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8 de agosto 2008 - 00:00

La salita azul

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Crueldad de funcionarios corresponde a despechados cincuentones o gerontes del oficialismo,a quienes no les complace someterse al instructivo presidencial que ellos trasladan a legisladores o gobernadores, por más que también sean intermediarios de la generosidad contante, o a plazos, para obras o proyectos (¿o acaso la Concertación no es entregar plata?). Esos críticos envidiosos de la sangre bullente y juvenil que tanto admira Cristina no le conceden responsabilidad política alguna a esta improvisada pareja ministerial; más bien, los consideran gerentes menores de relaciones institucionales del gobierno.

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Van juntos, casi de la mano, aun cuando el alumbramiento fue imperfecto. Randazzo, en el medio de la crisis de la renuncia de Alberto Fernández, se suponía elegido para la sucesión -con el padrinazgo de Julio De Vido-, pero se enteró en Olivos, por boca del ex mandatario Kirchner, que debía colaborar con el recién ascendido Massa. Decepción, claro, del ministro del Interior, inexplicable falta informativa ya que Massa coqueteaba con esa posibilidad desde que jugaba al fútbol en la residencia con Néstor y éste, en ocasiones, le decía: «Tigre te queda chico» (¿tan chica la Intendencia para luego ser disparado a jefe de Gabinete?).

Ignorancia atribuible de Randazzo, quizás, al shock que le produjo, en el dilatado barullo con el sector rural, el apremio -frente a su casa en el pueblo de Chivilcoy- que le organizaron quejosos del campo con un sepelio ficticio, con cajón incluido (por las retenciones móviles) y una romería andante en la que hasta participó y protestó un sacerdote bendiciendo el féretro (se supone, un falso cura). De protagonista, entonces, pasó a partenaire de alguien más joven.

Pero Massa, consciente de sus propias limitaciones, lo integró a Randazzo a sus movimientos cristinistas -alejándose inclusive de otros ministros-, lo hizo partícipe necesario de esta fase del gobierno del séptimo mes. Aunque él, tan devoto de las fotografías como Daniel Scioli (lo que no se advertía con Fernández), siempre con declaraciones de pro igual que el gobernador bonaerense (de ahí que ya lo llamen «mini-Scioli», más del humor peronista), tuvo un percance el mismo día de la asunción: su atrevido suegro, Fernando Galmarini, compañero de tenis, ni siquiera de club, con Eduardo Duhalde, en la misma Casa Rosada calificó a Néstor Kirchner de Don Fulgencio (por no haber vivido de chico lo que ahora pretende vivir de grande), enojosa declaración que deprimió aún más al santacruceño, ya golpeado en el pecho por la deserción de Alberto Fernández. Ni siquiera, como es su hábito, le comentó a Massa su desazón, menos le exigió explicaciones, el pico de ira se arrastró noctámbulo sin que ningún auxilio le aletargara los sentidos. No era, claro, la primera noche que la pasaba mal, chivado siempre y hasta tarde.

Ya que, de lejos, Kirchner se abrumó más con la dimisión de Fernández que -comparativamente- con el voto contrario de Julio Cobos. Y en la reserva de sus confesiones, hoy con únicos escuchas más radicalizados que él (Rudy Ulloa Ygor y Carlos Zannini), desgranó cuatro causas de indignación por la partida de su inicial jefe de Gabinete: 1) renunciar por la prensa antes que notificar al matrimonio; 2) el contenido crítico al gobierno -de lo cual, ahora, Fernández parece estar arrepentido- y a él mismo en las manifestaciones que acompañaron la salida; 3) el presunto acuerdo del retirado con ciertos medios para expresar y amplificar que su abandono dejaba al gobierno sin lo bueno y, a cambio, se quedaba lo más detestable de la Administración; 4) el anticipo, en verdad la intimidante mención de que Fernández ya había redactado medio libro de sus memorias junto a Kirchner, casi una advertencia de que si sufría algún tipo de castigo o deshonra en su ostracismo, algunas revelaciones futuras serían veneno para el matrimonio o su entorno.

Trago amargo, entonces, que ahora los ocupantes de la salita azul intentan disipar con otros temas menos personales, junto a la jefa de Estado, ligeros de equipaje para acompañar un proceso que amenaza con más crisis -de la reestatización de Aerolíneas Argentinas a la ley reformada de radiodifusión-, por lo menos en el Congreso. Por no hablar de otros ámbitos. Afanosos pero ingrávidos, sin el peso que la balanza exige para ciertos cargos, soportando el celo de peronistas veteranos, igual se muestran menos escépticos que los otros dos que visitan al hombre de la casa y le preguntan si tiene sentido el gobierno cuando no se dispone del poder. Para ellos, la función tiene substancia.

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