30 de noviembre 2006 - 00:00

Ni un tango para Scioli

Alberto Fernández
Alberto Fernández
No es una historia de malos entendidos. Más bien, un calendario de humillaciones, semejantes a los días que los presos anotan en las paredes de la prisión, palitos y cruces, aguardando el momento de la partida. O de la venganza. Sólo así puede explicarse la perversa relación que Néstor Kirchner, y su esposa Cristina, le aplicaron en estos tres últimos años a Daniel Scioli, el mismo al que ahora apelan como salvador para que los proteja de un posible chaparrón político en la provincia de Buenos Aires.

Cuesta imaginar venganza en el vicepresidente (quien, además, ya dijo sentirse «emocionado por la nominación»), hombre de personalidad plana, achatada -finalmente estuvo en el negocio de la venta de televisores-, más atento a la conciliación que a cobijar iras, su fórmula de crecimiento. Hasta puede perder la memoria, hecho habitual en los hombres públicos. Aunque no en aquellos que observan a esos hombres públicos. De ahí que a uno no se le escape el conteo de las aflicciones, de los castigos innecesarios.

Ya se sabe que, para la pareja presidencial, Scioli tuvo un carácter utilitario el mismo día en que se anunció la fórmula hoy en el poder: a través de un operativo de prensa -cuándo no, en el monopolio «Clarín»-, con obvias complicidades, se divulgó una noticia a confirmar para diluir la posible tentación, vía Carlos Ruckauf, de que Eduardo Duhalde cambiara de delfín y, en lugar del santacruceño, se inclinara por Roberto Lavagna. Así se lanzó el binomio, novedad a la cual Scioli accedió sorpresivamente una mañana, en Mar del Plata, cuando salió a hacer jogging y comprar los diarios. La temerosa artimaña, como es obvio, consistía en capturar a un preferido de Duhalde, al que éste no se animara a decapitar, demostrando una fidelidad que luego se perdió.

Llegaron así juntos a la Casa Rosada, hasta hubo incursión del matrimonio sureño en el quincho del Abasto de Scioli, donde se compartieron alegrías y una suerte de farándula que no encajaba con los Kirchner de entonces (aunque, ahora, cambió ese criterio y al fotografiarse con Shakira también se ha habilitado a los Pimpinela que antaño eran considerados pequeño burgueses y pasatistas). Lo que va del lejano Sur a las luces porteñas. Pero aquella relación no duró más que un par de suspiros: el distanciamiento implicó apartar primero a la mujer de Scioli, luego a él, al tiempo que el periodismo en alegre y sospechosa coincidencia hablaba de enojos del mandatario con su sucesor constitucional, al que calificaban despectivamente de «motonauta», incluyéndolo en la detestable raza política de las «derechas» justo en un gobierno donde todos presumían de izquierda.

Tal vez sin brújula, Scioli irritaba al matrimonio presidencial con visos de autonomía: hablaba de ajustar las tarifas de servicios públicos, un día paraba en La Rioja y comía fideos con Carlos Menem y, luego, como se negaba a negar a sus amigos, también se juntaba con un Duhalde que a esa altura ya figuraba entre los desterrados de Kirchner. Con la excusa de jugar al ajedrez, claro. Allí se alcanzó el apogeo de la indignación oficial, empezó el sometimiento, un martirologio.

Le cerraron el despacho de la Casa de Gobierno, lo evitaban hasta los camareros, el «ninguneo» era absoluto y, como marca en el orillo, el Presidente ni siquiera saludaba a su vice cuando bajaba de la escalerilla del avión. Además, con docilidad periodística se escribía sobre la basura que Scioli podía tener bajo alguna alfombra, incluyendo la alfombra de su propia mujer, una tarea que olía a organismos especializados. También se anunciaba su renuncia, la desmentida, arreció una campaña de desprestigio por si la casualidad de un accidente tuviera que suceder a Kirchner. Sangriento percance. Y, por si fuera poco, en el Senado, convertida en directora de escuela, la primera dama le daba clases para conducir las sesiones, lo agredía, eran tan ostensibles las burlas que hasta había algún leal a la Rosada que transmitía conmiseración por el sofocado y estoico silencio de Scioli.

  • Método singular

    Sin psicólogo, el vice encontró un singular método para soportar los embates: diagramó una agenda impensable para un alto funcionario, una suerte de monumento a la nada, consagrándose a inauguraciones, viajes, recitales, homenajes, condecoraciones, sin un gramo de contenido en todo ese raid. Un ejercicio de superficialidad notable, la ardua lucha por no ofrecer lucha, el Clay empecinado en correr alrededor del ring sin que lo toquen.


  • Hasta el deshielo, que llegó con la blitzrieg del kirchnerismo en Buenos Aires, el altar para la senadora Cristina y la realidad de que, pese a todo, Scioli seguía midiendo correctamente en la Capital Federal. Y las encuestas, ese becerro de oro al que adoran casi todos los políticos, indicaban que el vice era incombustible, incandescente, blindado, aun ubicado en el centroderecha. Ni mosqueaba tampoco en los índices ante cualquier candidato inventado por el propio gobierno, esos de cartón piedra que no lograban humanizar con dinero. Para colmo, se cayó el piano sobre Aníbal Ibarra y, por necesidad, hubo que reinsertarlo a Scioli entre los aspirantes capitalinos, primero contra la voluntad de Alberto Fernández, luego con su propia venia. Tal fue la magnitud del reingreso que al vice hasta lo convocaron a celebraciones del progresismo, con madres, abuelas, hijos, por no hablar de la cáfila de intelectuales de izquierda que visitan al Presidente y escribían en su contra, reclamando cuerpo y cabeza. Ahora decidieron aceptarlo al ex menemista, ex duhaldista, tragándose el sapo en honor a los placeres de la gastronomía del poder que, como se sabe, son más importantes que las convicciones.

    Naturalmente, ahora se dirá que el traslado de Scioli del posible paraíso porteño a la silla eléctrica bonaerense ha sido una jugada brillante imaginada en el laboratorio de la Casa de Gobierno, más que una tropezada salida de emergencia para la provincia. No reconocerán esa desnudez, tampoco el fracaso de una sistemática política de castigos constantes y abusivo desdén contra alguien de menor jerarquía que sufrió, padeció y fue humillado. A él apelan, sin pedir perdón o disculpas. Nadie reclama un tango -aquel de hincarse a llorar, por ejemplo-, pero sería razonable no cantar victoria y ejercer un módico «me equivoqué».

    Dejá tu comentario

    Te puede interesar