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2 de mayo 2003 - 00:00

La vida que no se vive

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Esta falta de fe en la política y en los políticos en un mal profundo, una dolencia nacional, que hiere la democracia y sus posibilidades de futuro.

Parece claro que corresponde a los ciudadanos la tarea de edificar la Nación, tarea que reclama la unidad de los argentinos bajo formas de convivencia fundadas en relaciones de solidaridad. Y que el caos siente aversión por esa exigencia de vida civilizada. Alucinado por soluciones extrañas a la vida nacional, desprecia los métodos democráticos por considerarlos anacrónicos e ineficaces. De ahí que la rebeldía, la protesta, la disconformidad con las estructuras y valores del sistema de relaciones que sirven de soporte a la sociedad actual no configuran otra cosa que una expresión sin otro objetivo previsible que crear la anarquía y el caos y asumir al país en la hondonada de una dictadura sin término. Esto conduce al problema de la imperiosa necesidad de remozar las estructuras políticas, lo que exige, además de un cambio en el sistema de participación del cuerpo electoral y en la toma de decisiones, el establecimiento del referéndum, la consulta popular, la revocación de mandatos, la creación de instrumentos de gestión ciudadana, la renovación de los partidos políticos, de su estructura y de sus funciones, y esencialmente de sus círculos interiores, con la incorporación de jóvenes que los saquen de la situación en que se encuentran, de simples máquinas electorales. Unicamente así el poder dejará de ser un fin en sí mismo, los medios no sustituirán a los fines y la política reasumirá su rango de empresa comunitaria.

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