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El Ejecutivo ya busca otros aliados, inclusive entre los radicales, pero Alfonsín es quien más parece a la deriva. No sólo porque tal vez tenga que enfrentar que sus fieles deban desalojar cargos públicos -que el mismo ex presidente reclamó para sí, en una actitud que hasta les sonaba bochornosa a los duhaldistas, gente que no se sonroja con nada-, sino debido a que la UCR no encuentra ubicación en el plano político. Se le va Duhalde hacia el centro (a la derecha, porque en el lenguaje de Alfonsín acordar con el FMI es distintivo subdesarrollado de esa inclinación) y ha perdido protagonismo en otra franja alternativa, ya copada por el huracán Elisa Carrió (porque se come todo), o Luis Zamora, o expresiones sociales como las de los piqueteros.
Hombre que, cada tanto, también lee encuestas, Alfonsín no encuentra un lugar: advierte que su corazón se mantiene solitario en la izquierda y no lo podrá cambiar, mientras la gente en su inmensa mayoría manifiesta sus prioridades por la desocupación, la inflación y la falta de seguridad, objetivos de un pensamiento de centro. Sin eco en cierta fracción -y además desprecio porque no consideran que su presencia ayude-, y alejado del criterio mayoritario de las preocupaciones, es claro que Alfonsín y sus adláteres bonaerenses llevaron a su partido a un punto de inmovilidad histórica, a la peor situación imaginada. De ahí su «consternación» para los íntimos, su «desorientación» para los ajenos. Se ha paralizado, tal vez para siempre, y esa contingencia quizá deba agradecerla el país.
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