares y economistas en ese complot, sin olvidar a los que protestan por la inseguridad en la Argentina. Tampoco apartó a los medios de comunicación, más precisamente a los dueños que -según él- «cuando tienen intereses particulares y, en ocasiones son contrapuestos al gobierno, se suman a los críticos que no conocen la difícil tarea de gobernar».

Y si bien la lista de Depetri no es amplia, a los conspiradores los marca con el dedo: Elisa Carrió es una porque se atrevió a comparar a Kirchner con Mussolini, olvidando que Eugenio Zaffaroni hace años comparó a Kirchner con Hitler (por el manejo de la Justicia que hacía Zannini en Santa Cruz) y luego fue encumbrado a la Corte Suprema; otro es Mauricio Macri, al que le atribuye el legado de las políticas neoliberales de los 90, casi sin distinguirlo del padre, Franco, quien entonces hizo negocios y ahora, con el kirchnerismo, los vuelve a realizar. También lo imputa a Ricardo López Murphy; el cargo para integrar el complot: haber querido reducir el presupuesto universitario en la crisis de 2000. Después, el diputado kirchnerista evita mencionar otros nombres, habla genéricamente también de militares retirados y en actividad.

Todos entonces parte del drama o de la dramatización que estos ejemplares del oficialismo les cuelgan a quienes osen oponerse al gobierno, más allá de que sin ponerse de acuerdo uno vive el momento con un sentido trágico y el otro jura que la vida política hay que tomarla más gaseosamente. Cuando el Presidente lee los diarios con fruición y se altera por ciertas notas, ¿no advierte también que sus propios seguidores incurren en penosas contradicciones por el simple uso de la palabra?

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