20 de febrero 2001 - 00:00

Nuestra izquierda criolla aún no entró en la pubertad

En el último número de su revista «XXIII», Ernesto Tenembaum se encoleriza porque Ambito Financiero le hizo un reportaje a Roberto Alemann y éste dijo que conspirar contra Pedro Pou, el titular del Banco Central, es arriesgar la convertibilidad.

Dejemos lo exacto de la afirmación, el grave riesgo que las campañas meramente ideológicas implican para el país y su recuperación. Las palabras de Alemann, precisamente, ayudaron a desmontar esa nueva torpe estrategia de nuestro marxismo autóctono de tratar de destruir todo hecho o toda persona que signifique normalidad económica, estabilidad o mejoramiento si ocurre con fórmulas del «miserable y execrable» capitalismo y la libre empresa. Entonces, cualquier reacción irrita a nuestra izquierda, que sigue con mentalidad infantil e insiste en no darse por enterada de que, tras sacrificar a parte considerable de la humanidad durante 70 años de vigencia e in-molar cruelmente a 60 millones de personas, el marxismo, como doctrina económica, política y social -no ya como «literatura fantástica»- murió el 9 de noviembre de 1989, tras una agonía de años, con la caída del Muro de Berlín.

Ante ideologías, hoy sólo entendibles en párvulos que aman a Cuba, pero que jamás vivirían allí, no hay que rasgarse demasiado las vestiduras por sus embestidas de escasa seriedad. Más, si en ese número de la revista no se salva ninguno, desde Richard «Gato» Handley (con dolor le imputan, de paso, fuerte gravitación en las privatizaciones en la Argentina, algo que es cierto, pero por lo cual la mayoría de los argentinos querría hacerle un monumento cuando los marxistas le clavan alfileres) a Pedro Pou, a Carlos Fedrigotti y John Reed (ambos del Citibank), al texano Tom Hicks, a George Bush (padre porque por ahora al hijo queda mal atacarlo si recién asumió), a Carlos Menem, a la empresa Telefónica, al ex presidente uruguayo Alberto Lacalle y al actual, Jorge Batlle (derrotó en elecciones al Frente de izquierdas), además de Alemann y Ramos.

Con tremendo abanico de ataque -también abarca desde Emir Yoma hasta Claudia Bello y ADEBA-no puede ser analizado seriamente Tenembaum y su revista, sobre todo si las «denuncias» provienen de la inefable diputada Elisa Carrió. Todo se lanza desprolijamente dentro de lo novedoso de la izquierda criolla que es haber descubierto una nueva veta interesante e imprevista para sus fines cotidianos: el lavado de dinero del narcotráfico que, obviamente, existe y en cantidades alarmantes, pero donde la Argentina no es para nada relevante en el mundo. Lo mezcla con el caso Banco Nación-IBM, que es una típica opera-ción de coima a costas del Estado, con las privatizaciones y con «negocios en rubros diversos como los casinos y el petróleo».

¿Por qué no incluir también la adjudicación por parte del gobierno argentino de ondas de baja frecuencia -que hoy valen millones de dólares-, secretamente, sin licitación pública, en los últimos meses del gobierno Menem a personas y empresas de izquierda como «Página 12», de donde proviene Ernesto Tenembaum?

Como tantas otras «fortunas argentinas», en su mayoría basadas en succionar en el pasado a un Estado adiposo y débil, un diario como Ambito Financiero no puede afirmar cómo hizo su fortuna Raúl Moneta, pero sí que muchos que lo atacan no estuvieron preocupados por el origen sano o no de sus bienes sino por morderle parte de ella por vía de la extorsión.

Esa ensalada de nombres y entidades es comprensible porque dentro de los postulados marxistas está la «destrucción de la Estructura para el surgimiento de la Superestructura», que vendría a ser, en esa utopía, la «dictadura del proletariado», hasta terminar con las clases sociales y las diferencias -incluso las de inteligencia-y llegar luego a la sociedad sin Estado. Por eso Carlos Marx no puede ser jamás borrado de la «literatura fantástica». Ahora, que haya ingenuos que todavía lo crean, lo recomienden para la Argentina y trabajen para ello...

A Ramos, a
Ambito Financiero y a Alemann, Ernesto Tenembaum les reprocha no «haber percibido el surgimiento de personajes extraños, testaferros, fortunas inexplicables». Si los bancos, el gobierno, el Congreso y la Justicia de Estados Unidos; el Banco Central de la Argentina, los organismos internacionales tienen serios problemas para detectar los casos de «lavado de dinero» ¿pretende Tenembaum que un diario los descubra? Poco serio y más en un tema donde se mezcla dinero negro común con el presunto del narcotráfico. Salvo que hiciéramos el mismo periodismo, lanzar y lanzar versiones, como hace la revista «XXIII», y que las pruebe Mr. Magoya.

En la Argentina hoy no se puede saber qué relación tiene el Sr. Jorge Lanata -verdadero director y fundador de «Siglo XXIII»- con las denuncias de extorsión del banquero Raúl Moneta y por qué Lanata está filmado en una charla con Moneta en los comprometidos videos aparecidos en escribanías. «Clarín» (página 6, edición del 10 de febrero último) dice que interrogado Lanata sobre los videos dijo: «Prefiero no hacer declaraciones».

Repetimos que es poco serio analizar el revoltijo de Tenebaum y la revista que provisoriamente dirige en reemplazo de Lanata.

Sí hay que aclarar su mención de que «Alemann y Ramos vivían de fiesta durante la dictadura militar». A Julio Ramos no le va a gustar esa afirmación porque: a) Los militares del Proceso lo suprimieron de la jefatura periodística de Economía del diario «La Opinión» cuando intervinieron el diario de Timerman en abril de 1977. b) Los mismos militares del Proceso lo exoneraron de un puesto de economista raso en la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires acusándolo por decreto de «subversión potencial o real» en 1976. c) Ningún libro histórico crítico que se haya editado -alguno de amigos del Sr. Tenembaum-sobre actitudes vergonzosas de periodistas o medios de prensa durante los 7 años del último Proceso Militar encontró jamás algo indigno sobre Julio Ramos, otros directivos o el mismo diario
Ambito Financiero. Esto ya se sabe, pero algunos parecen aún ignorarlo.

Finalmente, aclaremos que aun con sus ideologías gastadas y sus infantilismos repetidos nuestra izquierda folklórica cumple un papel de vigilancia sobre la sociedad argentina, tan propicia a la corrupción. Algunas denuncias, aunque persigan postulados ideológicos, no son descabelladas. Como decía Juan Perón: «El comunismo es agrio como el vinagre, pero no puede faltar en ninguna ensalada

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