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El peronismo conoce bien estos simulacros, donde el pueblo reclama y el líder renuncia para, finalmente, ceder. Los diarios de 1950 están repletos de crónicas que registran el momento en que distintos pelotones de dirigentes del interior visitan a Juan Perón para suplicarle que sea candidato en 1952. El general, con cara de circunstancias, se niega, mientras controla cómo una campaña jamás vista tapiza las paredes del país con su rostro.
En el fondo de estas operaciones existe una visión católica para la cual el mando no es algo que deba disfrutarse a los ojos del público sino, a lo sumo, soportarse. Un ardid para ocultar la conquista del poder detrás del renunciamiento a disputarlo. La dramatización más exaltada de esa operación se le debe a Eva Perón y su célebre renunciamiento a la vicepresidencia en la terraza del edificio de Obras Públicas. Menos operística, Chiche Duhalde también cultiva la imagen de la mujer que sufre en la cumbre -como describen sus apologetas en los diarioshasta el límite de negarse a vivir en Olivos, decisión que revisó hace ya tiempo mientras se quejaba delante de un grupo de íntimos: «No sé para qué diablos dije que quería seguir viviendo en Lomas cuando la quinta es tan linda». Una autocrítica familiar de la que llevó a Duhalde desde la inmobiliaria en la que había jurado pasar el resto de sus días hasta la senaduría bonaerense y, desde allí, a la presidencia de la Nación en la que se hizo designar hace un año.
Políticos al fin, los dirigentes de la provincia de Buenos Aires, sobre todo los del conurbano, están evaluando cuál es el esquema electoral que les permitirá reproducir de la manera más eficiente los recursos con los que cuentan en la actualidad. Es decir, están en busca del candidato más competitivo para, detrás de él, mantenerse en intendencias, diputaciones, concejalías. Frente a esta necesidad sienten de manera rigurosa una carencia inusual, que jamás se dio en las últimas décadas: ninguno de los precandidatos del PJ a la Presidencia es de la provincia de Buenos Aires.
El lanzamiento de Duhalde tiene que ver con esta urgencia. Y no es casual que se produzca en el momento en que, desde la Casa Rosada, se amenaza a los propios duhaldistas con la posibilidad de enfrentar a Menem con un candidato como Néstor Kirchner. La postulación del Presidente para la interna del PJ es, bien mirada, una forma de desobediencia: el duhaldismo le está diciendo a su jefe que no está dispuesto a ver crecer en cada distrito, ciudad o pueblo a los representantes de Menem. Y como Duhalde no encontró el candidato que le permita superar ese problema (todos despertaron hace tiempo del sueño Reutemann) su maquinaria electoral le está haciendo saber que deberá contemplar, llegado el caso, el sacrificio de una derrota nacional que permita conservar las posiciones locales. No es seguro que Duhalde pueda vencer a Menem en la interna del PJ y de allí deriva la sinceridad de la renuncia del Presidente. Pero los duhaldistas descartan que sólo si su jefe es el candidato ellos podrán retener su propio distrito. Por eso lo postulan.
A Duhalde le preocupa el dilema porque su base le está enviando un mensaje inquietante. Cuando Daniel Basile, José María Díaz Bancalari, Manuel Quindimil o Hugo Curto le dicen que para ellos él debe ser el candidato, Duhalde interpreta que se están negando a ir detrás del dirigente que les ponga la Casa Rosada para enfrentar al menemismo. Ya le sucedió hace un año, cuando los mismos señores feudales del conurbano se reunieron en la quinta de Hugo Toledo -allí pensaban levantar su candidatura el fin de semana pasado, si el tiempo hubiera ayudado-para advertirle que no tolerarían ir a las elecciones, previstas entonces para marzo de 2002, detrás de Carlos Ruckauf. «Avisanos si ése es tu proyecto porque en tal caso cada uno hace su negocio; unidos vamos sólo detrás de ti», le aclaró el metalúrgico Curto.
La encrucijada reaparece al cabo de un año y es grave para el liderazgo presidencial porque el paso siguiente a esa resistencia es la dispersión del duhaldismo en distintas lealtades nacionales. Fenómeno que está estimulado por una razón meramente demográfica: un intendente del conurbano maneja una porción de poder tan importante que lo habilita para hacer su propia componenda electoral, sin necesidad de tolerar que desde una oficina del gobierno el «Chueco» Juan Carlos Mazzón lo negocie con tal o cual invento de laboratorio.
La jugada es para Duhalde casi un jaque mate, del que él encuentra que sólo se puede zafar por la vía más brutal: evitando la interna gracias a la sugerencia que, para un contexto diametralmente opuesto, había realizado Juan Carlos Romero. Es decir, haciendo que el PJ vaya a los comicios disperso en distintas candidaturas, a riesgo de que se instale un presidente de otro partido. Duhalde no quiere tomar el riesgo de ser la víctima propiciatoria de la supervivencia de su propia estructura. ¿Aceptará el peronismo correr el albur de perder para que se salve Duhalde?
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