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20 de agosto 2008 - 00:00

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Hasta los espíritus más generosos se resisten a asimilar la devoción de los políticos por distraerse de las emergencias. Se incluye el gobierno, claro. En los últimos 6 días, la Presidente viajó a Paraguay, luego se instaló en El Calafate, no estuvo ayer en la Casa Rosada -asistió a un acto proselitista y anunció desde Olivos la pensión para las viudas gays del mismo sexo- y hoy viajará a Mar del Plata para cambiarle el nombre al aeropuerto o al hall del aeropuerto (de brigadier Bartolomé de la Colina al músico Astor Piazzolla). Repentina decisión dispuesta por el Ministerio de Defensa, a las apuradas en el sentido más castizo del significado, en la línea de bajar los cuadros de ciertos militares que determinó Néstor Kirchner. O para desviar seguramente otras expectativas más concretas.

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Como si fuera una orden, ayer se ocultó el tema INDEC, también la suerte de Guillermo Moreno, la estabilidad de Carlos Fernández, el paro y marcha del agro, la enfangada estatización de Aerolíneas Argentinas y hasta el enfrentamiento con la Iglesia. Ni siquiera quienes promovían atención a estas cuestiones -y refacciones mínimas, como el jefe de Gabinete Sergio Massa, Agustín Rossi o Nilda Garré- se apiadaron de sí mismos: seguirán en sus cargos sin que nada cambie, sin que nadie cambie, ni ellos mismos que pedían los cambios, tal vez con el argumento de que una reiterada conspiración se anida en ciertos sectores de la población. El complot de los que entienden que las estadísticas oficiales, por ejemplo, son una burla al ciudadano común.

Hoy, entonces, habrá dedicación al gran tema del cambio de nombre -éstos, tal vez, sean los únicos cambios que habrá que esperar- de un aeropuerto privado por decisión estatal, el homenaje a un notable músico nacido en Mar del Plata (Piazzolla, aunque él prefería vivir en Punta del Este) y, en simultáneo, la supresión del nombre de un brigadier que creó la Fuerza Aérea en tiempos golpistas, 1944, cuando Juan Perón era vicepresidente de ese régimen. Adiós Nonino por quien fundó una aviación de bandera, con sueño de industria nacional. De seguir en estos rebautismos, casi contradictorios con su propio pensamiento, ¿también cambiará este gobierno cualquier alusión al general Mosconi? Seguramente, éste algo también habrá hecho. La modificación -además- se realiza con el disgusto de la CGT marplatense, bien ligada a Hugo Moyano: el sindicalismo siempre se opuso (ya que entronizar a Piazzolla ya figuraba en los proyectos municipales) a enterrar figuras que estuvieron cerca de Perón.

Otro cambio que apunta a modificar la vida de los argentinos, por lo menos en la urgente mentalidad de los políticos, es el traslado de los restos del general José de San Martín de la Catedral a una tumba en la Recoleta (con la excusa de construir, además, un mausoleo más apropiado, tal vez de inspiración napoleónica). El pergeño corresponde a un diputado socialista -hoy destacado en Pekín, en las Olimpíadas,donde se presume que existen notables actividades parlamentarias-, y pretende, además, despojar al catolicismo del dominio del féretro del Libertador, lo que podría ser atendible ya que facilitaría la visita a los practicantes de otros cultos.

Logró el legislador Roy Cortina, antes de su viaje olímpico, que la prensa se detuviera en la iniciativa, protagonizó explicaciones progresistas con interlocutores del mismo sector. En ningún momento, sin embargo, se reparó en un detalle vinculado a la ubicación del ataúd en la Catedral: como en su momento la construcción no contempló las medidas del cajón (a pesar de que San Martín no era demasiado alto), al traer sus restos de Francia se depositaron en forma inclinada, no reposa horizontalmente. Hubo teorías de que la propia Iglesia -a la que se le impuso el entierro y sin demasiado entusiasmo en aquellos tiempos por albergar al militar en su Catedral- dispuso de ese procedimiento ingenieril como forma de protesta: nunca descansaría en paz quien había sido miembro de la Masonería.

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