Habrá que dar por cierto aquello de que Eduardo Duhalde se retiró para siempre de la política. Pero, si su plan secreto es volver algún día, el ex presidente debería, cuanto antes, avisarles a sus más notorios y antiguos amigos para que cuando eso ocurra haya alguien esperando. Al desfile de intendentes del conurbano por la Casa Rosada durante la semana pasada -Juan José Mussi, Luis Acuña, Hugo Curto y Osvaldo Amieiro-se agregó la silenciosa mudanza de Antonio Arcuri, senador provincial del PJ e íntimo de los Duhalde.
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Cuando en la Legislatura provincial se discutió, días atrás, un paquete de leyes económicas pedidas por Felipe Solá -Presupuesto- 2005 y 2006, y ley impositiva-Arcuri se reveló como un activo operador para que el felipismo consiga los votos necesarios.
Se sometió, incluso, a las chanzas de sus compañeros de bloque al plantear en la reunión de la bancada que se debían votar «todo lo que pide Felipe». Ahora el gobernador es « Felipe» cuando de esa misma boca, hasta no hace mucho, salían epítetos no aptos para menores. Arcuri, que perdió la vice de la Cámara alta, solía vacacionar junto con su esposa, Brígida Malacrida, intendenta de San Vicente, con Duhalde y Chiche. Al punto que el ex presidente en su estadía en Olivos le delegó la firma convirtiéndolo en secretario de Legal y Técnica.
Con otro perfil y otro rango, Arcuri fue para Duhalde lo que en la actualidad Carlos Zannini es para Kirchner.
Pero ya no más: la semana pasada, el senador ofreció su voto y el de algunos de sus pares -por ejemplo, el de Remo Salve, de Berazategui- para allanar la aprobación del puñado de leyes que pedía el gobierno y que, sin aval del PJ, el felipismo no podría lograr.
¿Pisoteó, para sobrevivir, Arcuri su amistad con Duhalde o el ex presidente, su amigo, decidido a retirarse definitivamente permitió o hasta apañó la pirueta del senador? El ruido de la estampida de los duhaldistas no deja oír la respuesta.
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