La maldición del segundo mandato
El asesor de campañas Dick Morris, que lo fue de Bill Clinton, Vicente Fox y Fernando de la Rúa, entre otros, desarrolló en una interesante nota la historia de las desgracias de los presidentes que intentaron un segundo mandatopresidencial. Su hipótesis es que en su mayoría los segundos términos fueron un fracaso porque la agenda que hace que un político gane la primera presidencia se agota y no queda capacidad de recrear la energía para gobernaren un segundo mandato. Aunque limita el examen a los presidentes de los Estados Unidos, el análisis de Morris puede ilustrar a los políticos criollos. Veamos esos argumentos publicados en la revista NewsMax.
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Elegidos para solucionar ciertos problemas, generalmente tienen éxito, ganando la aprobación suficiente para propulsarlos a la reelección. Pero su éxito tiene un precio: no queda nada de su agenda original para hacer y no tienen manera de controlar los acontecimientos.
Harry Truman llegó a ser popular rescatando a Europa del comunismo pero cayó después de la prolongada guerra en Corea. El segundo mandato de Eisenhower fue estropeado por su mala salud en la recesión.
Johnson, habiendo aprobado la ley de derechos civiles, cayó luego de Vietnam.
Richard Nixon, habiendo superado Vietnam, cayó a causa del Watergate. Ronald Reagan, después de bajar los impuestos y habiendo ganado la Guerra Fría, fue derrumbado por el escándalo de Irán. Y Bill Clinton, habiendo balanceado el presupuesto, reformado el estado de bienestar, y terminado la recesión, fue acusado por el caso Lewinsky.
George W. Bush, elegido para recortar impuestos y reformar la educación, cumplió con su agenda en su primer año de gobierno. Con una nueva tarea desde el 11 de Setiembre, él ha tenido éxito en quitar metódicamente, convertir o limitar a los gobiernos que apoyan al terrorismo.
Nos sentimos a salvo de ataques, quizás erróneamente, cuatro años después del 11 de setiembre. Y Bush ha cumplido con su agenda.
Pero él está pagando el precio de su éxito. Carece de una cuestión para capturar la imaginación de América y dominar la agenda de Washington. Su propuesta de seguridad social probablemente no tenga éxito. Sus políticas sobre energía y carreteras fueron carentes de innovación y triviales en alcance y gasto público. A Bush no le queda nada por hacer.
Por eso está cayendo presa de infecciones oportunas tales como el escándalo Libby, el fallido nombramiento de Harriet Miers y el huracán Katrina. Para que un presidente sobreviva los apuros, debe cambiar y adoptar una nueva agenda para el equilibrio de su mandato.
Perdiendo el control sobre los acontecimientos después de los primeros años de gobierno, Clinton tomó la reforma del estado de bienestar y la reducción del déficit como sus prioridades y recobró el control sobre los acontecimientos hasta que fue acusado por el caso de Mónica Lewinsky. Lo que Bush necesita es una nueva agenda para capturar el control de la política de la nación. Aquí hay algunas sugerencias: una cerca a lo largo de la frontera para frenar la inmigración ilegal y un aumento considerable de nuestra capacidad de detener y deportar a los extranjeros que permanecen en el país más allá de los límites establecidos en sus visas.
Una nueva política de medicamentos más resistente centrada en reducir la demanda ordenando el testeo en escuelas e incentivando a los empleadores a requerir pruebas en el lugar de trabajo.
Una cruzada nacional para liberar a EE.UU. de la dependencia del petróleo incluyendo la promoción de vehículos híbridos, de la producción y distribución de los combustibles de hidrógeno, energía atómica, la instalación de mecanismos para hacer más ecológico el uso del carbón, y la extensión de combustibles biológicos, de las energías solar y eólica.
Bush no recuperará las riendas a través de una batalla sobre el nombramiento de Samuel Alito para la Corte Suprema. Por qué él no eligió nombrar como juez a Janet Rogers Brown, quien no había recibido oposiciones por parte del grupo de 14 senadores que manejan el equilibrio del poder, es un misterio.
Pero la sangre que fluirá del nombramiento de Alito no hará nada para mover su popularidad sobre 40 por ciento. Consolidará su base pero también fortificará a la izquierda. Mientras tanto, él permanecerá aislado y debilitado con un bajo porcentaje de aprobación.




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