Con el factor sorpresa de su lado, al amparo de las sombras de la noche y del guiño oficial, las tropas kirchneristas coparon la Plaza Congreso, anticipándose a una iniciativa de la gente del campo. En el campamento progubernamental -cuatro carpas grandes más una pequeña para los sanitariosvelan armas las fuerzas movilizadas para el combate antirrural. La soja no pasará.
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A la armada kirchnerista no le falta su vanguardia, la agrupación juvenil oficialista La Cámpora. Es notable: a la Jotapé de ayer la perseguía la Policía por alzarse contra las prohibiciones dictatoriales; a la de hoy, la fuerza pública le hace el aguante para que pueda batirse sin riesgos contra los empleados municipales que la quieren desalojar.
¡Qué sabia la Presidente cuando recordó la famosa cita de Marx!: «Hegel dice que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces, pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa».
Debut
La Cámpora había hecho su debut en abril pasado, como portadora de carteles en la cruzada contra los monopolios de prensa. Una «primera sangre» mediática, como corresponde a estos tiempos de heroísmo módico, que puso en evidencia el triste periplo de una sigla cargada de historia: JP, Juventud Peronista.
De fenómeno de masas a grupúsculo de funcionarios.
De la emergencia generacional al aburguesamiento temprano.
De las cintas de Perón desde Madrid a los mails y sms desde Puerto Madero.
De «juventud maravillosa» a pretendida fuerza de choque.
Alguna vez fue llamada «gloriosa», por su participación en las acciones de resistencia a la proscripción del peronismo a fines de los años
50. Más tarde, fue la « juventud maravillosa», símbolo de la emergencia de una generación que se alzó, no sólo contra la dictadura de Onganía-Levingston-Lanusse, sino contra sus mayores, que habían sido complacientes con un régimen proscriptivo.
Rebelión
Los «jotapé» de ayer se rebelaron contra sus padres; los de hoy son «hijos de», que militan en defensa de las prebendas de sus progenitores, que además esperan heredar.
Hasta el sello elegido está en consonancia con lo que son o con lo que han aprendido de sus padres. No es Agrupación Héctor Cámpora. Es La Cámpora. Parece el nombre de una banda de rock o de un restorán en Las Cañitas. Una perfecta síntesis de setentismo (Cámpora) y minimalismo posmoderno (la).
La Jotapé de ayer arriesgaba la vida hasta en una pintada callejera. La de hoy se envalentona en el escrache a algún enemigo de papá; total, sabe que la Policía no intervendrá.
Con los recursos del Estado a su servicio, estos adolescentes tardíos -la mayoría roza los 30- son burócratas antes de haber sido siquiera activistas. Se ponen plumas de caciques sin haber sido nunca indios. Las mañas que otros adquieren de « grandes», ellos las traen de cuna. Su «jefe» no pone la cara ni el cuerpo, da directivas por celular.
Ayer, rebeldes, valientes e idealistas. Hoy yuppies y aparatistas. Ayer llenaban plazas y calles. Hoy caben en una carpa. Ayer, una tragedia. Hoy, una farsa.
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