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Aunque siempre encaró la política con temperamento profesional, todos los que frecuentaron al ex presidente en los últimos meses atestiguan que era presa de una especie de depresión, que se insinuó cuando comenzaron a dedicarle cacerolazos en su domicilio. La necesidad de salir a justificarse por la publicación de una foto en la que apareció con un papelito en la mano en el que decía «el juez que hay que cajonear es Antelo» terminó de afectarlo.
Estos acontecimientos le pusieron el tono a su vida cotidiana pero no terminan de explicar la lógica política por la que renunció ayer. Para entender esto último deben tenerse en cuenta algunos datos relativos a la interna radical y a la marcha de la gestión de Eduardo Duhalde. También a esa propensión de Alfonsín por hacer de tanto en tanto alguna operación estridente, capaz de llamar la atención y reponerlo en la escena, aunque cada vez con más modestia:
• Antes de que se votara la derogación de la ley de «subversión económica» en el Senado, Alfonsín expuso ante varios amigos que no necesariamente comulgan en su diagnóstico sobre el país, la intención de dejar la banca senatorial que ocupó desde el 10 de diciembre del año pasado. Enrique Nosiglia, Mario Losada y Chrystian Colombo estuvieron entre los primeros testigos de esa meditación: «Creo que no habrá acuerdo con el Fondo y que si lo hay será muy mezquino, inservible. El gobierno va a tener que cumplir con los requisitos que le pidan pero no servirá de nada hacer ese esfuerzo. Hay que votar en contra porque lo contrario es pagar costos inútiles. Yo estoy pensando en dejar la banca.Ya a esta altura creo que fue un error aceptarla». Los invitados de don Raúl se opusieron en vano a esa tesis pero captaron que la resolución estaba tomada. El mismo Alfonsín comenzó a padecer su propia contradicción: un mes antes había visitado a Duhalde para pedirle que hiciera todos los sacrificios posibles para acordar con el Fondo «porque si no acá va a profundizarse la crisis y eso va a ser gravísimo para las instituciones».
• El tratamiento de la ley de «subversión económica» lo confirmó en su presunción. Mantener el acuerdo y, a la vez, la unidad del bloque radical, sería una empresa imposible. Sostener a Duhalde lo pondría a él mismo en el lugar de Amanda Isidori, la rionegrina que abandonó el recinto para permitir la derogación de la norma, según lo exigía el Fondo Monetario Internacional. Esta impresión se confirmó pronto: Rodolfo Terragno, junto al pampeano Juan Carlos Passo, hizo rancho aparte y comenzó a criticar a la bancada que preside Carlos Maestro. Los senadores por Jujuy hicieron lo mismo. Alfonsín entendió, con buena lógica, que eran movimientos en su contra. Es obvio que el jefe del bloque era él en razón de su dimensión política.
• El segundo movimiento que lo fue acercando a la renuncia se produjo este fin de semana. Terragno fue invitado a Villa Gesell para participar de un encuentro organizado por Federico Storani. Sería el lanzamiento de la candidatura presidencial del ex jefe de Gabinete de Fernando de la Rúa en el territorio de Alfonsín. La conducta de Storani no sorprendió a nadie ya que él suele bajar de los barcos cuando comienzan las dificultades. Ultimamente vive en la escalera, en un viaje infinito hacia abajo. En rigor, fueron Storani y Leopoldo Moreau los que anudaron el acuerdo con Duhalde para presionar a Fernando de la Rúa en favor de devaluar la moneda. Ellos mantenían un viejo pacto bonaerense, con sede en la Legislatura provincial y en la Universidad de La Plata (auditora del Fondo del Conurbano), entre otros lugares. En diciembre lo hicieron extensivo a Alfonsín y a Terragno, como recuerda en estos días el ex presidente: «A mí el arreglo me lo trajeron hecho». En el caso de Terragno su participación fue más que activa: reunido con Duhalde, Jorge Remes, Roberto Frenkel y el candidato a director del Banco Central Alberto Camarasa, fue uno de los que aconsejaron al gobierno la devaluación bajo la forma de una canasta de monedas. Todo terminó en desastre y ellos tienen una excusa: «No nos entendieron», dicen ahora de esa experiencia de cogobierno.
• Sin embargo, una vez que los resultados de la política de Duhalde se mostraron penosos, Storani y Terragno comenzaron la «autocrítica», que para ellos es siempre la crítica de otros. Es lo que se expresó en la reunión de Gesell del fin de semana, donde también apareció Jesús Rodríguez, otro de los defensores a ultranza de la política del gobierno duhaldista en la Cámara de Diputados. Alfonsín se sintió, una vez más en su vida, víctima del giro de este sector del partido, que había armado un bloque para denunciarlo en el Senado cada vez que votara una ley según las exigencias de la crisis o del gobierno que ellos ayudaron a instalar en la asamblea legislativa del 1 de enero. Como con el pacto de Olivos, otra vez Storani -junto a Rodríguez, Moreau y Terragno-lo corría por izquierda, algo que él nunca soportó: por eso renunció a la banca.
• La partida de Alfonsín de la banca es tal vez la última señal de vida de la alianza bonaerense sellada de manera más o menos tácita desde antes de las elecciones del 14 de octubre del año pasado, cuando el líder de Chascomús comenzó a predicar la necesidad de un gobierno de «unidad nacional» capaz de sacar a Domingo Cavallo del poder y, si fuera necesario, a Fernando de la Rúa, para salir de la convertibilidad. De ese pacto sólo queda hoy una supervivencia: algún llamado telefónico de Leopoldo Moreau a José Pampuro, más o menos espaciado. Pero Moreau habla poco, tal vez afectado por algún virus en la garganta del tipo que atacó a Rodolfo Daer durante buena parte de la presidencia de Carlos Menem.
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