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7 de mayo 2004 - 00:00

Jugó Kirchner: irán a Haití 420 soldados

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Además del personal militar, la Armada enviará a Haití dos buques, uno sanitario y otro con provisiones. La fuerza multinacional comenzará a operar en Haití a partir del 1 de junio próximo y participarán de ella 8.000 efectivos. Tendrá como objetivo la restitución de la paz en el país caribeño, convulsionado por la insurgencia desde que manifestaciones rebeldes expulsaron al presidente Jean Bertrand Aristide en febrero de este año.

Kirchner aprobó la participación argentina en esta operación sobre la base de varios criterios, tal como publicó este diario ayer:

• El factor decisivo para que el Presidente optara por integrar con tropas la fuerza aprobada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas fue la sensibilidad de los Estados Unidos frente a esta operación. Con distinto tono y a través de canales variados, el gobierno de George W. Bush dejó claro a los funcionarios locales que la actitud que se adoptara frente a la crisis haitiana sería un test definitivo para la relación Washington-Buenos Aires. Roberto Lavagna fue el principal receptor de este condicionamiento, ya que entendió temprano que si la Argentina se mostraba indiferente en este caso no podría seguir recurriendo a la abogacía del Tesoro de los Estados Unidos para cada negociación con el Fondo Monetario Internacional, como vino haciendo hasta ahora. A la variable económica tal vez haya que imputarle la mayor gravitación en la resolución de ayer.

• Un segundo criterio que pesó en la decisión del Presidente, según comentaban ayer en Washington algunos de sus colaboradores inmediatos, tuvo que ver con el perfil que pretende darle a su política exterior. Desde el punto de vista de los indicadores para una acción « políticamente correcta», la integración de esta fuerza de paz es inobjetable. No sólo fue convocada por las Naciones Unidas, también mereció la aprobación unánime de su Consejo de Seguridad. Por si faltaba algo para quitarle escapatoria al gobierno argentino, el sistema internacional confió el comando militar al Brasil de Lula, que ayer definió el nombre del oficial que estará al frente de la fuerza. Es el jefe del Centro de Comunicación Social del ejército brasileño, el general Ribeiro Pereira. En definitiva: la intervención haitiana será propuesta como la contracara de la que llevó adelante Estados Unidos en Irak, un ejemplo de multilateralismo práctico. La negativa a sumarse significaría para Kirchner dejar a su gobierno fuera del mapa internacional. Dicho en otros términos: sería muy difícil explicar por qué la prescindencia en la operación caribeña hubiera significado «dejar las convicciones en la puerta de la Casa Rosada». Sobre todo si no se quiere ofender a Brasil.

• Una tercera razón para mover la mano del Presidente en favor de esta medida tiene que ver con sus relaciones con los militares. Después de «bendinizar» al Ejército con el «descuelgue» de cuadros y de agredir a la Armada con la «toma de la ESMA» -de la que se declaró arrepentido-, la operación Haití le permitirá al gobierno volver a un centro más moderado y dar una señal acerca de que el rol que les cabe a los soldados bajo su gobierno no es solamente el de ser víctimas de escarnio. La participación en misiones internacionales fue uno de los cometidos más festejados por las Fuerzas Armadas durante los años '90. En especial desde que, subordinados al poder civil por el avance democrático y desprovistos de hipótesis de conflicto regionales, los militares comenzaron a ver su misión profesional como una nebulosa.

A partir de la decisión adoptada ayer, Kirchner se preocupará por preparar el terreno para el debate parlamentario del envío de soldados. Una de las razones por las que el Presidente dudó hasta ayer antes de tomar la resolución fue, precisamente, el temor a que la izquierda legislativa lo acorrale en una pose antipática. Sus asesores más extremistas insistieron hasta la semana pasada en que sólo deberían mandarse uniformados si la operación sobre Haití se daba en el marco del Capítulo VI de la Carta de Naciones Unidas, que regula las intervenciones de mediación, que casi no se realizan más en el mundo. Los soldados que se llevarán al Caribe irán en el contexto del Capítulo VII, es decir, formando una fuerza de mantenimiento de la paz con capacidad ofensiva. «Tenemos miedo a que nos devuelvan algún cadáver y eso nos detuvo», se confesó ayer un funcionario de la intimidad del Presidente delante de este diario. Admitió, sin embargo, que ese desenlace se vuelve más probable cuando los soldados que intervienen no pueden disparar una bala ni para defenderse.



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