15 de junio 2004 - 00:00

Kirchner fuerza el silencio y exilio de Duhalde en Uruguay

Eduardo Duhalde
Eduardo Duhalde
La ética peronista supone que Duhalde y Kirchner crucen agravios en público, se ofendan y denuncien, pero uno conserve su sinecura en el Mercosur delegada por el Presidente y, el otro, lo mantenga en el cargo a su cuestionado delegado personal. Por mucho menos, Kirchner ya hubiera despedido a otro empleado público, como hizo en otras oportunidades; a su vez, lo de resignar un sueldo, viáticos y viajes, más otras ventajas complementarias, no figura en el decálogo de Duhalde. Gente de honor, casi una familia, que dice pelear por los intereses de la Nación o la provincia y, en rigor, no disimula el propósito de dominar las listas de candidatos en las provincias para las elecciones del año próximo, cuya fecha aún no se ha determinado y a las cuales el gobierno -luego de leer las últimas encuestas- planea adelantar para que no se le agote el combustible antes de cumplir su primera etapa. Y debido a la falta de acuerdo sobre la tajada a llevarse en esa distribución electoral -fundamental para quien aspira a reelegirse en 2007 y a otro que no olvida Olivos-, se incrementan los insultos, se habla de crisis, se descubre en plenitud la incorregible ética peronista.

Funcionarios como Kunkel o Parrilli se dedican hoy a retransmitir las breves órdenes de Kirchner para sitiar a Duhalde y, casi a los gritos -como remedando el trato que el jefe les brinda a ellos- proclaman el recetario contra el bonaerense:

• se debe retirar de la política (si no va con el kirchnerismo, claro) y debe callarse la boca (a menos que hable bien de Kirchner).

• No nos tiene que extorsionar (aprobar las leyes sin discusión) ni intervenir en la relación Kirchner-Solá ( dejarlo solo al gobernador frente a la trituradora de la Casa Rosada).

• Debe levantarle la mano a Cristina de Kirchner como senadora bonaerense (seguramente por el amor que ésta le dispensa a la esposa de Duhalde, Chiche) y, además, no permitir que la acompañen en la lista los « indeseables» (es decir, los más entrañables amigos del ahora embajador en el Mercosur). Además, queremos la mitad de los cargos (por supuesto, sin ir a internas, a dedazo puro).

• Si no acepta, que se vaya a jugar a las bochas (grave injuria para quien todavía juega al fútbol y al tenis) y se prepare porque le vamos «a mandar a la gente» (como si el oficialismo, incapaz hasta hoy de armar un acto mínimo, fuera capaz de movilizar multitudes como Juan Carlos Blumberg). Además, si no se alinea, vamos a organizar un partido paralelo al justicialismo en la provincia (como si esa tarea fuese automática, aunque cierta idea de cajero automático rige la política).

No se conoce la respuesta de Duhalde, quien desde hoy a las 11 se refugia en Montevideo. Decidió no hablar ni confrontar, aunque parece que ciertos puentes ya no se podrán reparar. Odia -ni hablar de los que lo rodean-a quienes entienden la política como la acción militar de la expropiación, de apoderarse por la fuerza de lo que no les corresponde, tan frecuente en el lenguaje y en la acción de los montoneros en la década del '70. Y en eso, se despierta y con cierta tardanza empieza a identificar al Presidente, deros de la violencia oral, nostálgicos usurpadores de otros tiempos, tipo Kunkel (al que, particularmente desprecia, porque nunca fue capaz de estructurar una organización política en el sur del conurbano a pesar de contar con la asistencia de ex colaboradores suyos, léase Carpinetti, y de cierta venia para no averiguar antecedentes).

• Se pregunta Duhalde de qué modo Cristina Kirchner podrá avanzar en la provincia, con un proyecto propio y sin su ayuda. No la imagina, ciertamente, haciendo campaña en los andurriales, más allá de que algún día la dama se puso zapatillas y jeans para conocer La Rosinha en Rio de Janeiro. Sabe que tal vez el gobierno pueda nutrirse con un nuevo aliado, Alberto Pierri, quien se ha vistomás de una vez con Kirchner, y el que podría aportar su know how de La Matanza. Vale, electoralmente claro, mucho más de lo que puedan conseguir Kunkel y Parrilli, aún con las alforjas llenas (condición tan necesaria en la devoción peronista) dispuestas a abrirse con todos aquellos que desde ese momento jurarán por el sureño. Como en las provincias. Supone Duhalde que el pacto del gobierno con los intendentes será transitorio, que luego él habrá de controlar otra vez el distrito, pero no está convencido. Lo supera la sorpresa: jamás -ni contra el menemismo-padeció agresiones tan fuertes e insospechadas. Ahora espera que hasta se ventilen carpetas, de ahí que él también comienza a atesorarlas. En su entorno, el griterío salvaje clama por lo menos contra los que suponen tránsfugas inmediatos -empezando por Aníbal Fernández, ya un clon de Alberto-mientras él no disipa con una palabra la sensación de que se inicia el combate callejero, casa por casa, por el control político de Buenos Aires. Tanto silencio de su lado habilita cualquier interpretación.

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