6 de agosto 2004 - 00:00

¿Duhalde se candidatea?

Tras una cena compartida, el presidente brasileño, Lula da Silva; el bonaerense a cargo del Mercosur, Eduardo Duhalde; y el electo mandatario de Panamá, Martín Torrijos, sonríen hermanados anteayer en la Base Militar de El Galeao, en Rio de Janeiro.
Tras una cena compartida, el presidente brasileño, Lula da Silva; el bonaerense a cargo del Mercosur, Eduardo Duhalde; y el electo mandatario de Panamá, Martín Torrijos, sonríen hermanados anteayer en la Base Militar de El Galeao, en Rio de Janeiro.
Hubo diálogo entre Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde. Los dos lo confirman, aunque a uno le disgusta esa publicidad. Además, no hay certeza sobre la precisión del lugar y la fecha (con seguridad, uno en Misiones hace 15 días), tal vez porque conversaron en otras oportunidades más recientes (aunque Duhalde ya viaja más que Dante Caputo en sus tiempos). Sea por teléfono, la intermediación de José Pampuro -hoy en noviazgo con el Presidente, casi como Rafael Bielsa, luego de pasadas peloteras- o algún encuentro furtivo en esas «cuevas» a las que son propensos los peronistas, estén en la clandestinidad o en el poder. De ese diálogo surgió un pacto ¿endeble, precario, efímero quizás?

O no, ya que la necesidad forzó a que las dos partes se traten con cordialidad luego de furiosas andanadas. Y esa necesidad quizás persista. Eso retrató Duhalde, quien de mentor de Kirchner se ha convertido en dócil admirador y, como tal, le sugirió a su patrón que la situación general se ha complicado, los piqueteros desbordaron al gobierno y, por lo tanto, hay que suspender peleas e internas dentro del justicialismo. A él tampoco le conviene la guerra: todavía no se pudo desprender, frente a la población, de su responsabilidad en la llegada del santacruceño a la Casa Rosada. Por supuesto, el bonaerense extrajo su «know-how» preferido: las encuestas. Dato superfluo: Kirchner ya sabe de su propia caída en la opinión pública por sucesivos y preocupantes sondeos de Artemio López. Y no le causó gracia que se lo refregara el bonaerense por el rostro.

• Tregua

Inclusive, si decidió sentarse frente a Duhalde es debido a que requería una tregua por el mal momento que atraviesa. Implícita quedó entonces la suspensión de agresiones, la colaboración mutua en el Parlamento (lo que significa que pasen las leyes y se acepte la supremacía duhaldista), la paz y hegemonía de ambos en el partido (uno en el nacional, el otro en el provincial) y la prevención mutua frente a la intransigencia externa del FMI y los acreedores. Ya que Kirchner reconoce no tener plata para pagarle a todo el mundo.

Genérico y superficial este capítulo. Pero hubo otros más concretos. Como el primer mandatario también tiene encuestas, se habló de la declinante Chiche Duhalde, un dolor que no ignora su marido. La «chiquita» (a él le dicen el «chiquito», además de «Negro») no puede ser candidata al Senado el año próximo, lo suyo no marcha, hasta quizás por el lastre del apellido Duhalde. Casi un placer en Kirchner el descarte de la bonaerense, ya que en su intimidad irrita la sola mención del apelativo Chiche. A cambio, se convino en que si Duhalde se anima a postularse, recibirá el apoyo presidencial en la campaña. «Lo que vos quieras o necesites -le atribuyen en el diálogo-, yo te apoyo, como te sostuve para el Mercosur.» Pero esto se arreglaba con telefonazos, no con votos.

Si se hablaba de tachar, también el bonaerense disponía de lápiz rojo y Luis D'Elía rodó a los leones sin ninguna defensa. Quien intentó protegerlo ya admite que fue su peor inversión política (de la económica no se habla), típico «piantavotos» que ahora hasta empezó a inquietar a quienes lo invitaron para colaborar en Venezuela. Acuerdo obvio en la descalificación y, para más adelante, discusión sobre otras tarjetas rojas. El santacruceño promete que vetará ciertas figuras del «aparato» (en su lenguaje «indeseables» bonaerenses) y Duhalde no cerrará los ojos para fulminar -cuando pueda- a personajes mínimos, sin peso provincial, pero que le producen urticaria: Dante Dovena, hoy en Papel Prensa y de inexistente incidencia en el distrito -aunque presume lo contrario- y, sobre todo, Carlos Kunkel, orondo merodeador del despacho presidencial, quien fue actor de las grandes ligas en los '70, pero luego se congeló en un club de barrio en cargos de poca Monta (la alusión no es «casual»). Si los duhaldistas hasta bromean con esa trayectoria diciendo que es más conocido por los acreedores que por los vecinos.

Para los dos, Buenos Aires es clave. De ahí que no cierren nada definitivo. Duhalde consiguió, en apariencia, alambrarla como una estancia que le pertenece (llama a internas que gana sin amenazas y se hará titular del partido), pero se amarga por el cotidiano esmeril político de Kirchner. Y no es sólo de palabra ese desgaste: la Casa Rosada dispuso una regadera de plata para algunos centros de la provincia. Naturalmente, amigos. El mismo Kirchner en persona, como un benefactor divino, reparte planes y fondos con los intendentes convertidos o a convertir, casi copiando la forma en que procedía Duhalde desde el Fondo del Conurbano (madre de todo su poderío). Y no es poco lo que despliega: a La Matanza de Alberto Balestrini (el privilegiado), por ejemplo, ya le otorgó más de 200 millones de pesos en obras mientras el presupuesto anual del municipio no trepa a esa cifra.

• Recuperado

Nada de chucherías, como en Florencia Varela (lugar en el que Kunkel dijo «hacer política»), donde ya se dejaron más de 60 millones y en Chacabuco, tierra del próspero Julián Domínguez -un recuperado para el kircherismo que viene de la intimidad más controvertida de Carlos Ruckauf, lo que significa dejar, vía Aníbal Fernández, convicciones en las escalinatas- depositó más de 30. Quien pide y jura lealtad, recibe. Más o menos, los mecanismos de captación que Duhalde añora instrumentar y que Felipe Solá ve pasar como sorprendido observador.

No se crea que los intendentes beneficiados desbordan felicidad: si bien reciben esos montos en obras (hospitales, rutas, etc.), no pueden meter mano ni nariz para concederlas o administrarlas como en tiempos de Duhalde (de licitar, ni hablar). Esa es una responsabilidad que se ha reservado para sí, en exclusividad, el propio Kirchner, casi siempre a través de su entrañable ministro Julio De Vido (quien se encarga de las adjudicaciones, tarea que no le resulta dificultosa porque la ha realizado por años en Santa Cruz). «Al menos nos dejan salir en las fotos con los anuncios de las obras y eso, en tiempos de crisis, alcanza», refieren como descargo los intendentes devenidos en kirchneristas de palabra. Sin duda, hubieran preferido otro rol más decisivo y, como se quejaron por haber sido apartados casi bajo sospecha, y decían que veían pasar al zepelín y nunca lo timoneaban, parece que en algunos casos el gobierno les concederá atribuciones para «certificar» parte de las obras que se ponen en marcha. En el lenguaje de la construcción, eso se explica de otra manera. Duhalde confiesa con envidia que su propia política hoy parece mejorada.

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