Un gesto peronista. Como aquél del General, que le declaró la guerra a Alemania cuando ya las tropas aliadas tomaban champán en Berlín. Así Esteban Caselli, el polémico secretario de Culto, se apartó ayer de la Cancillería. Renunció ante su jefe y socio político Carlos Ruckauf, al parecer indignado por su propia impotencia al no poder expulsar a Vicente Espeche Gil, el embajador ante el Vaticano, con el que mantiene un conflicto público desde antes de que comenzara su gestión en la Secretaría.
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Caselli, que sería reemplazado en el cargo por Guillermo Oliveri, -de nuevo la impotencia de Caselli, esta vez de manifiesto en sus gestiones ante Mario Montoto, su nexo con el nuevo canciller Rafael Bielsa-, le envió ayer una carta a «Rucucu» que pasará a la historia de la correspondencia diplomática, en el capítulo humorístico.
En esa carta recorre una serie de pequeñeces. Se queja de que la Junta de Calificaciones de la Cancillería haya tomado como antecedente para mantener a Espeche en su cargo una aclaración que el embajador realizó en una carta de lectores. Caselli pone en tela de juicio ese género literario diciendo que el diario «La Nación» acostumbra a publicar correspondencia apócrifa (cita un caso de su especialidad, el de una misiva de un «supuesto Pastor evangelista»).
•Desacuerdo
Pero lo más inquietante de Caselli es el párrafo que sigue en su nota de renuncia. Allí se pronuncia en desacuerdo con un decreto que, según dice, la Secretaría Legal y Técnica (Antonio Arcuri) le hizo firmar al ministro de Defensa a cargo de la Cancillería (Horacio Jaunarena) y al Presidente (Eduardo Duhalde), aceptando un recurso interpuesto por Espeche (como diría el cardenal Angelo Sodano, también en este caso «el derecho es un acordeón», al menos según la queja del secretario).
Una vez más este funcionario incurre en la práctica de sostener que los ministros de Defensa son mandaderos de la Casa Rosada. En este caso, Jaunarena; en el pasado, Oscar Camilión, quien según Caselli recibió instrucciones de Carlos Menem para mantener al jefe de Fabricaciones Militares, según declaró en la causa de las armas vendidas a Ecuador y Croacia. Sólo que ahora, también Duhalde habría firmado decretos por el sólo hecho de que Arcuri se lo imponía. Casi freudiana esta compulsión de Caselli para dejar mal parados a los que le dieron empleo.
De pasada, el aspecto más sentido de la carta de este funcionario, la despedida a Ruckauf agradeciendo por los sucesivos cargos con que lo honró su jefe. Es un gesto que el apuro con que ambos dejaron la gobernación bonaerense impidió realizar en La Plata, donde el canciller dejó el mando provincial sin siquiera enviar una carta de lectores apócrifa (de esas que molestan al filólogo renunciante). Por entonces también Caselli se fue sin despedirse de la Secretaría General.
Finalmente, una profesión de patriotismo y fe en la que el autor de la nota dice haber actuado en la función pública trabajando «con el mayor empeño por el bien de mi país» y, en una confesión de favoritismo sorprendente, «por la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana». Habrá que ver cómo entienden los católicos el servicio que les prestó Caselli al despedirse en medio de una polémica con el embajador ante la Santa Sede.
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