28 de marzo 2008 - 00:00

Otro discurso. Pidió Cristina "por favor" que levanten el paro

Con escenografía peronista -dijo, lo que no ha sido frecuente en los últimos años, «soy peronista»-, marcha e himno, banderas y control de lista de asistentes, ayer Cristina de Kirchner habló más de 45 minutos para cerrar con un modoso pedido: que levanten el paro quienes hoy cortan las rutas. Otro discurso, otro tono, diferente del último y agresivo mensaje de hace 72 horas, el que enardeció más a los chacareros quejosos y, repentinamente, entonces provocó el primer y sonoro cacerolazo contra el gobierno en distintas partes del país (aunque el mayor dolor lo sintió el oficialismo en la Capital Federal). También la disertación sirvió para el regreso a escena de un emocionado Néstor Kirchner (con su esposa, claro), quien se sentó en primera fila entre el vicepresidente, Julio Cobos, y el gobernador bonaerense, Daniel Scioli, impartiendo instrucciones desde su silla, agradeciendo y saludando, como parte de un poder bifronte por lo menos. Nadie debe molestarse con estos simbolismos de cierto desenfado institucional: el sindicalista Hugo Moyano se ubicó detrás del ex mandatario, al lado de Julio De Vido, casi pegado al jefe de Gabinete, Alberto Fernández.

Cinco minutos habrían sido suficientes para expresar el humilde reclamo a los huelguistas, pero la señora de Kirchner requirió otros 40 para hablar de mujer a mujer («siempre dije que a nosotras nos cuesta más todo») y explicar, cual docente, el sentido de las palabras racionalidad, sinceridad, sensibilidad y responsabilidad. No fueron neutras esas especificidades del diccionario: le sirvieron para echarle culpas a Mauricio Macri, imaginó que la marcha del otro día no fue espontánea sino premeditada, y que los concentrados en los barrios, en Plaza de Mayo, el Obelisco, Belgrano y frente a su residencia en Olivos, en rigorson opositores a la políticade su gobierno sobre los derechos humanos. Hasta citó que había carteles con la leyenda «Volvé Videla» cuando, en verdad, ni Videla debe querer volver. Una lectura más que discutible esa interpretación presidencial: si así fuera, ella no habría modificado su tono frente al anterior mensaje, por el contrario habría robustecido sus convicciones. En verdad, tanto ella como su marido saben que la gente salió a la calle por múltiples razones, ninguna de ellas para reivindicar una dictadura pasada y lejana (también sorprendió en la mandataria un reconocimiento de que «nos equivocamos» cuando aludió al pasado peronista y, en particular, a la acción de los Montoneros).

Se extrañó la Presidente de que haya tantos quejosos cuando en la Argentina crecieron todos. Parecía esos esposos que, cuando la mujer les pide el divorcio, no entienden la causa alegando que «yo le daba de todo». A veces, como en los hogares, hay elementos que no son suficientes, más cuando se pretende imponer autoridad por el hecho de proveer dinero. También, recurrente, se lamentó de los diarios que no están en sintonía con su gobierno -obsesión que le ha trasladado su antecesor- y señaló que el criterio del aumento de las retenciones a la soja se basa en la necesidad de que este rubro no reemplace a otros como único cultivo en el país. ¿Querrá acaso la Presidente que la Argentina resigne su lugar de tercer exportador mundial de soja? Ni un agradecimiento al arbusto en que se fundó el formidable progreso económico del «proyecto» de la pareja, casi sospechando que en el futuro hablará mucho peor de la soja cuando le informen que esa revolución en el campo la hizo Carlos Menem. Es extraño que todavía no lo hayan advertido como bandera política.

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