2 de febrero 2004 - 00:00

Logros y mitos de la visita a España

Néstor Kirchner llega sonriente al Aeroparque de la Ciudad de Buenos Aires. Lo acompaña el vicepresidente Daniel Scioli, como testimonio de la entrega del mando.
Néstor Kirchner llega sonriente al Aeroparque de la Ciudad de Buenos Aires. Lo acompaña el vicepresidente Daniel Scioli, como testimonio de la entrega del mando.
El regreso del presidente Kirchner y comitiva de España tiene la misma característica que sus últimos viajes, sobre todo el de Estados Unidos: se fuerzan aplausos bajo las frases de siempre: «metas cumplidas», en la voz de funcionarios, y «renovado apoyo» (algo que la prensa atribuye siempre a Bush, Aznar, los reyes de España, el empresariado español, Köhler del Fondo Monetario). También es la contraseña, por ejemplo, de periodistas, «enviados especiales», para ser invitados en el regreso en el avión presidencial Tango 01. Se completa el precio del pasaje con no contar nada de a bordo. Vivimos una época de servilismo de prensa.

Mirado, en cambio, con frialdad y técnica, ¿cuál es el real saldo de España? Primero, algo a favor del presidente argentino: no agravó las tensiones, como había sucedido en el anterior viaje, en julio pasado. Segundo -aunque mucho menos de lo que él y sus acólitos creen-, hizo prevalecer algunos puntos de vista suyos interesantes, por caso reiterarles, con énfasis, la necesidad de gradualismo en la repatriación de rentabilidad empresaria que siempre significa beneficio para cualquier país a mediano plazo. No se trata de que «la ganancia va a crecer en función de lo que crezca el PBI», porque éste es un concepto que, generalizado, es falso para quien sepa economía. El año pasado, el PBI creció más de 8% en el país y se produjeron 70% más quiebras que en el terrible año 2002. El concepto de Kirchner, en cambio, fue bueno en Madrid porque gran parte de los capitales españoles opera empresas de servicios públicos que son monopolios, ahora privados como antes eran estatales.
En ellas, entonces, es correcta la advertencia de un presidente de graduar los retornos, buscarlos más en la eficiencia y no sólo en el aumento de tarifas.

Por el contraste evidente entre Néstor Kirchner y sus predecesores en el cargo, la extranjería en la Argentina comprende que el «laissez faire-laissez passer», un estilo de Carlos Menem en los '90, fue demasiado extremo, demasiado liberal. Alguna vez la historia quizá diga que fue necesaria esa forma para llenar al país de inversiones extranjeras cuando se desconfiaba de que un gobierno abriera así la economía nacional. Es obvio que jamás se hubiera modernizado la Argentina, como se alcanzó, si un proceso de progreso tan fuerte debía arrancar en el período presidencial de un mandatario nacionalista con principios de izquierda como Néstor Kirchner. Es mucho más fácil perfeccionar, limitar en sus apetencias, suavizar el accionar del capital extranjero de inversión cuando ya está dentro de un país que creció, que atraerlo desde el atraso en que subyacía la Argentina. Por eso Carlos Menem, más allá de las efervescencias del momento, es parte de la historia. Kirchner, en cambio, una incógnita. Eduardo Duhalde y Fernando de la Rúa sólo resaltarán por mínimos segundos si el índice de la mano recorre el listado de presidentes argentinos que ejercieron.

Dentro de su propósito de limitar las ganancias del capital de inversión extranjero en la Argentina, al cabo de demasiados años de rentabilidad sin límites ni graduación, Néstor Kirchner cumple también un rol de presión de inversiones en las empresas radicadas que las prometen en función de sus necesidades, no del pedido. Que el mandatario saque rédito de popularidad de ello no está mal en su búsqueda de poder, aunque las realizarían igual. Lo que atrae a los empresarios españoles y por lo cual firman acuerdos, agasajaron a la comitiva argentina, se olvidaron de sus agresiones anteriores y no se pasan a invertir masivamente en Brasil -aunque les guste mucho más Lula Da Silva que el imprevisible patagónico-, es que están admirados de las posibilidades que el comercio internacional le abrió a la Argentina, una de las naciones más beneficiadas del planeta por el vuelco de China al consumo, que siempre comienza con alimentos en países emergentes.


La Argentina es un país medio, normalmente poco atractivo para el capital de inversión, fundamentalmente por sus escasos 36 millones de habitantes que nunca pueden constituir un «mercado» como Brasil, por ejemplo, o un Mercosur serio.

Pero el despertar de China cambió el panorama. Brasil exporta por 74 mil millones de dólares desde sus 170 millones de habitantes. No hay ninguna proporción con los 30.000 millones que vendió al exterior la Argentina en 2003, cuando, comparado con Brasil por habitante, debió ser la cuarta parte. Esto maravilla a los peninsulares porque vislumbran -y ya comenzaron a tener-que hay divisas a la vista en abundancia para ganar. No se sabe hasta cuándo pero no se calcula que sea de plazo corto el buen panorama internacional para la Argentina. Es la suerte realmente inusitada que ha tenido el gobierno de Kirchner apenas asumió.


Es también, lo que le reprochan muchos empresarios y analistas a esta gestión presidencial, que por sus empecinamientos y los consejos del ministro Roberto Lavagna el gobierno Kirchner está ahuyentando inversiones cuando desborda el mundo de liquidez y desalienta las bajas tasas de interés. Se alarman porque esa imprevista bonanza sobre la Argentina, con arranque en China, tendría como destino final pagar un endeudamiento financiero con acreedores privados que crece día a día. Los «fondos buitre» tienen ya con la Argentina el récord mundial de tenencia de bonos defaulteados de un solo país, 17.200 millones de dólares, 20% del total de la deuda con acreedores privados cuando hasta en Rusia, con toda su potencia, sólo llegaron a poseer 10% del total. Que países ricos como Rusia y la Argentina caigan en default, para los especuladores no es lo mismo que cuando eso sucedió en el pasado con Ecuador, Perú o Nicaragua, naciones más pequeñas y de menor producto. Si, además, hay un presidente errado como Kirchner que permanentemente él y su ministro Roberto Lavagna desprecian a los acreedores, les crean trabas, los engañan, crece el apetito de esos «fondos buitre». La Argentina ya está en situación de ser embargada por 800 millones de dólares, según dispuso el magistrado de Nueva York Thomas Griesa. El viernes, 8 países -3 de ellos tan importantes como Inglaterra, Japón e Italia- votaron en contra en el directorio del Fondo Monetario... Y el gobierno argentino sólo está preocupado, para enfrentar ese panorama, por no tener bienes en el extranjero que sean embargables, como si eso fuera importante frente a la posibilidad de que en 25 días el directorio del Fondo no le apruebe otra meta y tenga que pagar de las reservas 3.100 millones de dólares al comenzar marzo. Como si no fuera también importante que cada 40 días aumente 170.000 dólares la deuda externa no negociada a tiempo hoy en los tribunales. Creer que con pagar haberes a los diplomáticos en el extranjero en sus cuentas personales bancarias, manejar los gastos de embajadas enviando dinero en efectivo, viajar el Presidente en avión de línea para que no puedan embargarle el Tango 01 como política de Estado de una nación moderna roza lo ridículo y sería el hazmerreír internacional.

¿Puede hablar la Argentina de « metas cumplidas» aunque haya logrado despertar apetencias de empresarios españoles? ¿Se cumplen metas de inversión cuando se logran las que sobrevendrían de cualquier manera como parte de todo negocio?


Aerolíneas Argentinas deja satisfecho al Presidente porque anuncia que invertirá 140 millones de dólares en los próximos dos años. Sumó un Airbus 310 y agregará cuatro Boeing 747-400, destinando sus actuales más antiguos 747-200 a empresas de cabotaje a crearse en Chile, Bolivia y Uruguay; incorporará 1.700 empleados hasta totalizar 8.500. Kirchner ubica así a Aerolíneas Argentinas entre las «empresas que entienden» (entienden nuestra política de supeditar ganancias a inversiones dice el Presidente). Pero como todo audaz que se crea innovador en economía sólo aplicará ideas ya lanzadas por un viejo economista hace tiempo, como decía John Maynard Keynes. En este caso, las inversiones de Aerolíneas están impulsadas porque obtuvo una rentabilidad anual récord (superior a los u$s 40 millones en 2003) y porque en sus 11 frecuencias a España se mueve con el excepcional nivel de ocupación de asientos de 94% gracias al inusitado atractivo para turistas extranjeros que significa la Argentina barata con su peso nacional totalmente devaluado. Normalmente, a partir de 80%/85% de su capacidad instalada funcionando, toda empresa ya piensa en invertir para expansión. Lo de Aerolíneas no es novedad.

Kirchner se alegró porque el legendario editor español Jesús de Polanco (diario «El País» y otros) le dijo que iba a invertir en la Argentina adquiriéndole a Telefónica «Telefé» y radio «Continental», pero es una inversión de tanto entra tanto sale, nula para el país. En este caso, Telefónica quiere invertir unos 700 millones de dólares necesarios para mantenerse competitiva. También es lógico que invierta Repsol YPF u$s 6.000 millones en los próximos años en búsqueda porque ha desarrollado un plan mundial de inversiones y el porcentual en la Argentina es mínimo aunque sea un centro importante de producción y comercio para una España que no tiene petróleo.


Que empresas de peaje inviertan 15 millones de dólares es también parte del mínimo para continuar una correcta prestación. En 8 meses de gestión de Kirchner no se conocen inversiones extranjeras en la Argentina que no provengan de reinversiones de empresas ya radicadas o realizadas por el gobierno con fondos públicos y casi siempre a pérdida (empresa de aeronavegación LAFSA, rehabilitaciones de trenes de pasajeros con subsidios, obra vial, gasoductos).

El progreso de un país, su capacidad de mayor empleo, se fundamenta en ser tan atractivo que incita a empresas extranjeras nuevas a radicarse para producción interna y exportación. Una petroquímica, celulosa, papel, astilleros, otra automotriz o que vuelvan a fabricar todas las que aquí están (tienen hoy ocioso el 75% de su capacidad instalada), metalúrgicas de productos exportables en general, industrialización de productos del agro con valor agregado local. Eso es un país que se desarrolla.


Para este gobierno, su «política de producción» es manipular lo ya existente, lo radicado. España lo midió bien en su segunda presentación y no lo descartó a Kirchner. Tampoco lo aprobó. Le sigue dejando dudas, como sucede internamente. Un mandatario que expresó en Madrid: «No me juzguen por mi ideología sino por mis realizaciones», agrega más dudas todavía. ¿Significa «soy de izquierda pero moderna tipo Chile o Lula Da Silva»?. Hubo opiniones encontradas con la frase.

Por supuesto, el «pagamos lo que podemos para no frenar nuestro crecimiento» tampoco es creíble. Un informe arribado desde Estados Unidos señala que la situación de default con acreedores que ya están en juicio agrega 180.000 dólares más de intereses caídos cada 40 días. Nadie entiende que Roberto Lavagna haya desperdiciado dos años, 24 meses, sin resolver nada sobre acreedores privados y que se siga acrecentando la deuda que ahogará a la Argentina del futuro. El estruendoso default de la Unión Soviética en 1997 tenía el récord de duración para un país en resolver su endeudamiento: 18 meses.

La Argentina ya superó eso, se contenta con que el directorio del Fondo le aprobó las metas del acuerdo luego de 40 días de retraso y con un triunfo de 12 votos de países contra 8, donde están tan importantes como Italia, Inglaterra y Japón (tres de los 7 países del G-7, los más poderosos del mundo). Sorprendió que Alemania diera su apoyo a la aprobación de las metas pero es casi seguro que pronto la oposición pasaría a 9 con sólo 11 a favor.

Lo dicho: España no lo descartó a Néstor Kirchner como nadie descarta a quien trae las faltriqueras llenas de probables divisas pero le hizo sentir de mil maneras que sus políticas para administrar la Argentina son contrarias al buen momento externo y que tiene poco tiempo más para rectificar el camino. Ojalá lo haga.

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