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26 de junio 2003 - 00:00

Köhler o Ibarra: la contradicción kirchner

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Desde que Carlos Menem perdió las elecciones de 1997, el poder circula en la Argentina entre tres actores principales: la Presidencia de la Nación, la dirigencia bonaerense y la «liga de gobernadores». La toma de decisiones se volvió colegiada, en parte por el eclipse de un liderazgo de alcance nacional como el que ejerció Menem entre 1989 y 1997 y en parte porque, con el establecimiento del sistema de dos senadores por la mayoría, el peronismo de las provincias controla una masa de poder tan importante en el Senado que se convirtió en la última instancia de cualquier reforma importante en el país. No debería hacer falta enumerar las intervenciones de los gobernadores desde aquel año de la primera derrota electoral del menemismo para advertir su poder de veto: impidieron la segunda reelección del riojano, administraron el poder de Fernando de la Rúa hasta su caída (que estuvo técnicamente decidida el día en que desoyeron su convocatoria y se abroquelaron en San Luis, dos días antes del final), encaramaron en el gobierno y defenestraron una semana después a Adolfo Rodríguez Saá, vetaron las ínfulas heterodoxas (control de cambios, ruptura con el Fondo, etc.) de Duhalde con los «14 puntos» redactados por Juan Carlos Romero y movieron la balanza en favor de la Casa Rosada para que, en sucesivos congresos partidarios, el jefe bonaerense pudiera suspender la interna, dividir al PJ y provocar por esa vía la derrota de Menem.

Kirchner se comportó siempre como un disidente dentro de esa liga de mandatarios. Antes y después de su llegada al poder, quiso expresar dentro de ella una agenda que se elaboraba fuera del PJ: desde el borde del partido, se sintió llamado a presionar hacia la interna con los argumentos y los temas que agitaban ante la opinión pública de clase media urbana el Frepaso de Chacho Alvarez o el ARI de Elisa Carrió.

Basta historiar el comportamiento y las afinidades de Cristina Fernández de Kirchner en el Congreso para advertir cómo el matrimonio se ubicó siempre en los bordes del PJ, disintiendo u oponiéndose a él desde una plataforma «progre» que seduce a un electorado que en su mayoría es no-peronista. Esos sectores sociales tuvieron su primera frustración con la renuncia de Chacho Alvarez a la Presidencia y con el desdén de Elisa Carrió para armar un partido y elaborar un programa. En la Argentina quedó planteada, a partir de esas experiencias, una dicotomía dramática: los intentos de reformar la política (basados en la agitación mediática de banderas como la anticorrupción, el saneamiento del PAMI, la reforma de los partidos, la depuración de la Justicia y el Congreso) se mostraron inexpertos para garantizar una gobernabilidad cuyos resortes principales están en manos del PJ tradicional. Por eso, dicho sea de paso, resulta tan inquietante y digno de atención el experimento de Lula Da Silva para montar un esquema de gobierno desde una fuerza de centroizquierda, aun cuando el contexto brasileño ofrezca tantas diferencias con el local que esa operación se vuelve casi incomparable.

Kirchner se ha propuesto, en el comienzo de su gestión, retomar el «sueño trunco» de Chacho Alvarez y la Alianza: desde la embestida contra la Corte hasta la incursión en el PAMI, pasando por el rigor contra el sindicalismo tradicional y la «sequía» financiera del Congreso, se reanudaron películas que estaban en pausa. Pero fue más allá: a diferencia de Chacho, que terminó en la red de la UCR, o de Carrió, que recién ahora advierte que para tener autonomía en relación con el poder hay que tener un partido o algo que se le parezca, Kirchner amaga con crear su propia fuerza federal y parlamentaria desde el gobierno. A diferencia de sus precursores y como buen gobernador de provincia, desconfía de la capacidad que otorga la prensa adicta y la opinión pública fluctuante en los primeros tramos de una gestión. Por eso anda en busca, en cada provincia, de un oficialismo propio que en muchos distritos no se le ofrece desde el «pejotismo», como él llama al PJ oficial. Nada más peronista que esa empresa: finalmente, el PJ nació en las oficinas de la Secretaría de Trabajo y Previsión, ocupadas por un coronel que llegó al gobierno como partícipe de un golpe de Estado.



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