2 de agosto 2001 - 00:00

Inoportuno, Alfonsín hizo más daño al pedir otro gabinete

Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa
Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa
La pareja está en su mejor momento sexual cuando suena el timbre: es Raúl Alfonsín. Después de cenar y luego que la señora de la casa lavó los platos, llega Alfonsín de visita y dice: «Vine a comer». Las dos causas definen al ex presidente: siempre inoportuno, al margen de otras opiniones que pueden ser más descalificantes. En política, en los últimos años, sólo se destacó por hacer declaraciones cuando era menos conveniente. Algo semejante ocurre ahora: para ayudar a Fernando de la Rúa, según él, en el momento de la crisis y la imposición del déficit cero, él se lanza a una campaña de publicidad propia demandando la necesidad de un gobierno de coalición.

Inoportuna su llamada cuando el gobierno trata de mostrar fortaleza en sus actos. Mucho más cuando, como asociado en la propuesta, Alfonsín ha elegido a Eduardo Duhalde, otro embarcado en la teoría de la coalición (incluso, hasta no rechazaría incorporarse a la administración). O sea, ambos planean un pacto amoroso para no castigarse en la lucha electoral en la provincia -ambos compiten por el Senado-y, de paso, generosos le ofrecen una ayuda al gobierno. ¿Pueden entender los mercados, bancos, inversores y ahorristas que el aporte de este dúo realmente constituye una ayuda?
  
  
• El ex presidente se internó en las últimas 48 horas en su oficina del Comité Nacional (usa el área presidencial en la Casa Rosada cuando Mario Losada reemplaza en viajes a De la Rúa y lo deja acomodarse en esas estancias) para redondear el mensaje que repite desde hace años: todos juntos en un gobierno de coalición que elimine las peleas. Una especie de PRI sin excluidos, salvo los obvios. En este caso Domingo Cavallo, sobre cuya suerte Alfonsín tiene un diagnóstico terminal.

• La quimera es ahora un gabinete con peronistas y sindicalistas que expulse a los cavallistas y enfrente a los mercados desde un piquete de políticos. Al son de «¡Aguante la política!» (lema de una nota de ayer en «Clarín»), el ex presidente despierta sonrisas incitando a De la Rúa a que llame como ministros, por caso, a los Daer o Moyano, que adhieren al piqueterismo, o a un Ruckauf o un Duhalde, que medran desde hace rato con el deshilachamiento sin fin del gobierno aliancista.

En el fondo de las fantasías -porque es menos defendible en los pasillos del oficialismo, al que se debe Alfonsín como presidente de la UCR- está el sueño de sacar alguna vez de las canchas de tenis del Club de Amigos a Chacho Alvarez, o a Elisa Carrió de alguna caja de documentación bancaria. Naturalmente, Alfonsín piensa en otro gobierno, para cuyo alumbramiento necesita que éste se vaya. ¿Cómo no van a crear incertidumbre sus palabras?

¿Por qué es inoportuno que el ex presidente ofrezca desde su casa este proyecto, lo mismo que de afuera le reclaman los mercados al gobierno? Porque ignora con cierto cinismo que De la Rúa ya cree estar actuando desde un gobierno de unidad -radicales, frepasistas, cavallistas, peronistas como Caro Figueroa y Bullrich- en respuesta a ese pedido.

• Alfonsín, que ve humo en la casa de sus vecinos, dice: «Tengo otra alianza, tengo otra unidad que le permitirá al Presidente la fortaleza que la alianza con la que gobierna no le da».


Desde que dejó la gestión en 1989, Alfonsín desarrolló un estilo de hacer política para reconstruir el germen del fenómeno que lo llevó a la presidencia en 1983: convertirse en el eje de todas las expectativas.


• Su regreso a la escena, después de dejar la presidencia de la Nación, lo construyó con el mismo afán: sentarse a hablar con sindicalistas que lo habían atizados a paros, con una izquierda que lo repudió por las leyes de punto final, con un peronismo al que llegó a calificar como lo más corrupto de la historia. Alentaba -como hace hoy- armar un foro de emergencia que actuara como bombero en un incendio.

Cuando en la reforma de 1994 logró crear la figura del jefe de Gabinete -a medio camino entre la presidencia y un primer ministro a la europea-, ese método encontró la herramienta. Alfonsín justificó su nacimiento con la idea de que ese ministro coordinador debía actuar como fusible del sistema frente a una emergencia y evitar así que una crisis como la que él vivió en 1989 -o De la Rúa hoy- termine desplazando a un mandatario.

Despegar así al presidente de su gestión pondría a toda la primera división de la política argentina en el banco de ser, en cualquier momento, jefe de Gabinete de cualquier gobierno.


¿Por qué él no podría serlo de un Carlos Menem?, llegó a soñar ante algunos aprietos de su sucesor. ¿Por qué no serlo también ahora de un De la Rúa?


El empujón que le dio a esta idea es un armado con chatarra política de oportunidad:


• Cavallo actuó como un primer ministro de Menem y Alfonsín ve que, si le llega a ir bien, vuelva a serlo de De la Rúa. La hondura de la crisis y la actuación de Chrystian Colombo como bombero calificado se lo han evitado hasta ahora. La razón por la que sigue manteniendo charlas, casi diarias, con el jefe de los ministros no sólo es su vieja amistad; se cree forzado a sostener su gravitación para que Cavallo no se convierta en el verdadero cacique del gabinete.

• El titular de Economía le ha dado razones para tal prevención. Desde que asumió, le imprimió a su gestión el carácter de una permanente ronda de consultas para acumular poder. Era el hombre que había competido con De la Rúa en las elecciones de 1999 y sacado 10% de los votos. Ahora debía recomponer alguna legitimidad para compensar la que había perdido el radical al llamarlo. Por eso Cavallo pidió los llamados «superpoderes» al Congreso y también por eso, en la última ley (déficit cero), logra hasta que sus medidas no puedan ser volteadas por amparos judiciales. Se dice es la «gran Liendo» que consigue para saciar su rencor con los magistrados y la Justicia.


• Alfonsín se siente definitivamente apartado de la alianza De la Rúa-Cavallo. Por esa razón se montó en una semana a la movida de sus socios y a la vez adversarios en su territorio (Bs. As.) para reflotar la vieja sociedad de convivencia con el peronismo. Su llamado al gabinete de unidad nacional -viejísima bandera- lo empapa ahora con los acuerdos que cerraron Federico Storani con Carlos Ruckauf y Leopoldo Moreau con Eduardo Duhalde.

• En sucesivas reuniones los caciques del peronismo provincial lograron el apoyo de la Legislatura, que dominan los radicales, para los ajustes en el Presupuesto. Especialmente la transferencia de la deuda «incobrable» del Banco Provincia a la Tesorería de Jorge Sarghini, como una manera de salvar a la entidad de otro trance.

• A cambio de esos apoyos, el PJ del bloque de diputados nacionales permitió el tratamiento de la Ley del Déficit Cero en esa cámara. El acuerdo se trizó en el Senado -la colaboración bonaerense hacía menos falta con tanto peronista de otras provincias dispuesto a habilitar esa sanción- cuando el legislador Jorge Villaverde se ausentó y Antonio Cafiero se negó a irse del recinto y votó por el No pese a un llamado de madrugada que le hizo Duhalde desde Marbella.

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