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Más pícaro para la política, Eduardo Duhalde vaticinó: «El peronismo puede perder la elección legislativa de 2005». Es cierto que el centroderecha no encuentra una figura realmente carismática para aprovechar el momento favorable. Allí todos son «un poco», luego de que hasta Elisa Carrió -aunque con sus incongruencias de siempre- viera nichos vacíos y comenzara a ladearse hacia la derecha al darse cuenta de que crece la bronca ciudadana contra todo lo que suene a izquierda (a esta altura, desde los ultra hasta los light).
Aun la carencia de «la figura» en el centroderecha pareciera encaminarse a mejor futuro y óptimo si Cristina Kirchner se enfrenta a Chiche Duhalde dividiendo la troupe. Está tan preocupado Eduardo Duhalde que, inclusive, hay quienes sostienen que cederá mucho al kirchnerismo antes que perderlo todo.
En definitiva, la izquierda -la ultra, la que no está enriqueciéndose en el gobierno como la llamada light o aburguesada- no cesará en su violencia. Quieren a toda costa la reacción del gobierno y, al verlo atemorizado en decisiones, encaran con más fuerza. Fue significativo lo observado el viernes con la violencia en la Legislatura porteña. Han identificado en la Intendencia que junto con simples travestis y vendedores ambulantes se mezclaron los pesados del Polo Obrero, de Néstor Pitrola, y los de MST, de Vilma Ripoll (miembro de la Legislatura atacada, aunque ella estaba ocupada en las elecciones de su gremio), que actúan dentro de Izquierda Unida, incitando a la violencia al grupo inicial de interesados. Luego descargaron al lugar la artillería, o sea sus encapuchados de choque, pero, apenas vieron salir a un grupo de policías, se replegaron sorpresivamente. No precisamente por miedo. Quieren los ultras que si hubiera una víctima, algo tan deseado, sea vendedor o travesti, en este caso, pero no un activista fichado de su sector con lo cual -imaginan ellos- pueden impactar mejor a la sociedad y desacreditar al gobierno. La Policía se replegó apenas salió -orden de Gustavo Béliz y de Prados-, los violentos se sintieron frustrados y los «perejiles» quedaron destruyendo puertas a cara descubierta para ser filmados, fotografiados y luego, obvio, detenidos. Estos eran improvisados en violencia; los piqueteros pesados, no.
El gobierno sabe todas estas estrategias y fines de la calle, y no actúa ni siquiera contra los violentos reales. Se entiende su continua pérdida actual de imagen.




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