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Conviene repasar las razones que Duhalde ofreció públicamente, antes de examinar las más reservadas, que escucharon solamente algunos de sus colaboradores. Entre las primeras, adujo que se volvía a un voto histórico, es decir, anterior a la época en que él era el vicepresidente de la Nación, tiempos en que gobernaba su tutor político, Raúl Alfonsín. El Presidente confesó también que pretendía votar junto a Brasil, sobre todo después de haber hablado con Lula Da Silva, con lo que confirmó la primicia que ofreció este diario el lunes pasado. No pudo avanzar más y pretender un homenaje al Mercosur: el voto condenatorio de las transgresiones del castrismo a los derechos humanos lo redactó Uruguay, que pertenece al bloque.
Duhalde estuvo con idas y vueltas hasta determinar que los fusilamientos castristas no levantaban una ola de indignación en la clase media local. Entonces se resolvió finalmente por la abstención, lo que dejó muy mal parado a Carlos Ruckauf, el canciller, cuya disidencia se vio casi obligado a justificar el propio Presidente. Si no fuera porque todavía depende de su jefe para evolucionar hacia una diputación, Ruckauf habría renunciado envuelto en barras y estrellas. Hubo algún otro funcionario, más cercano a Duhalde, que estuvo a punto de hacerlo. No es Eduardo Amadeo, quien deberá hacer vida doméstica en Washington hasta que termine su gestión.
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