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16 de enero 2003 - 00:00

Pacto bonaerense consagró dictadura de los "aparatos"

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Duhalde, esto ya es evidente, carece de un candidato atractivo para enfrentar a Carlos Menem. Lo reconoció indirectamente ayer uno de sus principales acólitos, José María Díaz Bancalari: «Lo importante no son las personas sino las propuestas». Todo dicho. Por esta dificultad, la estrategia del Presidente es enfrentar a Menem no con un competidor que lo derrote sino con un sistema electoral que, por la lógica de su mecanismo, lo debilite y obstruya. La clave de bóveda de toda la operación es potenciar el peso del PJ bonaerense hasta el punto de instaurar en la provincia una especie de «dictadura del aparato». Conviene analizar detalladamente la entretela del ardid:

• En primer lugar, Duhalde va adelante con una ley aprobada por la Legislatura en un acuerdo radical-peronista. Esa ley es un calco de otra, que dispuso el Congreso de la Nación y que la Justicia anuló por inconstitucional. La norma establece que para participar del proceso electoral se debe haber intervenido antes en una interna partidaria, aun cuando no hubiera nadie desafiando a quien se postula. Con este requisito, el duhaldismo y el radicalismo obligan a los demás partidos a movilizar gente hasta en comicios en los que, en realidad, no habría competencia. Es un culto al «aparatismo» casi maníaco, una exaltación del punterismo, del arreo de personas en taxis, del reparto de prebendas y dinero que ya ni siquiera se justificarían en la práctica cívica de votar. La intención es obvia. Primero, desmerece el poder de movilización de las fuerzas más asentadas en la opinión pública que en las maquinarias electorales, como son el ARI de Elisa Carrió o Recrear Argentina de Ricardo López Murphy. Un mes antes de las elecciones nacionales, esos dos candidatos deberían hacer un esfuerzo casi ridículo para movilizar gente en función de postulantes que participarán en una elección de autoridades bonaerenses recién en setiembre. Un esfuerzo que, en el caso de estas dos formaciones, será casi siempre inútil. Duhalde y sus socios radicales aspiran a mostrar ese 30 de marzo (fecha decidida por el peronismo que se vuelve obligatoria para las inter-nas de todos los partidos) que el bipartidismo es más dinámico y vigoroso que cualquier otro experimento político.



• Pero este ardid del duhaldismo y la UCR tiene consecuencias sobre la interna nacional del peronismo, que afectan a Carlos Menem. Aquí radica el principal interés de Duhalde. Si la disputa por el poder provincial se liquida antes de la elección nacional, nadie estará motivado para apoyar a los candidatos a presidente el 27 de abril. Y los que menos interesados estarán son quienes salgan derrotados en esa interna provincial. Esta lógica supone, con acierto, que muchos dirigentes y punteros que alien-tan hoy en la provincia la candidatura de Menem o de Adolfo Rodríguez Saá lo hacen esperando que, de triunfar, esos postulantes apoyarán sus propias aspiraciones locales si es que ganan la presidencia. Pero si las pretensiones para ser gobernador, diputado, intendente o concejal se disputan el 30, ¿qué aliciente tendrán los que pierdan en cada localidad para seguir trabajando en favor de Menem o Rodríguez Saá el 27 de abril? Duhalde calcula que lo único que quedará en pie es su propia estructura, que administra el poder en la mayoría de los pueblos y ciudades, sobre todo del conurbano.

• Las decisiones adoptadas por Duhalde tienen consecuencias ingratas para sus propios fieles. Si el Presidente aceptó adelantar la interna bonaerense fue porque estuvo sometido a una presión sin igual de Felipe Solá y de la estructura misma a la que quiere preservar. Solá cobró su peaje personal por apoyar la candidatura de Néstor Kirchner a presidente. Le hizo saber a Duhalde que él no está dispuesto a sufrir en su propia carrera los efectos de una derrota del patagónico. El cálculo de Solá es simple: si Kirchner cae frente a Menem, el riojano estará en condiciones de generar su propio espacio en la provincia, desgastando a todo lo que huela a duhaldismo (un juego similar al que se dio en 1990, cuando el menemismo triunfante hizo campaña subliminal contra Antonio Cafiero en el plebiscito por la reelección provincial). El actual gobernador quiere que, si eso sucede, lo encuentre con la candidatura «en mano». Sabe que, a pesar de sus dos entrevistas recientes con el riojano, todavía resuena mal su generosa sentencia «la Justicia tarda pero llega», pronunciada cuando Menem caía preso en Don Torcuato. El duhaldismo ortodoxo no se resigna a que a Solá se le faciliten tanto las cosas.



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