Siguieron ayer las intensas reuniones entre Roberto Lavagna, Alfonso Prat-Gay y los técnicos del Fondo Monetario. El presidente Kirchner se mantuvo informado al momento del estado de las negociaciones e incluso almorzó con Roberto Lavagna. En la decisión de firmar o no, el gobierno toma en cuenta su impacto en las elecciones, puntualmente, el ballottage en la Ciudad de Buenos Aires en 9 días. El tema tarifas sigue sin solución. Tampoco hay acuerdo en las proyecciones fiscales para 2005 y 2006 cuando Néstor Kirchner debería incrementar el superávit para poder pagarles a los ahorristas los BODEN.
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A estas alturas de las discusiones, en la postura de Kirchner no hay solamente una estrategia de transacción con el Fondo. Tampoco se reduce todo a un plan por el cual no se quieren aceptar condiciones demasiado exigentes que terminen por asfixiar las señales de reactivación de la economía. En la mesa de arena del gobierno hay, además, un factor más urgente y condicionante, aunque no aparezca en la imaginación de los técnicos del organismo internacional: las elecciones de la Ciudad de Buenos Aires, en las que el gobierno ató su suerte a la de Aníbal Ibarra. En el entorno de Kirchner comenzó a ganar espacio la idea de que una postura intransigente frente a la institución que comanda Horst Köhler sería capaz de acentuar los rasgos de un dirigente que «se enfrenta a los poderosos» y «mantiene una actitud digna» delante de los que, otrora, recomendaron políticas que llevaron al colapso al país, como sostiene la tesis que más agrada al mandatario.
Sería un error suponer que el Presidente piensa en no pagar sólo para sumar puntos de duro frente al electorado porteño, al que se le reclama el voto en favor de Ibarra para el domingo siguiente a ese default. En rigor, Kirchner mantiene una postura sinceramente rígida en las tres materias centrales de discusión: el nivel de superávit primario que se le reclama al Tesoro, el ajuste tarifario de los servicios públicos y la compensación a los bancos por la pesificación asimétrica («no quise ser jefe de Gabinete de Eduardo Duhalde porque no toleraba esa medida ni la forma en que se devaluó, así que ahora no pidan que me haga cargo de pagar el costo del disparate», dice en los pocos momentos en que se relaja).
Calcula, mientras tensa la cuerda, que, si paga el martes que viene, el Fondo llevará adelante una negociación sin término, prolongada e igualmente exigente. En cambio, si no paga, serán los funcionarios de Washington quienes querrán apresurar un acuerdo, aun cediendo en alguna cláusula. Así razonan los funcionarios que intervienen en las discusiones: «Al Fondo no le será tan fácil explicar por qué no acordó con un país que es el que más crece en la región (es cierto que es el que viene del derrumbe) y que cumplió en exceso todas las metas que se le habían planteado». A diferencia de lo que sucede con el Banco Mundial o con el Banco Interamericano de Desarrollo, el default con el Fondo no tiene efectos inmediatos, y esto facilita la hipótesis del incumplimiento: no existen planes sociales ni de infraestructura cuyo financiamiento se interrumpiría si se dejara de pagar. Los efectos son de mediano y largo plazo y se expresan en el aislamiento de la red financiera internacional (ayer, este diario publicó en la página 2 un análisis comparado de los países que en algún momento de su historia tomaron la decisión de romper con el organismo multilateral).
De todos modos, lo que se estudia hoy en el Ministerio de Economía y en la Casa Rosada no es una estrategia de largo plazo que suponga desconectar a la Argentina del Fondo. Sólo se evalúa la posibilidad de no pagar el próximo martes como paso táctico de una negociación que se pretende exitosa, es decir, con el desenlace de un acuerdo que se celebraría un poco más tarde. Es aquí donde la foto del incumplimiento, incluida en el tramo final de la campaña electoral porteña, cobra sentido político para el centro de decisiones oficial.
Las encuestas de opinión pública, que hipnotizan al Presidente y a su entorno inmediato, señalan desde hace tiempo que para buena parte de la clase media urbana (que en la Ciudad de Buenos Aires es mayoritaria) la relación con las sedes del poder internacional trajo más males que beneficios en los años '90. Es éste el supuesto que Kirchner quiere abonar con su actitud y lo que explica que, al menos hasta ayer, los hombres más decisivos de su administración apostaran a que el martes, por un momento, la Argentina entrará en default con el Fondo.
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