El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Letra y música presidencial interpretada con golpes en el pecho de arrepentimiento por el brigadier supremo, desdiciéndose de lo que había dicho en Córdoba, ni más ni menos que la doctrina de uno de sus antecesores en el cargo, Juan Paulik (1995), y con más precisión repitiendo lo que en alguna forma había pronunciado el propio titular de Defensa, José Pampuro, quien sostuvo que en esa circunstancia él no estaba distraído para explicar el golpe del '76 (complicidades de la sociedad) y las brutalidades de la época no sólo causadas por los militares.
Pero fueron las palabras de Rohde, su elegido para comandar la Aeronáutica, las que sacaron de quicio a Kirchner como si lo hubieran traicionado. Primero envió a Aníbal Fernández para definir como «poco felices» las manifestaciones del aviador y, horas más tarde, con el mismo mensajero hizo aumentar la temperatura de su disgusto. No alcanzaba. Se venía más turbulencia para un brigadier sin dramamine en plena picada. A Pampuro, mientras, lo citó para el domingo a la mañana, encolerizado, no sólo porque Rohde había modificado la reciente autocrítica del almirante Jorge Godoy (casi una joya de apostasía castrense para el paladar kirchneriano) y planteaba una diferencia de opinión entre una fuerza y otra. Esas distinciones eran intolerables para un jefe castrense que, además, se molestó porque el episodio -como la discusión con el FMI-lo obligó a retornar de prisa de su terruño, Santa Cruz, cuando está aceptado que él necesita ese oxígeno sureño los fines de semana.
Empezó la negociación y los brigadieres, de 20 a 2 de la ma-ñana, se tomaron su tiempo para ensayar una disculpa pública de 20 líneas. Claro, son hombres de aire, no de pluma. Por fin se fueron a dormir y enviaron su legado escrito al ministro, quien obviamente lo derivó a la Casa Rosada. Tarea también obvia para la birome presidencial, la que se entretuvo cambiando oraciones, agregando adjetivos -casi una especialidad para diarios sensacionalistas de la tardey haciendo más mortificante la expiación de la Fuerza Aérea y su jefe, Rohde. Tarea de puño y letra mientras John Dodsworth discutía con Roberto Lavagna si la Argentina desembolsaba o no los 3.100 millones de dólares, como si estuviera ajeno a las minucias decisivas que pueden sellar la suerte de su gobierno.
El nuevo y breve texto presidencial no satisfizo a los brigadieres, pero mientras deliberaban sobre posibles enmiendas a gestionar, una picardía mediática hizo que varias agencias lo difundieran. Pasado el mediodía, Rohde y su Estado Mayor quedaron expuestos por un operativo de prensa, más o menos como hacía la mujer de Mao Tsé Tung, que corregía a sus funcionarios con retos públicos o carteles pegados en las pare-des y, más tarde, ellos quedaban en funciones luego de una sincera autoflagelación. (Ver texto final en pág. 12.)
No pasó de una demora, larga sin duda, el conciliábulo de los brigadieres con su jefe, mientras se repetía desde el Cóndor que la carta difundida no llevaba la firma de Rohde. Pero, finalmente, apareció la firma y, como todos los militares en los últimos años, él y su Estado Mayor se cuadraron ante la exigencia de la Casa Rosada. Como premio a esa aplicada disciplina, seguirá en su cargo. Se equivocaron quienes imaginaban una renuncia, fruto de la autoestima profesional y personal que se predicaba antes de la confesión, debido quizás a que quien llega a un máximo lugar no debería resignar lo que piensa. Aunque, claro, al tratarse de un profesional del aire y no de la pluma, lo importante es aterrizar el avión.
Dejá tu comentario