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Kirchner hizo varios ademanes para que se interprete que el que vació la cumbre fue él. Llegó a Brasilia al final de la tarde del jueves, se reunió con Hugo Chávez, se refugió después en su cuarto y solamente participó de la cena, a la que llegó tarde. Al otro día, a las 8 de la mañana, ya estaba regresando a la Argentina. ¿Cuál fue el motivo de esta fugacidad, por no decir de este desaire?
Sin embargo, hay otra lectura de esa fobia de Kirchner por permanecer poco rato en Brasilia. Tendría un sentido más profundo, ligado a la política exterior: ya Rafael Bielsa dijo públicamente que la Comunidad Sudamericana de Naciones es un proyecto más brasileño que argentino. El Palacio San Martín, aclaró, prefiere fortalecer el Mercosur, dando por entendido que un proceso compite en contra del otro. Kirchner nunca dijo eso, pero cada vez que tuvo oportunidad lo dio a entender: ¿o no pegó un faltazo también cuando se realizó la primera de esas cumbres, en el Cuzco?
En la reunión de Brasilia quedó clara nuevamente esta reticencia argentina. Fueron los funcionarios de Bielsa los que más presionaron porque en la declaración final quedara en evidencia que la Comunidad Sudamericana sería nada más que la combinación de Mercosur y la Comunidad Andina. Curiosa contradicción con Hugo Chávez, quien amenazó con no firmar ese texto por estar en contra de ese enfoque. Lo hizo sólo cuando le pidieron públicamente, en varias oportunidades, que no rompiera la cumbre. Más allá de asociaciones con Repsol, compras de destilerías y estaciones de servicio, esta disidencia en la manera de entender el proceso de unificación sudamericano esconde una distancia importante respecto de otro tema entre Buenos Aires y Caracas: las relaciones con Estados Unidos y el margen de expansión que cada gobierno quiere darle a Brasil en el subcontinente.
Esta estrategia internacional de la Cancillería argentina, si existiera, quedó oculta detrás de otros datos más llamativos e inmediatos. Son indicios que llevan a pensar que Kirchner no quería estar en Brasilia, también para no cruzarse con Duhalde. La embajada argentina, que conduce Juan Pablo Lohlé, tiene clara conciencia de este aspecto. En principio, el Presidente había reclamado que Duhalde no hiciera uso de la palabra. Pidió que se lo sacara del protocolo y, cuando se enteró de que debería alojarse en el mismo hotel que su antecesor y ex padrino, decidió mudarse. El caudillo de Lomas quedó en el «Blue Tree» y la comitiva presidencial se dirigió al «Kubitschek».
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