La ratificación del obispo castrense Antonio Baseotto sorprendió el miércoles cuando se hizo pública, aunque ya lo sabían altos funcionarios del gobierno desde el lunes y lo mantuvieron comprensiblemente callado porque era un revés al proyecto oficial de desplazarlo del cargo. Tampoco lo sabían altos integrantes del Episcopado, la mayoría enrolados en una línea moderada frente a los planteos de Baseotto, claro que en cuestión de estilo,no de doctrina que es algo en lo cual coinciden todos. ¿Por qué se sorprendieron? Porque Baseotto logró apoyos directos del Vaticano, en particular del influyente Angelo Sodano (secretario de Estado), que se sintió forzado a ratificarlo en el cargo por algo que recién se conoce en estas horas: molestó en Roma que el gobierno argentino hiciera mofa del pedido de disculpas del obispo castrense por tardío. Para la doctrina católica nunca un arrepentimiento es nimio, menos puede ser tardío; el corazón debe estar siempre abierto al perdón. Esta querella registra también tramas colaterales, como el libro anti-Iglesia del cronista oficial Horacio Verbitsky o la exposición de Rafael Bielsa en el Senado. El canciller, el mismo miércoles cuando Roma confirmaba en el cargo a Baseotto, les decía a los senadores que iba a ser desplazado.
En el claroscuro de la vida y la muerte, más precisamente en el umbral entre la parte cristiana de la Tierra que domina y el Mundo en cuya existencia cree, más que exhausto, titilante y en medio de una operación, el Papa preguntó con enojo (o dicen que preguntó): «¿Qué está haciendo Zapatero?» (por José Luis Rodríguez Zapatero, jefe socialista del gobierno español, a quien sospecha como avivado apóstata debido a que aprovecha políticamente las encuestas sobre la deserción católica en España y, a caballo de esa circunstancia, desata conflictos de vieja y nueva data entre el Estado y la Iglesia). No preguntó Juan Pablo II, en ese intervalo de alivio por sus dolencias, por un lejano Néstor Kirchner, aunque un pleito parecido y urticante también explotó entre el gobierno argentino y el Vaticano. Para los dos casos, Madrid y Buenos Aires, el mensaje ha sido común: mejor hablemos, evitemos litigios pero, si persiste el enfrentamiento, habrá que atenerse a las consecuencias.
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Por supuesto que la carga nuclear española (revisar aborto, matrimonio de homosexuales, educación religiosa, eutanasia, embriones, cambio de autoridades) es superior en potencia al mínimo depósito de pólvora argentina, aunque ciertos temas -aborto, sobre todo- unifican como en las Cruzadas el criterio religioso en todo el Vaticano. Y a sus representantes en todo el mundo. Por lo tanto, cada tres días distintas regiones del país, a través de sus obispos, emiten un comunicado pronunciándose en contra del aborto, de esa práctica que el ministro de Salud, Ginés González García -tal vez influido por el pensamiento de Hilda Chiche Duhalde- ha propiciado despenalizar.
Hasta ahora, la administración nacional (Néstor Kirchner) conserva institucionalmente los preceptos constitucionales contrarios al aborto como los heredó de Carlos Menem, cuyo mentor principal fue el jurista Rodolfo Barra. El ministro de las «tres G», por iniciales de su nombre y de sus apellidos, expuso otra posición por su cuenta -es de imaginar que actuó con algún tipo de aval- y, como recibió una inoportuna respuesta del vicario castrense, obligó a que el Presidente ingresara en el movedizo terreno que más le place para replicar, como de costumbre, extemporáneamente. Este hecho, al margen de las instantáneas calientes, gratificó sin duda la propia estima de Ginés González García, quien siempre se ha quejado porque el número uno santacruceño ni siquiera lo llama por teléfono.
Habrá que recordar que el prelado y vicario castrense Antonio Baseotto, al responder al ministro por sus expresiones a favor del aborto, directamente dijo que «se lo debía tirar al mar», amparándose en una cita del Evangelio que la mayor parte de la gente entendió con otro sentido (justo cuando en Madrid juzgaban y pedían 9.000 años de prisión a Antonio Scilingo por arrojar gente al mar). Apostó triple el mandatario en la ocasión y le exigió a la Iglesia que separara a Baseotto -quien estaba a punto de jubilarse-, despido que obviamente no ocurrió. Al contrario, fue ratificado por el Vaticano, aunque el sacerdote cuestionado ya no suelta más su lengua medieval.
Si hubo un artífice en la moderación de la reyerta, ése fue monseñor Jorge Bergoglio. Alinea a los obispos para que en todo el país se manifiesten contra el aborto, reafirmando un principio, y al mismo tiempo evita que en esos mensajes surjan agravios personales o altisonantes contra González García o el gobierno. Algo parecido a lo que el Vaticano hizo en España: designó a un obispo conciliador (Ricardo Blázquez) en lugar de otro más radicalizado (Antonio Rouco Varela) como titular de la Conferencia Episcopal Española y enlace entre las partes, suponiendo que esa elección morigerará la irritante tensión bilateral.
• Respuestas inoportunas
El aborto, la vida como un derecho o una obligación que pone frente a la alternativa de la eutanasia, el retroceso de las formas clásicas de la familia, el renacer de viejos principios religiosos tras la última elección de Estados Unidos son temas que azuzan las preguntas del periodismo y pueden llevar respuestas inoportunas -más allá de que las sienta- a un ministro como «tres G» que no tiene en sus manos resolver y ni siquiera plantear porque no es legislador. Hablar de más sobre aborto.
De ahí que algunos en el gobierno, como el propio González García, cuestionaran la falta de oportunidad, por lo menos, del libro de Horacio Verbitsky en el cual se cuestiona la conducta de Bergoglio en tiempos del Proceso militar. ¿Estás trabajando para Caselli?, le habría dicho el ministro al periodista, revelando presuntas contradicciones entre hechos del pasado y otros del presente. Hay que observar ese texto completo para, luego, conocer la versión de los implicados, polémica local sin duda, ya que nadie imagina otro tipo de trascendencia en los cimientos vaticanos.
Menos cuando Bergoglio aparece como un posible sucesor en la línea papal, igual que otros colegas religiosos del continente. Es que Hispanoamérica alberga a 55% de católicos en toda su población y, según la curva demográfica, en 2050 ascenderá a 75% esa confesión. Es, según se ve, un territorio conquistado y posiblemente a reforzar, al revés de una Europa donde disminuye esa fe y al Africa, territorio en el que el catolicismo participa en forma minoritaria y sin demasiados avances. No sería extraño un originario de lengua castellana (o portuguesa) en ese sillón papal, como alguna vez lo anticipó el autor de bestsellers Morris West, quien hasta imaginó un Papa argentino. Sólo que él novelaba en ese futuro a un cura guerrillero, torturado por los militares y, de acuerdo con el actual y vigente Colegio Cardelanicio que lo elegirá -de acendrada firmeza y conservadorismo ideológico-, el latinoamericano o argentino que surja, si ocurre, será jerarquizado por otras condiciones o virtudes de su oficio.
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