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No hay que engañarse, sin embargo, con la naturaleza del contrato que los dos bandos firmen hoy en la sede del PJ. Podrá ser, a lo sumo, sincero pero es a todas luces insuficiente. Los dos problemas principales que distancian a Duhalde de Menem son difíciles de disolver en un acuerdo y seguirán provocando recelos y, tal vez, agresividad.
El temor de Menem no es teórico sino que se funda en antecedentes cercanos. No en la polémica radical desatada el domingo en el partido de la pureza del sufragio, donde se cruzan acusaciones inquietantes sobre la malversación del resultado electoral. Pero basta que el ex mandatario tienda la mirada un poco más atrás y llegue al 14 de octubre del año pasado, para encontrar algún motivo de intranquilidad. Entre las bambalinas de los partidos todavía circula la versión de que en esas elecciones el PJ y la UCR pactaron disminuir en los papeles el volumen de la abstención y el voto negativo para que la imagen de sus máximos líderes locales, Duhalde y Raúl Alfonsín, no apareciera tan deslucida. Ellos dos concurrieron a esos comicios como candidatos a senadores y casi quedan eclipsados por la oleada de abstención y voto negativo (anulado y en blanco) que se registró en esa oportunidad. En el Polo Social del padre Luis Farinello se insinuó alguna denuncia, que no prosperó seguramente por piedad cristiana.
Si el ex presidente no cuenta con un antídoto confiable para los temores que lo embargan, no hay pacto que le garantice tampoco a Duhalde evitar su propia pesadilla. Es nada menos que la intervención de la provincia de Buenos Aires. Desde que comenzó a desbarrancarse el gobierno de Fernando de la Rúa, la clase política argentina comenzó a estar dominada por un nuevo dato: existe en la Argentina un dispositivo de poder capaz, si se lo propone, de voltear a un gobierno. Esa tesis no considera los factores endógenos que provocaron la caída de la gestión de la Alianza. Enfatiza, en cambio, la combinación de piqueteros, Policía, fuerza legislativa y sindical (sobre todo del transporte) que en el imaginario político acosó a la administración De la Rúa hasta hacerla caer. Adolfo Rodríguez Saá es, en el seno del PJ, el testigo más solícito que tiene en su favor ese alegato. Como si el tiempo retrocediera al siglo XIX, cuando la guardia bonaerense contaba con un presupuesto superior al del Ejército nacional y Carlos Tejedor desafiaba a Nicolás Avellaneda por la capitalización de la Ciudad de Buenos Aires.
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