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Alfonsín sigue siendo un caudillo de la campaña bonaerense, no en vano apodado «el Viejo Vizcacha»: su desvelo es que Elisa Carrió no lo acuse de «complaciente con la matriz corrupta del régimen mafioso» y le siga sacando radicales por abajo. Esto hizo que, otra vez, el jefe radical marcara el número de Eduardo Duhalde para quejarse por las contradicciones de la alianza a la que ambos se han entregado. Pero como don Raúl no deja jamás un flanco al descubierto, también se cuidó de tener un vínculo con el Fondo Monetario Inter-nacional, principal impulsor de la derogación de la ley en cuestión.
El abogado penalista que representó al Fondo en la negociación del articulado es nada menos que Ricardo Gil Lavedra, acaso el más estrecho colaborador de Alfonsín en materia jurídica. En la Asociación de Bancos, la aparición de Gil Lavedra como vocero de Sean Hagan -director de «legales» del FMI-, ayer, llamó a sorpresa. A tal punto, que el titular de una entidad extranjera consultó con uno de sus contactos en Washington, con oficina vecina a la de Anne Krueger: «¿Ustedes eligieron a Gil Lavedra? ¿Saben que es hombre de Alfonsín, uno de los máximos defensores para que la ley siga como está?». Del otro lado, el funcionario dijo con aplomo y cierta picardía: «Sabemos todo, también sabemos que es un buen penalista». La palabra de Mario «el escapista» Brodersohn jamás cae en saco roto cuando el discípulo es don Raúl: «Agarrémonos a trompadas con todos menos con los bancos», suele predicar el socio de José María Dagnino Pastore y principal asesor del ex mandatario en materia económica.
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