Carlos Heller, Cristina Fernández de Kirchner, Daniel Scioli y Daniel Filmus, ayer en un
salón del Hotel Panamericano, saludando a sus seguidores, luego del segundo puesto
conseguido en las elecciones porteñas.
Esperable la victoria de Mauricio Macri, y explicable en un país en donde el público a provecha toda oportunidad de manifestar rechazo al poder. En el recuento provisorio, el candidato de Pro duplicó en votos a las dos manifestaciones oficialistas que se le enfrentaron con poderosos y carísimos aparatos de publicidad e influencia sobre el electorado. La fuerza de esa manifestación se apoya en el descrédito de los gobiernos que, obvio, no comenzaron con las gestiones de Néstor Kirchner -padrino de Daniel Filmus- ni con Jorge Telerman. Lo que hay que reprocharles a éstos es haber hecho bien poco por desanudar la trama de esa crisis que deja a las grandes mayorías de la Argentina con muy pocos resquicios para algo que se parezca a una representación genuina en las estructuras de poder.
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¿Es este resultado un cambio de viento en la política nacional? Se ocupará el gobierno de imponer una impresión distinta; si la oposición hubiera entrenado a otros dirigentes no faltaría quien se subiese a esta ola antioficialista del triunfo de Macri para aprovechar en su favor. ¿Acaso la insistencia de Kirchner en la candidatura de Cristina también se explica en que percibe el aire de cambio, por hartazgo de oficialismo, que ventea la sociedad?
Macri jugó además a otro partido, fiel a los dictámenes de su corta -y costosa- experiencia política y los asesores que lo rodean. Le dio a la campaña un perfil que de manera antipática sus adversarios califican de tecnocrática: proponer recetas prácticas para la solución de problemas concretos. Es válido preguntarse si podrá cumplir en caso de ganar el Gobierno porteño, porque no tiene experiencia en la gestión pública, algo que ha sido la tumba de más de un carismático de la política, el último Fernando de la Rúa.
Esto que le ha bastado para duplicar en adhesiones a los adversarios que dominan los aparatos gubernamentales y partidarios más grandes de la Argentina (Kirchner, Telerman y sus asociados de los grandes distritos como Buenos Aires) responde a una percepción de la agenda de la Capital, que ayer expresó de mejor manera que otros al proponer un cambio de rumbo.
La Ciudad de Buenos Aires es manejada políticamente desde 1996 -fecha de la primera elección del jefe de Gobierno- por aquello que expresó la alianza UCR-Frepaso, una mezcla de lo que queda del radicalismo y al peronismo que no osa decir su nombre en un distrito «gorila». Macri gana con pocos aliados individuales que vienen del peronismo y del radicalismo sepultando la concepción de la política de sus contendores. Telerman había pedido continuidad; Macri le gana apoyado por quienes piden un cambio. Filmus-Kirchner pidieron militancia, ideología, mirar hacia el pasado, a las convicciones de un pasado que ni los candidatos acuerdan cuál fue. Macri lo vence con apelaciones a cuestiones prosaicas como la seguridad, el mal gasto, la medicina pública. Cree, a diferencia de sus adversarios de ayer, que a un votante medio de Buenos Aires le importa menos dónde estaba uno en 1976 que cuál será la ayuda que le preste el gobierno para que no lo roben cuando llega a su casa o para que su novia no se quede embarazada.
Percepción
Si no se entiende esta novedosa percepción de la política -que Macri tendrá que demostrar alguna vez si sirve para gobernar- no se comprende cómo este diputado con pocos aliados, sin aparatos estatales y sin el auxilio de los ricos y famosos que acompañaron a Filmus y a Telerman (artistas, «intelectuales», locutores, sindicalistas, activistas de ligas defensoras de los derechos humanos) haya podido sacarle tanta ventaja a los otros dos. Si se mira la elección desde este ángulo, la misma percepción novedosa de la política es sobre la cual asentó su triunfo hace una década la alianza UCR-Frepaso, que se ofreció como una forma de entender la relación entre los dirigentes y el público. Que tome nota Macri cómo tan lúcidos dirigentes dilapidaron es capital en tan poco tiempo que ayer los doblegó juntando él solo la misma cantidad de votos que los últimos restos de aquella alianza.
La posibilidad de que Filmus entrase en el ballottage es la noticia de esta elección. El gobierno, por más que llueva sobre él las presiones para que evite una segunda derrota el próximo 24 de junio, aprecia mucho más la oportunidad de la batalla. No sólo por el cálculo medroso de un Alberto Fernández, que vuelve desde la tumba y de la mano de Aníbal Ibarra buscando venganza sobre Jorge Telerman. También porque confirma Kirchner cuántas adhesiones tiene en el distrito. Son poco más que 20% que sacó Rafael Bielsa para en 2005 pero le bastaron para sacar de la cancha hasta nuevo aviso a Elisa Carrió, martillo de su gestión y que amenaza con liderar en las presidenciales una lista de oposición.
Le atrae también a Kirchner la oportunidad de hacer junto a Filmus una campaña para la segunda vuelta que nacionalice los comicios y sea la antesala de la elección de octubre. Que Macri se bajase a la Capital le restó la posibilidad de confrontar con él recreando esa ficción de una división de la Argentina entre la derecha y la izquierda. Sueña con arrinconarlo a Macri -que ha eludido pronunciarse sobre política grande desde que arrancó este turno electoral- en el debate sobre los modelos de ayer y de hoy y volcar sobre Macri todo el vitriolo que derramó sobre Telerman.
Las próximas horas serán para expertos en ballottage. Anoche lo ilusionaban al Presidente con el antecedente de 1995 en el Chaco, cuando Angel Rozas perdió en primera vuelta para la gobernación con Carlos Tenev por 35% contra 43%, pero dio vuelta el resultado en segunda vuelta por 50,84% contra 49,16%.
Después de tanto escarnio que ha hecho Kirchner de la figura de Carlos Menem por no haber dado el ballottage frente a él en 2003 tampoco podría Filmus graciosamente anotarse en la lista de los fugitivos. Para un presidente sin tanto poder como alardea cualquier oportunidad de pelea es buena para hacer músculo. Anoche, sin embargo, no había experto en política que le aconsejase a Kirchner-Filmus disputar la segunda vuelta con chance de ganarle a Macri el Gobierno porteño.
En los cálculos del propio gobierno cuatro de cada diez votantes de Telerman irían en un ballottage hacia Macri, un proceso que comenzó cuando el jefe de Gobierno acusó el golpe de la campaña negativa del gobierno. Con ese aporte Macri aumentaría la diferencia por sobre Filmus en una segunda elección. Las heridas que la pelea entre Filmus y Telerman dejó en la familia oficialista hace esperable además que un buen lote de sufragantes del ministro de Educación se queden en su casa porque no querrán apoyar al hombre que los agravió de manera irremediable, los dejó sin sus cargos públicos en el Gobierno de la Ciudad y encima se insolentó con el Presidente.
La elección que hizo Filmus, si se mira desde donde comenzó, es importante. Tenía mucho para crecer y además contó con un apoyo inédito del Presidente a su campaña; Kirchner empleó todo en su favor. Publicidad, actos oficiales, las figuras de Cristina Fernández y Daniel Scioli, el resto de los ministros. Con un mínimo porcentaje de esos apoyos otra hubiera sido la suerte de Bielsa -también candidato oficial- en la elección a diputados de 2005. Con todo eso, la elección sincera cuáles son los apoyos con que puede contar el Presidente en el distrito -20% del padrón- y no es posible ver como una epopeya cuando un funcionario del gobierno es candidato con el caballo del comisario, del subcomisario y del sargento ayudante.
De Telerman, que gobernará bajo una tormenta política hasta el 10 de diciembre de este año, nada más transparente que este resultado. Traduce sus luces y sus sombras. Representa algo de esa nueva política que exalta a Macri pero se ató a aliados con raíces en lo más rancio de la partidocracia porteña. Juntó a Elisa Carrió, que no le transmitió votos, pero le acercó un arco de figuras de la intelectualidad que, como ella, parecen no tener muchos votos. Sumó a Eduardo Duhalde y a todo el radicalismo del distrito: Enrique Olivera, Enrique Nosiglia, Rafael Pascual, Jesús Rodríguez, el alfonsinismo y el delarruismo. Contó con el apoyo de la Iglesia Católica a través de Jorge Bergoglio y también del hoy más importante emergente de la comunidad judeo-argentina, el rabino Sergio Bergman.
El tiempo dirá cuáles fueron sus errores. Acertó en adelantar la fecha de elecciones y ponerse en árbitro de los tiempos de los demás. Centró la campaña en su figura pero quizás exageró.
Recibió artillería pesada del gobierno, pero de eso se trataban, de una pelea sin cuartel.
Gracioso, exageró el humor cuando le reprocharon el tráfico de facturas falsas, o cuando le reclamaron testimonios de un grado académico. No debió reírse; el público circunspecto de la Capital puede entretenerse con una batucada pero les pide a sus candidatos cierta moderación. Le hubiera sido más práctico dar alguna explicación solvente a esos cuestionamientos. Pero quienes lo conocen a Telerman entienden que le fue más fácil dejarse llevar por su ingenio.