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Duhalde, que ahora es también diplomático, se sentó a comer en la residencia del embajador junto a Rafael Bielsa, Carlos Bettini (lo tratan ya como «el embajador», por más que no esté despejada la incógnita de su ingreso a la diplomacia en Madrid), Eduardo Valdés y los legisladores que ya se mencionaron. Estaba también el acongojado dueño de casa, Abelardo Parentini Posse. Mientras se hablaba del laberinto interno, Néstor y Cristina Kirchner comían con los reyes en el Palacio de la Zarzuela.
Duhalde aguarda poder encontrarse hoy con Kirchner, con la misma excusa de siempre, hablar de la «unidad sudamericana» (es un tema tan etéreo que le garantiza reuniones hasta que llegue 2007) que pretende Itamaraty. Claro, como ex presidente él sabe que la agenda de Kirchner en Madrid es asfixiante. Sin embargo, quiere encontrar un instante aunque más no sea para interiorizarse de dos detalles. Uno, a qué se debe la agenda de dos actos por semana en el conurbano que ha organizado el Presidente, con una mega concentración en La Matanza, el 19 de febrero. Otro, por qué, si él le encomendó a Alfredo Atanasof estudiar una reforma política, desde la Casa Rosada se alienta a que esa tarea la lleve adelante Felipe Solá con el candidato Fernández. Duhalde no quiere ir más allá de estos enigmas. Pero muere por preguntar si es cierto que, de refilón, la causa por las presuntas coimas del Senado podría tocar a algunos encumbrados diputados que le responden y que en aquellos tiempos de Fernando de la Rúa ocupaban bancas decisivas.
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