Escena de un sábado negro en Plaza de Mayo. El gobierno logró convocar esa tarde menos gente que los cacerolazos
pro campo en los barrios de la Capital Federal. Julio De Vido y Guillermo Moreno probaron un poco de muchedumbre; Néstor
Kirchner se alienó en pueblo. La Pirámide de Mayo, también escrachada.
«Che hagan correr la bola de que viene Kirchner.»
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Carlos Kunkel trasmitió la novedad que, vertiginosa, cruzó de punta a punta, de boca en boca, Plaza de Mayo. Eran las 9 de la noche. A esa hora, el show estaba «armado»: el aparato K, accidental mixtura de piqueteros y peronismo del conurbano, poblaba los alrededores de la Casa Rosada.
Fue la coronación de una trama que se gestó de apuro, con formato de contraofensiva: un movimiento para contrarrestar las imágenes que llegaban de Gualeguaychú, con Alfredo de Angeli detenido y liberado, y la irrupción -otra más- de caceroleros en Plaza de Mayo y frente a la quinta de Olivos.
La presencia, inédita, de Kirchner en el tumulto no fue más que la confirmación de que el patagónico fue quien impulsó y digitó, en persona, la movilización oficial. «Venite y venite ¡ya!» intimó, desde Olivos, pasadas las 17, por teléfono a varios caciques del conurbano profundo.
El dato merece registrarse: la del sábado fue la primera movilización kirchnerista de urgencia en la que Kirchner hizo jugar a los intendentes del PJ. Antes, las movidas habían estado a cargo de piqueteros K y sectores de la juventud como La Cámpora, agrupación que regentea Máximo Kirchner.
A diferencia de los contracacerolazos de fines de marzo que, a las trompadas, encabezaron Luis D'Elía y Emilio Pérsico, esta vez el patagónico mandó a la cancha al peronismo del conurbano y, en menor medida, a los sindicatos: los más activos fueron los moyanistas de Camioneros.
De verde, con bombos, y aislados del resto, los soldados de Hugo Moyano recibieron a Kirchner con un coro guerrero: «Al pingüino lo banca Camioneros». No estaba el jefe de la CGT pero una porción de ellos fueron los que «corrieron» a los caceroleros que protestaban en la quinta presidencial.
Al atardecer, los intendentes Alberto Descalzo (Ituzaingó), Andrés Arregui (Moreno), Luis Acuña (Hurlingham), Darío Díaz Pérez (Lanús); Rubén Di Sabatino (San Vicente), Enrique Slezack ( Berisso) y, entre otros, Fernando Espinosa (La Matanza) se aparecieron, con banda y cotillón propio, por Plaza de Mayo.
La pejotización de Kirchner, que tuvo de emblema su asunción como mandamás partidario, se trasladó el sábado a la táctica callejera: ya no dejó a los piqueteros como únicos guerreros K sino que puso en las calles al aparato peronista, menos apasionado pero más obediente y ordenado.
El resto del abanico lo recorrió Oscar Parrilli. El secretario general fue, como siempre, el encomendado de convocar a la tropa piquetera amiga.
Desde D'Elía de la FTV hasta el minúsculo Partido Obrero posadista, pasando por Federico Martelli (MUP) y los transversales Oscar Laborde y «Chino» Navarro.
Tumultos
Una vez garantizado un tumulto razonable, Kunkel difundió la novedad y pocos minutos después, el patagónico apareció por Diagonal Norte y se zambulló a atravesar la plaza. Repartió besos y abrazos, se prestó para las fotos y repartió un mensaje único: «Hay que aguantar; nos quieren tumbar».
Detrás, con look informal y dedos en V al aire, llegaron el ministro Julio De Vido y el secretario de Transporte, Ricardo Jaime.
Antes, eufórico y combativo, había pasado Guillermo Moreno. Fue el primer funcionario en llegar a la Pirámide de Mayo. También caminaron la Plaza Nilda Garré, Florencio Randazzo y Aníbal Fernández. La última en asomar, cuando ya comenzaba la desconcentración, fue Alicia Kirchner.
Al elenco ministerial se sumaron otros actores: además de Kunkel, apareció el diputado nacional Dante Dovena y se sumó, más como jefe matancero que como vicegobernador, Alberto Balestrini que llegó a la Plaza al frente, junto a Espinosa, su heredero, de una caravana del PJ de La Matanza.
La presencia del ex presidente funcionó, para los amontonados, como un baño en criptonita. Los rostros de los Fernández por TV, en conferencia, transmitieron desasosiego y la sensación de, otra vez, estar en el peor de los mundos donde ni la peor hipótesis, el helicóptero, puede descartarse.
Motivación
«Ver que el jefe estaba al frente fue una motivación», dijo un dirigente K. Otro kirchnerista, convocado por SMS -funciona una red de mensajeros telefónicos- leyó la aparición de Kirchner como un intento de confrontar con la imagen de De Angeli, vitoreado tras ser liberado por Gendarmería.
«Creíamos que se terminaba pero esto va para largo: tenemos que prepararnos para una guerra permanente», contó, con un dejo de preocupación, un funcionario kirchnerista que se paseó por la Plaza. Emuló, no sin ironía, el antiguo concepto marxista de revolución permanente.
Dicho y hecho: sobre el filo de la medianoche del sábado, Kirchner mandó a sus leales a poner al tanto de lo que serán sus próximos pasos en el pulseo con el campo.
Dispuso, primero, el estado de «alerta» para reaccionar ante eventuales nuevos cacerolazos. Llamó, luego, a marchar el miércoles otra vez a Plaza de Mayo, y a diferentes plazas del país, puntualmente en las provincias gobernadas por leales, a confrontar con el paro que proyectan los ruralistas para ese día.
La convocatoria está activa y es un anticipo de la del acto del viernes 20 de junio, en el Monumento a la Bandera, en Rosario. Ese peregrinaje, planeado como un contraacto del que realizaron los chacareros el 25 de mayo -o, al menos, para ocupar el lugar e impedir una concentración opositora-, es también coordinado por Kirchner.
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