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27 de junio 2002 - 00:00

Encuestas motivaron la orden de reprimir

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No sólo eran previsibles los episodios de ayer por la lógica de la violencia, tan expresada oralmente por los distintos movimientos piqueteros («vamos a invadir countries, no sabemos hasta dónde podemos parar a la gente que quiere quemar todo», etc.), sino por hechos más recientes vinculados a la política, a la relación entre el propio gobierno y algunos de estos grupos de protesta.Y a un universo de reparto de fondos que no es ajeno a los muertos. No resultaba casual por lo tanto que, ayer, luego de los trágicos incidentes, en Olivos se discutieran responsabilidades y estrategias, también la posibilidad de censurar a algún funcionario.

Hasta hace poco, como es público, los piqueteros -fundamentalmente los de Luis D'Elía, hombre que cabalgó en La Matanza entre el peronismo y el Frepaso según los tiempos-mantenían una amistosa relación con Eduardo Duhalde y no sólo porque éste expresara en su momento que, «de no ser Presidente, sería piquetero». Fueron muchos los favores oficiales al punto de que en más de una ocasión D'Elía se aprovechó de los salones prestados de la Casa Rosada, lanzar sus proclamas y, de paso, hasta insultar a algún adversario transitorio del Ejecutivo (Carlos Reutemann, como ejemplo). Ayer, por ejemplo, fue protagonista por su ausencia. Tanto vínculo provenía de un trato especial de Aníbal Fernández, ministro en su momento de Carlos Ruckauf en Buenos Aires y hoy secretario general de la Presidencia, con los piqueteros: fue el sensible que en la provincia calmó las revueltas concediendo planes Trabajar u otro tipo de asistencias a estos grupos que, en respuesta a esas gentilezas, eran duros con Fernando de la Rúa pero evitaban disturbios en el distrito bonaerense. Hay que admitir que el costo, en términos globales, fue inferior al que demandaban otros planes sociales y que no sólo abarcaban a las tendencias populistas de D'Elía (hoy bajo la tutela de Víctor De Gennaro), sino también a otras líneas más de izquierda.



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