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Estas asociaciones, de cuyos porcentuales accionarios propios no hace mención el autor, pueden ser un logro suyo, pero también son un demérito de país, porque demuestran lo complicado que somos, la falta de reglas estables que tenemos, la inseguridad jurídica que mostramos, los retorcidos caminos sindicales y las engorrosas tramitaciones oficiales que obligan al extranjero a asentarse, por conveniencia o no, con representantes criollos conocedores de nuestra particular idiosincrasia. Aun en los momentos más atractivos para invertir, el capital extranjero necesitó de los Macri y de muchos más similares a él, aunque no en su nivel, para poder desenvolverse. Así lo cuenta en el libro Franco Macri -durante bastante tiempo, acompañado de su hermano Tonino y luego de algunos de sus hijos-.
No fue creador de algún monstruo empresario de un mismo ramo, como Pérez Companc en petróleo y banca, los Rocca con Techint, Alfredo Fortabat y viuda Amalita con Loma Negra. Lo suyo fue entrar, hacer y salir de múltiples emprendimientos. Por eso el libro no es para inspirar entrepreneur que de la nada puedan hacen un gigante. Hay enumeración de operaciones que hacen al orgullo del autor del libro, pero son enumeraciones con pocos detalles. De ahí surge que Macri es un innato relacionista para negocios, algo más típico de la Argentina que de otros países.
Como lectura, la parte inicial de la obra es interesante y enseña historia económica realista. Sorprende que en 1949, cuando él vino de Italia, entró a trabajar a una empresa constructora donde crea hasta un sistema de contabilidad. Pero lo curioso es que se llevaba un camión al puerto de Buenos Aires para apresurarse a tomar como trabajadores a los inmigrantes apenas descendían de los barcos y antes que los tomaran otros. Es como el desempleo cero, un ideal. Tanto era el dinero en obra pública que hacía aquel primer gobierno de Juan Perón (1946-1952) que lograba ese alto grado de actividad que estalla en crisis en 1952. Pero el libro no entra en la profundidad, como haría un economista -raza intelectual que a Macri no agrada englobándolos en «técnicos»-. Perón podía gastar el inmenso dinero acumulado por otros gobiernos anteriores en la Segunda Guerra Mundial, alimentando a Europa y sin poder importar casi nada porque la industria en esos países se dedicaba al esfuerzo bélico, no al confort. Perón, a decir verdad, debió emplear muchos menos fondos públicos en construcción y más en asentar las bases de una verdadera futura industrialización consistente.
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