De poco sirvió el largo desayuno que compartió con Adalberto Rodríguez Giavarini el viernes y para el que convocó especialmente a Juan Sourrouille, Raúl Alconada Sempé y Mario Brodersohn (conocido en su hogar como «el escapista»). Raúl Alfonsín puso a sus anfitriones brasileños en la obligación de corregirlo antes de que sus opiniones trascendieran en un mercado hipersensible con el comportamiento de los gobiernos de países emergentes. El ex presidente manifestó en un seminario que se realizó en Brasilia que Brasil y la Argentina deberían realizar una gestión conjunta para la reducción de la deuda pública. Pedro Malan, el ministro de Hacienda de Fernando Henrique Cardoso, pidió adelantar su exposición en el mismo foro para aclarar que no tiene la menor simpatía con la propuesta de Alfonsín.
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El jefe radical cometió el primer extravío como senador electo, en un escenario internacional. Giavarini se lo había advertido aquella mañana: «En este tema, Raúl, caminamos en puntas de pie y, además, debemos ser muy precisos». El canciller ilustró a Alfonsín sobre la necesidad de que la Argentina y Brasil hagan una presentación internacional de sus esfuerzos fiscales de manera conjunta, de tal manera de interesar a George W. Bush no sólo en algún tipo de ayuda financiera (que en el caso brasileño no tiene que ver necesariamente con la recompra de deuda), sino también en una negociación ventajosa de la apertura comercial según el formato «4+1» (Mercosur más Estados Unidos).
Si al ministro de Relaciones Exteriores le interesaba tanto que Alfonsín no cometiera errores en la exposición de la iniciativa es porque conoce bien la reticencia de Malan para aceptarla. El ministro de Cardoso es un ortodoxo, más cercano a un Roque Fernández que a un Domingo Cavallo. Por eso está muy temeroso de que la propuesta de una negociación política sobre las necesidades de apertura comercial, inversión y financiamiento se convierta en la pretensión de formar un club de deudores de los que en la década del '80 seducían a hombres como Alan García o el propio Alfonsín. Por eso las palabras de Alfonsín funcionaron como una llamarada que había que sofocar rápidamente en Brasilia. Como se ve, otro problema de la verborragia y de cierta desorientación intelectual del ex presidente, cuyas participaciones en seminarios comienzan a generar cautela ya a escala regional.
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