Primero fue el movimiento. Y llovió. Luego, el partido. Y vino el aguacero. Pasado por agua, entonces, al oficialismo de la Casa Rosada sólo le quedó, como oferta de temporada, colocar un stock de remeras, todas del mismo talle y color, en futuros legisladores para las escalonadas elecciones que se vienen. Así, en menos de 45 días abortó dos ideas triunfalistas: el Movimiento para la Victoria y el Partido para la Victoria. Hubo despegue y aterrizaje forzoso del proyecto político de Néstor Kirchner, una empresa de ocupación napoleónica, más virtual que concreta, ya que para apropiarse de Europa el corso empezó por invadir Italia.
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Sin tropas, al patagónico se le ocurrió poseer la integridad física del país y ni siquiera pudo superar el trance electoral de Tierra del Fuego, menos encontrar un resquicio personal para desmontar el poder cordobés de José Manuel de la Sota y, sin combatir, hasta debió hocicar en la interna rionegrina con un impresentable, para su gusto, como Carlos Soria. Si no podía con esto, menos iba a lograr con emprendimientos más vastos: sacar de pista a Carlos Reutemann, dividirle el territorio a Eduardo Duhalde, confrontar con Mauricio Macri (aunque esta batalla todavía perdura). Así empezó a derrumbarse el proyecto por suponer que el respaldo en las encuestas, esa intangibilidad (cualquiera sea el porcentaje), suponía poseer el don de la bendición. Distracción gravosa: a una la concede presuntamente el Cielo, la de los sondeos es apenas un impulso veleidoso y humano, menos significante cuando lo preside un ciudadano común con mayores responsabilidades.
Si naufragó en días el inicial sueño de los 8 años y el propósito de participar en todos los frentes por imponer una nueva cultura -que significaba enterrar rivales probables de 2007-, también duró poco el método dentro del Partido Justicialista. Es que la transversalidad, el corte para imponer favoritos sobre réprobos -malhadada versión impuesta por Carlos Chacho Alvarez- no devino en movimiento (como ya fracasó Raúl Alfonsín, en pleno apogeo, con su paraguas benéfico) y, entre los peronistas con poder, supuso la amenaza de desalojo. De ahí que hasta propios y escriturados como Eduardo Fellner (Jujuy) se desalinearan, por no hablar de otros más autónomos, como Rubén Marín en La Pampa) y Reutemann en Santa Fe, con los que hubo que celebrar armisticios. Además se advirtió que el virus Kirchner, por mejor relación que se invocara con el club bonaerense, no lograba arrancar de Duhalde ni el símbolo de un legislador con sello rosado. Eran datos suficientes para los anticuerpos partidarios que se congregaron en la junta de gobernadores, menos dóciles que en otras épocas (sus necesidades de caja, a pesar de la crisis, tampoco son tan urgentes: viven hoy igual que Roberto Lavagna frente al FMI). Y este núcleo partidario se expresó: hay que apoyar a todos los candidatos justicialistas, nada de sostener ajenos. Léase: una rebelión o advertencia contra el proyecto hegemónico, según los críticos, y solamente abarcativo según los seguidores. Transmitían los gobernadores la impresión de que ciertos profesionales, metafóricamente hablando, siempre acostumbrados a planificar asaltos a bancos, desdeñan la práctica del arrebato, propia de los descuidistas que operan a la salida de las canchas de fútbol. Se puede estar en un mismo gremio, pero no todas las actividades son iguales.
• Empezar de nuevo
Y Kirchner, al margen de amarguras y decepciones, debe empezar de vuelta. A remar otra vez, ya que pasó sin darse cuenta de la ofensiva a protegerse sólo en dos baluartes: sus refugios en Capital (con Aníbal Ibarra) y Misiones (con Carlos Rovira). Tampoco en esos lugares, si le va bien, dispondrá de un partido propio. Peor sería, claro, si no quedara ningún representante en Kamchatka (por citar una vieja expresión del TEG), si no compartiera ganancias en ningún sitio. Ya debe saber que cometió un error de concepto: el desarrollo del pensamiento, si lo hay, requiere tiempo. No todo es acción, como ha explicado sin demasiada novedad pero con recurrencia el teórico italiano Toni Negri, biblia obligada -si es cierto que se lee en el oficialismo- para los amantes de cambios radicales, de ciertas socializaciones no violentas pero tampoco pacíficas. Casi un catequismo no global para la tercera vía de Kirchner, al menos la esbozada en los primeros días de gestión.
• Ejercicio
Lo cierto es que ahora, luego de haber dilapidado energía y tiempo con punteros provinciales, el Presidente se refugió en los bastiones porteño y misionero como un ejercicio. Ya no lo explica en términos políticos -como lo hizo en su almuerzo con Duhalde- sino deportivos. O, en todo caso, para una afición tan infrecuente en los peronistas: la lealtad. Devolver la confianza a quienes lo sostuvieron en momentos difíciles (Rovira, Ibarra), más que enfrentar a rivales personales como Puerta o Macri (aunque, con este último mantiene más distancia: lo supone en las antípodas y le desagrada su acceso al poder por una ventana que no sea la actividad política). Aunque esos status de regulada competencia, en política, se consiente en las cúpulas pero luego no se extiende a las formaciones. ¿O los bandos opuestos circularán sin chocarse como si fuera la 9 de Julio? Aun así, Kirchner enfrenta el nuevo proceso: a la buena de Dios en el resto de las provincias y con entusiasmo competitivo en los otros dos distritos. No luchando ya como si fuera la única copa, sino a sabiendas de que se trata de uno de los campeonatos del año.
Se verá en esta actitud un retroceso si se la compara con el proyecto inicial del Movimiento para la Victoria. Para la sociedad, sin embargo, este aprendizaje negativo es válido: sólo consumió 45 días de gobierno. Y al peronismo la experiencia también le sirve: en ese tiempo empezó a conocer a su referente en la Rosada, ya lo vio desnudo y, además, le marcó el territorio. Como en la selva.
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