El periodista que se defiende solo contra todo el gobierno
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Néstor Kirchner y Ricardo Balbín
«La Nación».
El sistema de partidos está peor de lo que estaba cuando Kirchner llegó al poder.
Ningún empresario quiere ya invitar a Roberto Lavagna luego de que el gobierno le vaciara varios actos con hombres de negocios. Es posible que Ricardo López Murphy no escriba otro libro porque la presentación de su última obra fue boicoteada por piqueteros cercanos al oficialismo.
La Iglesia, donde hay todavía un importantereservorio de resistencia cívica, está a la espera siempre del próximo sablazo presidencial. El periodismo no está excluido de la presión ni de la opresión. Kirchner entiende sólo dos clases de periodismo: uno es el incondicional a él, por las razones que fueren, y el resto pertenece a una oposición que debe desaparecer. Las vías para extinguir a este último van desde el ahogo económico a los medios hasta la descalificación sistemática de la prensa.
Los métodos de disciplina política y social son varios y cambiantes. Pero hay uno que es invariable: Kirchner se para frente al arbitrario atril, ante un público de incondicionales, y dice discursos como llamaradas en el principal salón de la casa donde gobiernan los presidentes.
La última vez que estuvo allí hizo una referencia peyorativa contra este periodista por razones que nunca explicó, explorando en archivos de diarios de hace 28 años. El tiempo sobra en la esfera del poder.
Quien esto escribe no publicó ningún artículo en el diario «Clarín» el 4 de junio de 1978, al revés de lo que aseguró Kirchner, y jamás escribió los párrafos que el Presidente le atribuyó falsamente. Cualquier hemeroteca puede dar fe de ello. ¿Invento? ¿Deducción? ¿Manipulación? Desde Goebbels sabemos que no importa lo que es, sino lo que se dice que es. Lo peor es que algunos periodistas fueron los primeros en creerle al Presidente. La frivolidad no es exclusiva de los gobernantes.
Se trata, se lo mire por donde se lo mire, de una persecución para descalificar a un periodista. No sólo el Presidente ha pronunciado palabras de rencor; también existió el hecho mismo de que le haya ordenado a sus ineptos empleados que hurgaran en diarios de hace casi 30 años. Eso define la persecución.
Durante los años de la dictadura, este periodista no dejó de hablar nunca con los políticos proscriptos (Raúl Alfonsín, Italo Luder, Fernando de la Rúa y Antonio Cafiero, entre los que están en este mundo, pueden recordar aquellos encuentros) y nunca dejó de recibir y dialogar con las organizaciones de derechos humanos (Graciela Fernández Meijide, entonces una invalorable dirigente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, y Nora Cortiñas, la más conocida referente de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, entre los que están vivos, saben de aquellas reuniones).
También es cierto que este periodista nunca militó en ningún partido político, ni formó parte -ni de cerca ni de lejos- de ninguna organización armada ni optó por el exilio. Y eso puede tener la categoría de culpa en los tiempos actuales.
En su discurso inhumano, Kirchner habló de que en 1978 ya se sabía que existían 30 mil desaparecidos. Si eso fuera cierto, ¿qué hacía en aquellos años el actual presidente construyendo en Santa Cruz una envidiable fortuna personal? ¿En qué organización de derechos humanos militó en los años 70, 80 o 90? En ninguna.
Es el propio Kirchner el que insiste en llevar el debate al lodazal de hace tres décadas. ¿Qué mensajes reciben los argentinos de menos de 45 años? ¿Con qué proyecto oficial podrían sembrar sus ilusiones si todas las miradas están clavadas en los años 70?
Es improbable que el obispo de Posadas, Juan Rubén Martínez, haya tenido una vocación previa de recordar la falta de pergaminos del Presidente en la defensa de los derechos humanos en los años 70.
La libertad de expresión es la que tambalea en última instancia. Hay periodistas amenazados luego de las diatribas presidenciales. Las palabras violentas preceden a los actos violentos. Desde un excitado seguidor presidencial hasta un enemigo de Kirchner sabe ahora que están abiertas las puertas para un empellón o para un acto criminal. Nos ha expuesto a la violencia, en un país desde ya inseguro, porque las palabras de un presidente tienen resonancias más allá del atril. De hecho, un autodenominado «Frente de Unidad Popular» convocó para mañana a un acto en defensa de Kirchner frente al diario «La Nación».
López fue secuestrado, torturado y declaró contra Etchecolatz en su reciente juicio. ¿Qué otra prueba debe dar de que no es un victimario sino una víctima? ¿Acaso se ha llegado al absurdo de que sólo los secuestrados que militaronen grupos insurgentes son víctimas? El problema tiene su eje en una Argentina formal y en otra informal. ¿Existen decretos o resoluciones que atenten contra la libertad de expresión?
A pesar de todo, el buen periodismo resistirá hasta que llegue el infalible día de la libertad recobrada.
GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».
Sensato y, sobre todo, malicioso fue el ensayista en su columna de ayer. Tomó como excusa la convocatoria de Néstor Kirchner a «derrotar al pasado» para explicar que esa dimensión del tiempo no existe y que, por lo tanto, cualquier afán contra ella sería fantasmagórico. El problema, dice Grondona, es el presente, al que pertenece la desaparición de Jorge López. Un problema que desafía a la administración Kirchner.
Cualquier mirada retrospectiva podría ser, sugiere Grondona, evasiva.
La segunda observación con chispa del columnista es adjudicarle al gobierno un temor por la reaparición no de las prácticas del gobierno militar que se estableció en los 70 sino de la «Triple A», una organización paramilitar engendrada por el peronismo. El país, dice la nota, podría ser presa de un enfrentamiento entre esas dos versiones del pasado, entre dos grupos de nostálgicos: los ex montoneros y los ex paramilitares.
Esa pelea, lógicamente, es nociva, retardataria. Sólo cabe -aquí se cita a Kovadloff- cultivar una memoria « fecunda», es decir, que recurra al pasado en busca de su superación.Grondona cita los casos de los acuerdos fundacionales de 1853, que dieron lugar al Acuerdo de San Nicolás y a la Constitución, y también el abrazo de Juan Perón con su acérrimo opositor en los 50, Ricardo Balbín.
La picardía del columnista aparece cuando lleva su nota hacia otro argumento: ¿cuál es la condición de posibilidad para una paz de este tipo? Responde: que los que se reconcilian hayan sido, en efecto, combatientes. Esta premisa le sirve para destacar el argumento del obispo de Posadas: Kirchner no tiene autoridad moral, por falta de currículum, para denunciar a nadie por las conductas de los 70. La idea de Grondona es más drástica: tampoco hay que esperar de Kirchner un esfuerzo conciliador por tratarse de un nostálgico de una guerra en la que no participó.
Finalmente, el ensayista apuesta a que quienes el próximo jueves realicen un acto recordatorio de las víctimas del terrorismo en los 70, utilicen ese empeño en tender un puente para el reencuentro con sus adversarios y no como una convocatoria al rencor.




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