15 de diciembre 2004 - 00:00

Neruda a 100 años: Tú también, Rafael

Incurre otra vez, el canciller Bielsa, en esa inclinación obligada de los diplomáticos con demasiado tiempo libre: escribir. En demasía, para ciertos gustos; y, ni siquiera, sobre su actividad. Como los embajadores aplicados a países nórdicos o en Africa, quienes por razones climáticas de extrañamiento u ocio geográfico, devienen en novelistas por la necesidad personal de matar el tiempo. Suele morir la literatura en esos ejercicios. Raro que Bielsa concluya en ese destino sin haber hecho la carrera diplomática, pero en su vida previa ya insinuaba ese desvío: atiborraba con artículos reiterados, libros de versos, ficción y hasta de fútbol, por no hablar de canciones que, como se sabe, son de exclusiva debilidad en esta administración kirchnerista. Basta ver, escuchar y no atender las piezas musicales de otros ministros, sean jefes como Alberto Fernández o regulares como Aníbal Fernández. Afortunamente, el común imagina que no pasarán a la historia por esas incursiones.

El canciller de nuevo sorprende evocando a Neruda, Pablo, a sus cien años, y se ha sumado a la universal enciclopedia ditirámbica del chileno con una carilla y media en la revista «Proa». Algo así como la solapa apresurada de un libro, una reseña de periódico provincial o la desgrabación de sus propias o eventuales palabras en una noche de insomnio con amigos. Ni una idea, una crítica o una revisión, menos un hallazgo. Hasta se permite el arrojo de confesar su recuerdo escrito como «anárquico y despreocupado», definición inequívoca para revelar que la casi colaboración firmada fue un pasatiempo. Quizá, con razón: el aeda trasandino no merece mucho más. Pero, lo curioso, es que para Bielsa -también lo confiesa con alambicadas expresiones--, Neruda era un poeta importante. Cultura de Cancillería, también en esta ocasión, la misma que talla esos versos para púberes soñadores o militantes advenedizos de la izquierda en adornos de yeso a colgar en las paredes de la cocina. Extraño en Bielsa este concepto, ya que parecía exhibir debilidades más santas a la hora de tratar el lenguaje.

• Gusto cuestionable

Casi asombra, para un contribuyente, que su ministro de política exterior -a punto de establecerse en el Consejo de Seguridad- se sumerja en tan módica y superficial contribución a una revista, por no mencionar su cuestionable gusto adolescente por la poesía de Neruda, diminuta en toda su monumental obra publicada. ¿Por qué? ¿Para qué? Se dirá que Bielsa, con tiempo como muchos embajadores, marginado por Néstor Kirchner de temas que el mandatario consideraba trascendentes (el remanido fracaso de China, el viaje de la primera dama a España), se compensa escribiendo sobre cualquier acontecimiento como si estuviera atento a las efemérides del almanaque.

• Furia homofóbica

Y de cualquier manera, ya que despliega furia homofóbica contra Pablo de Rokha (¿habrá leído su obra?), execrencias menores contra Alejo Carpentier, Vicente Huidobro (se descuenta que no ha leído sus poemas con cuidado) y, como si fuera fiscal, hasta incluye en su index sin nombrarlo a Juan Ramón Jiménez por su certeza y juicio de que «Neruda era un gran mal poeta». Tanto esfuerzo por defender a un plagiario de Tagore. Al que anuncia como «despojado de su yo» en «odas elementales», cuando la egolatría es indeleble marca registrada en el chileno hasta en sus versos que se dicen colectivos. ¿Será que este tipo de respuestas poco sensatas se engendran porque al ministro lo apartan en ocasiones de los designios de su función?

Preguntas aparte, impresiona que la vanagloria del canciller provea una reseña tan mínima -«sencilla, pequeña», diría como siempre, vulgarmente, Neruda-, más bien accesoria por no considerarla inútil, adhiriendo al vate de los 100 años. Más impresiona otro fenómeno: si hay un requisito elemental en la función de Bielsa, ése es el uso de la palabra exacta, secreto de su cargo y supuesto éxito, todo al revés del bardo homenajeado que volcaba las palabras como de una jarra. Curiosa esta incompatibilidad. Queda, tal vez, otra explicación para el ministro panegirista: Neruda ha justificado a Perón, lo recibió en la universidad de Chile, publicaba en sus diarios y hasta lo omitió en sus diatribas contra otros mandatarios del mismo estilo que anegaban América del Sur. Lo hizo, claro, desde su posición de ardiente comunista, de heredero del Premio Stalin («ese mediodía», llegó a escribir) y de la Nomenklatura, mientras sus ingenuos compañeros de partido en la Argentina vivían en la clandestinidad, eran perseguidos por Perón. Detalle que la poesía prefiere olvidar.

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