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Como principal actor del proceso, Duhalde parecía anoche poner su mano sobre otra meta: la diferencia en favor de Kirchner en el conurbano bonaerense fue de aproximadamente 10% de los votos. Y en la provincia entera, de 5%. Es lo que les había pedido a sus punteros que le trajeran a la mesa. Es decir, logró también imponer el predominio demográfico de Buenos Aires, asegurado en gran medida por la maquinaria asistencialista, tan difícil de derrotar en medio de un estallido de pobreza.
En definitiva, el diseño electoral del Presidente triunfó. Pero otra vez falló algo importante: la propuesta, con lo que tiene de figura y de programa. Néstor Kirchner se reveló como un factor accesorio de la campaña, es decir, agregó poquísimo al movimiento de piezas que Duhalde dispuso para él. Tanto que sus mejores marcas se verificaron allí donde el aparato oficialista funcionó con estímulos especiales, como en Jujuy o Formosa. Pero Kirchner no consiguió mover, ni geográfica ni socialmente, la frontera del propio duhaldismo. Por eso se puede afirmar que, en buena medida, lo de Duhalde ayer fue el despliegue de una estrategia sin candidato.
Ahora se le ofrece a Kirchner el gran desafío de aportar encanto y un planteo conceptual atractivo a una base de poder considerable. Ya no le alcanzará con ser el candidato de Duhalde o de un difuso «modelo productivo». No se le conocen ideas ni equipos y además deberá resolver siquiera en parte esa contradicción principal del duhaldismo: por su oposición a Menem tendría que seducir a la clase media urbana pero por su subcultura de conurbano, orgánica y hasta prepotente, le cuesta muchísimo conquistar a ese sector.
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