Los argentinos no reparaban en problemas militares desde hace por lo menos poco más de una década. Con la administración Kirchner -con razón o sin ella- se repuso esa conflictividad. Algo semejante empieza a registrarse con el sindicalismo: las huelgas y paros no dominaban la escena desde hace años y, en muchos casos, han reaparecido hasta de la mano de gremialistas cercanos al gobierno (caso Hugo Moyano, camioneros). Curiosa e inquietante esta pasión del oficialismo por recuperar enfrentamientos, casi por regresar a otras décadas. La queja sindical prospera y hasta con tensión (ya hubo denuncias de aprietes y virtuales secuestros). El gremio bancario va al paro hoy por tres horas, Moyano prometió suspender, por ahora -debido a una intervención del propio Kirchner-, su avanzada belicosa contra Carrefour y sus colegas de comercio que, ciertamente, hasta parece un remedo de lo que fue en su momento el caso Sitrac-Sitram. El Presidente puede influir sobre el sindicalista: si éste no le hace caso, le retira del gobierno a varios funcionarios de su gremio en el área de Transporte. Tampoco se ha resuelto el problema gremial en el PAMI, empleados que resisten a planes de racionalización y que, no curiosamente, responden a Moyano y también al dirigente más querido por el gobierno: Víctor De Gennaro, al que el fin de semana pasado sentaron a la mesa principal junto a Lula en la privilegiada El Calafate. Otros preferidos del gobierno, los judiciales, ya arrancaron un aumento bajo presión y fuerza, violando leyes, que no pueden convalidar en la Corte Suprema. Como no logran la venia, arman disturbios. Parece increíble que la propia Casa Rosada aparezca involucrada en todos estos episodios, como si fabricara sus propios conflictos. Pero ésta debe ser su noción de trabajo y producción.
Moyano supera esas intimidades. Es, por ejemplo, el único sindicalista que tiene acceso al número de teléfono celular del Presidente. Claro, su poder -entendido, como casi siempre en la vida sindical, como capacidad de daño-es superior al de De Gennaro. Mientras éste apenas puede disponer una huelga de empleados públicos, Moyano está en condiciones de obstruir las rutas, los accesos a las ciudades importantes y hasta el comercio internacional. Tal vez, Kirchner lo tendría en consideración, aunque no le tuviera la simpatía personal que parece tenerle.
En el PAMI, Juan González Gaviola, el interventor del organismo, denunció públicamente que debió autorizar una exacerbada cantidad de horas extra del personal porque una camarilla de sindicalistas lo tuvo «secuestrado» en un despacho para que firme la resolución (casi como a los consejeros de la Magistratura). Es cierto que el gremialista que llevó adelante el «apriete», Rubén Grimaldi, es secretario general de ATE en ese instituto, no de un sindicato de Moyano. Pero en ATE aclaran: «Políticamente, Grimaldi responde a Moyano. Por el transporte, las ambulancias». ¿Grimaldi tiene algo que ver con el negocio de las ambulancias? Todo se pierde en la opacidad sindical, salvo un detalle: cuando Kirchner estuvo a punto de designar a sindicalistas en un nuevo directorio del PAMI, Moyano le pidió por Grimaldi.
Al parecer, el caso Carrefour planteó un límite en la paciencia del Presidente, quien pidió una tregua ante su amigo gremialista, quien se va convirtiendo, por acumulación de conflictos, en el principal problema del gobierno en el campo sindical. Claro, en el enfrentamiento con los supermercadistas franceses la saga de Moyano adquirió dimensión internacional, movilizando el interés del propio Chirac. Kirchner empieza a admitir que ciertos gustos -como el del sindicalista propio-comienzan a ser un poco caros.
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