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Las respuestas de los funcionarios no son unívocas. En la Casa Rosada dicen haber verificado dos operaciones concretas en las que el duhaldismo aparece involucrado en maniobras desestabilizadoras. Una tendría como protagonista al diputado y ex jefe de Gabinete Alfredo Atanasof, la otra al presidente de la Cámara baja platense, Osvaldo Mércuri. Al primero, quien también se desempeña como dirigente de la federación de sindicatos municipales, se lo acusa de mover los hilos de la toma de comunas de Santa Cruz hace más de un mes. A Mércuri, de financiar y proveer instrumental a los piqueteros que acamparon en Plaza de Mayo la semana pasada.
Presentar al duhaldismo como una organización que se traga los gobiernos requiere pocos esfuerzos. Esa imagen fue alimentada por Fernando de la Rúa, Adolfo Rodríguez Saá y Felipe Solá, en los tres casos con muchos más argumentos que los que ahora formulan quienes llegaron al poder gracias a lo que parece una compulsión golpista de sus ex socios. De la Rúa y Rodríguez Saá estuvieron siempre convencidos de que la pueblada que los sacó del gobierno fue inspirada, aunque sea parcialmente, por el actual ministro del Interior de Kirchner, Aníbal Fernández, y por Juan José Alvarez, a quien el santacruceño designó secretario de Seguridad del gobierno de Aníbal Ibarra después de la tragedia de Cromañón. Sea por esa caracterización de sus presuntas víctimas o por los testimonios de sus colaboradores actuales, es natural que el Presidente crea que el duhaldismo es una máquina de corroer administraciones hasta derrumbarlas.
A nadie le entusiasma demasiado, a esta altura, exculpar a Osvaldo Mércuri de sus relaciones con los piqueteros de Lomas de Zamora, sobre todo con Raúl Castells. Por eso él mismo asumió la tarea: llamó al ministro del Interior Fernández y lo acusó -al parecer violentamente- de ser quien está detrás de la denuncia sobre su conducta golpista, que él desmiente. «A Castells lo conozco mucho menos que Aníbal», se queja Mércuri.
Las acusaciones a Atanasof y a Mércuri son antiguas. La primera fue publicada hace aproximadamente un mes. La otra, el último fin de semana. ¿Por qué la denuncia se concretó recién ahora y bajo el modo de un discurso de barricada?
La pregunta refiere a un aspecto incierto de la conducta del gobierno. ¿Se trata de una inquietud legítima por el destino institucional o es un ardid de campaña? Si el país está ante una táctica proselitista, semejante a la empleada por Raúl Alfonsín en la campaña de 1985, habría que concluir que, al dañarlo en su fama, los Kirchner pretenden beneficiar al duhaldismo situándolo, otra vez, en el eje de una polarización. Ricardo López Murphy tiene poco para ofrecer, es cierto, en materia de conspiraciones. Apenas haber ofrecido el miércoles una comida de desagravio al subdirector de «La Nación», José Claudio Escribano, quien sólo en la imaginación del Presidente quiso desestabilizar al gobierno cuando habló de los asuntos pendientes que, se esperaba, resolviera con su llegada.
La estrategia de confrontar sólo con Duhalde ya fue impugnada por varios colaboradores de Kirchner y, sobre todo, por el enjambre de encuestadores que circula por el despacho de Alberto Fernández. Por eso esta embestida impetuosa de la pareja gobernante obliga a indagar si será el resultado de un cálculo meditado o si, en cambio, se trata de otra salida atolondrada. El fiel de la balanza se inclina hacia la segunda opción cuando se recuerda que este jefe de campaña ya quedó empantanado cuando anunció fantasiosos acuerdos con China; cuando se izó la bandera montonera en la sede de lo que fue el centro clandestino de detención de la ESMA; cuando envió -a lo Mércuri- piqueteros a Shell para hacer «inflation targeting»; al echar brigadieres de Mendoza por las valijas con droga que se traficaban en Ezeiza o cuando se peleó con el Vaticano en la hora de mayor popularidad del Papado durante los últimos doscientos años. Aunque si se quiere reconstruir la genealogía de la denuncia de ayer hay que recordar aquella orden por la que el ministro de Defensa y actual candidato a senador, José Pampuro, debió intervenir en un inocente asado de camaradería de 90 civiles, en el Regimiento de Patricios, donde supuestamente se tramaba el primer «pacto desestabilizador». Son todas conductas de las que Kirchner terminó arrepintiéndose discretamente, una vez que las encuestas demostraron el costo de su iracundia. ¿Ocurrirá lo mismo ahora, si se advierte que el discurso de hoy alejará a los votantes de mañana?
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