La ancianidad, como la niñez, es proclive a la fascinación. Aunque parezcan sustraerse a ese tipo de debilidades, también les sucede a los hombres de Estado, en especial, ante quienes ejercen el poder. Acaso Alfonsín esté incurriendo en ese síntoma. ¿Cómo explicar si no su entrega al gobierno que lo condenó -injustamente- al reducido papel de autor de las leyes de Punto Final? Esta pasión por el que manda, que Alfonsín descubrió ante Kirchner, en Roma, conoce antecedentes. ¿O Isaac Rojas, encarnación perfecta del antiperonismo «gorila», no terminó sus días embelesado por Menem desde que el riojano lo visitó en su casa? ¿No fue similar el encandilamiento de aquel izquierdista Alende por su vecino bonaerense Duhalde? Alfonsín expuso el último ejemplo con Kirchner y por eso sus anuncios tienen una credibilidad menguada. Pero al haber estado en la mesa del poder, escuchando lo que se habló, hay que consignarlos: el viejo líder dijo que Kirchner y Duhalde irán en la provincia de Buenos Aires en una sola lista y que el gobierno suscribirá un acuerdo con el Fondo con tres años de gracia para el pago de intereses. Son primicias importantes, periodísticamente desmerecidas por la condición de un vocero enamorado.
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Alfonsín se comprometió con la tarea con gran honestidad y empeño. En 48 horas le impuso una «glasnost» de locuacidad a un gobierno que sólo comunica lo que es susceptible de ser convertido en marketing y que fantasea con administrar la información como si la Argentina fuera igual a Cuba (o a regiones menos tropicales y más cercanas). En efecto, el ex presidente radical divulgó, a partir de un solo viaje las dos primicias del mes, si no del año. 1) Habrá entendimiento entre Kirchner y Eduardo Duhalde en las listas bonaerenses; 2) El acuerdo con el Fondo Monetario Internacional está prácticamente cerrado; su núcleo es un programa que eximirá a la Argentina a pagar intereses durante tres años.
Nadie supone que la intención de Kirchner al incorporar a Alfonsín a su comitiva sería precipitar esas noticias sin el preludio de suspenso y «mise en scène» que cultiva el gobierno. Su objetivo era otro. Por un lado, demostrar que no sólo Lula da Silva, quien lo mortifica con un destacado desempeño internacional, era capaz de armar una comitiva amplia, representativa de la concordia nacional (el brasileño había llevado a las exequias de Juan Pablo II a José Sarney, Fernando Henrique Cardoso y a los jerarcas de varias religiones). También quiso hacerle un guiño mordaz a Eduardo Duhalde, quien tiene un viejo vínculo societario con Alfonsín en la política bonaerense, consumado en la mayoría parlamentaria que se formó para llevar al caudillo de Lomas de Zamora a la Presidencia con autonomía de lo que pretendiera el resto del peronismo. Si Duhalde imaginó que esa composición legislativa se podía reproducir ahora, no para derribar a Fernando de la Rúa o a Adolfo Rodríguez Saá sino para arrinconar a Kirchner, las pasta con chianti que se sirvieron en el «Tre Scalini» de Piazza Navona alejaron ese fantasma.
El otro mensaje del jefe radical fue una bendición para las gestiones que llevó adelante en Washington su principal interlocutor en el gobierno, por lo menos hasta esta excursión peninsular: su antiguo empleado Roberto Lavagna, con quien ensayó una prototransversalidad en los '80 y a quien ahora cultiva a través de Guillermo Nielsen, un militante radical que integró el gabinete de José Luis Machinea en el gobierno de De la Rúa. El ex presidente despejó la incógnita que busca desentrañar todo el mercado: la negociación es un éxito y no hay que temer por un nuevo default. Nadie sabe si es un acierto confiarle a Alfonsín también la vocería económica, sobre todo cuando vuelve la inflación. Son riesgos que se corren.
¿Tenía pensado Kirchner que «don Raúl» difundiera lo esencial de lo que escuchó? La camaradería fue tanta que, por lo visto, nadie le puso límite al ex mandatario. Es lógico: Alfonsín llevó al viaje a su eterno lazarillo, Raúl Alconada Sempé, quien conserva con el matrimonio presidencial viejos recuerdos comunes del pasado platense. Comprensible: Alconada fue alumno del San Luis, el colegio de los maristas donde Cristina tuvo tantas relaciones. Sin embargo, cuando le preguntaron si recordaba a la senadora por Santa Cruz desde aquellos tiempos el acompañante radical habría recordado: «No, nos movíamos en ambientes distintos». Otros funcionarios del gobierno actual tienen más memoria y sí lo recuerdan a él desde aquellas épocas estudiantiles. Sin entrar en detalles de entendidos, por ejemplo, los que dicen que Kirchner hizo mal en llevar a ese abogado al Vaticano si lo que pretende es una reconciliación con la Curia: los obispos recibieron informes muy precisos sobre él y su amigo Federico Storani de parte del banquero predilecto, Francisco Trusso. Más platenses y más contabilidades, tanta plata extraviada.
Es posible que a Alfonsín y a Alconada les haya bastado con el paseo y las garantías de tranquilidad en la provincia de Buenos Aires. Aunque la imaginación vuela ante la foto del trío, ellos dos con el Presidente, en el elegante lobby del hotel Parco dei Principi (a propósito: el preferido por Esteban Caselli para agasajar a sus amigos cardenales). ¿Cómo no imaginar a esa pareja de seguidores de Hipólito Yrigoyen llevándose un par de designaciones para seguir haciendo política? Por lo pronto, el diplomático Alconada supo triplicarse en el trabajo y en el cobro durante el gobierno de De la Rúa. Pero, claro, era una administración del querido partido y había que apoyar. En este caso, bastó con el viaje para que Kirchner encuentre en estos radicales un espíritu de cooperación que, si no había aparecido hasta ahora, fue porque no los habían llamado a embarcar: por dos días y tres noches en la ciudad eterna, Alfonsín hasta le descubrió antecedentes antisemitas al obispo Antonio Baseotto, como declaró ayer al regresar, en Ezeiza.
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